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Tahrir está en la cárcel

Tras cinco años, la revolución egipcia -simbolizada en Tahrir- no está muerta

La dependencia exterior agudiza la debilidad del régimen de Sisi y arrastra al Estado egipcio

El paro y la carestía aumentan un malestar social continuamente reprimido

Hipernacionalismo, represión y terrorismo son los instrumentos de la contrarrevolución en Egipto

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Se cumplen cinco años desde que se iniciaron las movilizaciones que dieron lugar a lo que se conoce como la Primavera Árabe © Amnesty International / Andrea Bodekull

Se cumplen cinco años desde que se iniciaron las movilizaciones que dieron lugar a lo que se conoce como la Primavera Árabe © Amnesty International / Andrea Bodekull

Hace cinco años que los egipcios tomaron las calles pidiendo pan, libertad y justicia social. Es lo que se conoce en Egipto como la “Revolución del 25 de Enero”, cuya denominación se remonta a la gran revolución republicana, la del 23 de julio de 1952. Los tunecinos les habían precedido en unas semanas; en Yemen, Bahréin, Siria, Libia e Irak, pronto les siguieron. El de la plaza de Tahrir fue un momento revolucionario, que aunó en un anhelo común (“El pueblo quiere que el régimen caiga”, se coreaba desde Alejandría a Asuán) a ciudadanos de generaciones y condición aparentemente antagónicas: obreros e intelectuales, islamistas e izquierdistas, padres de familia y feministas, gente del campo y de la urbe. “Fue un espejismo revolucionario”, zanjaron pronto en Occidente los defensores de la estabilidad y la seguridad, que pasaron de cantar la “primavera árabe” a tildar de “invierno islamista” unos resultados electorales (la victoria de los Hermanos Musulmanes en las elecciones legislativas) que les resultaban molestos. No les faltó la complicidad de las élites locales amalgamadas en la oposición “liberal”, que se manifestó profundamente antidemocrática.

La contrarrevolución se había puesto en marcha enseguida, casi al tiempo mismo que la revolución: el Ejército egipcio y los petrodólares siempre se han entendido para mantener el statu quo. Si en el verano de 2012 el acceso a la presidencia de Morsi fue también un triunfo revolucionario, el golpe de Estado que lo derrocó un año después fue una obra sublime de estrategia contrarrevolucionaria: ¡el Ejército salvador había acudido en apoyo del pueblo, pues 30 millones de egipcios en las calles pedían la caída de Morsi! Así se nos contó una y otra vez, con total impudicia, esto es: que uno de cada tres egipcios había participado en las manifestaciones pidiendo el derrocamiento del primer presidente civil egipcio, elegido democráticamente pocos meses antes. Hasta tal punto el golpe estaba necesitado de una legitimidad que no le conferían “30 millones” de egipcios, que sus artífices no han cejado en sus esfuerzos por rebautizarlo como la “Revolución del 30 de Junio”, con escaso éxito a pesar de su control de casi todos los discursos que circulan por el país.

El hipernacionalismo y el miedo han sido las dos estrategias puestas en marcha por el régimen de Sisi para configurar un nuevo autoritarismo sustentado en el Ejército, la policía, la judicatura y los medios de comunicación. Los líderes religiosos, musulmanes y cristianos, han vuelto a cumplir, adormeciendo a sus fieles, con la tradición secular de escuderos del poder, y la represión ha hecho el resto. Amnistía Internacional o Human Rights Watch dan cifras que ni el régimen contesta: ya no son solo los 41.000 presos políticos, 2.500 asesinados, 670 condenados a muerte o más de 3.000 civiles sometidos a juicios militares, todo ello desde julio de 2013. Es además la cotidianidad de la intimidación, que no distingue entre islamistas o laicos, hombres o mujeres, y que afecta incluso a antiguos aliados anti Morsi, luego críticos con Sisi. Todo activismo que no sea a mayor gloria del régimen es perseguido. Solo en los últimos meses de 2015 se han documentado más de 300 desapariciones, y la policía ha detenido a decenas de activistas en sus casas, acusados de usar Facebook, la nueva arma terrorista.

Los amigos del Golfo, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos sobre todo, han acudido en reiteradas ocasiones a remediar el naufragio de la economía egipcia. Desde el día siguiente al golpe hasta hoy. Esta última semana saudíes y emiratíes han vuelto a anunciar más de 500 millones de dólares en ayudas, coincidiendo con la visita a la región del presidente chino, Xi Jinping, quien a su vez ha comprometido más de 1.500 millones de dólares en créditos a la banca egipcia, además de contratos en infraestructuras y energía cuya cuantía exacta se desconoce. Hace meses que la ayuda estadounidense, 1.300 millones de dólares anuales, se descongeló tras su suspensión a raíz del golpe de Estado. En pocas naciones como en el Egipto de hoy la fortaleza de un Estado muy sólido depende tanto del exterior. Es una condición nueva en su historia, difícil de gestionar cuando el malestar social no deja de crecer por la falta de redistribución de una riqueza que para los egipcios no tiene otro rostro que el de la corrupción, el paro y la carestía.

Sobre el sombrío panorama de Egipto en este año V de la revolución se cierne además la violencia yihadista. El aumento del terrorismo yihadista que ha acompañado a la estrategia contrarrevolucionaria comienza a volverse contra el régimen toda vez que el discurso securitario no está acompañado de una mayor inclusión social, como sí sucedió en los años noventa. Si entonces Mubarak abrió, a su manera, los canales de la participación política y económica a sectores sociales hasta la fecha excluidos (por ejemplo, los Hermanos Musulmanes y la nueva burguesía del sector privado), hoy el régimen de Sisi está volcado en hacer justamente lo contrario. La lucha antiterrorista se lleva por delante los pocos derechos civiles de la población, sin buscar más complicidades que las del Ejército y los cuerpos de seguridad del Estado, convertidos en los únicos mártires y héroes de atentados que también afectan a la población civil.

En este contexto, las condiciones sociales, políticas y económicas que provocaron el estallido revolucionario de 2011, que se venía insinuando hacía años pero no prendía, siguen vigentes. Es más, se han agudizado sus peores rasgos, hasta el punto de que el triunfo contrarrevolucionario augura el hundimiento del Estado egipcio, de los principales Estados árabes cabría añadir: dependencia, terrorismo y represión terminarán por socavar las ya de por sí mínimas bases de su legitimidad. De ahí que el pronóstico de que se produzca un nuevo estallido revolucionario no sea un ejercicio de voluntarismo, sino una posibilidad real, una cuestión de tiempo. Los recientes levantamientos de jóvenes parados tunecinos han desatado de nuevo las alarmas en toda la región: Sisi no ha dudado en pedir a los levantiscos tunecinos que “sean buenos patriotas”, recordándoles lo mal que está la economía en todas partes. Es un discurso de otro tiempo, del tiempo de los grandes líderes carismáticos, no del de los presidentes convertidos en emoticonos.

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