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Más allá del arte naif y del vudú, Haití revela en París su poderío creativo

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Más allá del arte naif y del vudú, Haití revela en París su poderío creativo

Más allá del arte naif y del vudú, Haití revela en París su poderío creativo

Más allá del arte naif y del relacionado con las prácticas del vudú, Haití exhibe a partir de hoy en el Grand Palais de París un impresionante compendio de su creación artística de los dos últimos siglos y, en particular, contemporánea.

Es la primera vez que el país caribeño reúne en un espacio museográfico de primer calibre internacional un conjunto tan significativo, protagonizado por cerca de 180 obras, en su mayoría inéditas en Francia, y 60 artistas, algunos ya fallecidos.

El proyecto, todo un acontecimiento dado el poderío de las piezas expuestas, aspira a mostrar una imagen diferente de Haití y de su arte, siguiendo un recorrido no cronológico.

La idea germinó tras el terremoto que en enero de 2010 asoló parte de la capital, y cuenta con dos comisarias, la experta en artistas americanos Régine Cuzin y la directora de los Ateliers Jérôme de Puerto Príncipe, Mireille-Perodin Jérôme.

Aunque hay elementos del siglo XIX y del XX, el objetivo era "hacer una gran instalación que enfocase en particular la creación contemporánea y permitiese salir de los estereotipos que suelen encerrar al arte haitiano", explicó a Efe Cuzin.

Resaltó, al respecto, que los artistas contemporáneos de Haití no están aislados, sino que viajan y hacen intercambios, sin por ello haber perdido el fundamento de su cultura.

Algunos de los seleccionados han estado ya en abundantes ferias y salones internacionales, y sus nombres son conocidos en el mundo del arte, como Mario Benjamin, Patrick Vilaire, Barbara Prézeau o André Eugène.

Con precios a veces nada desdeñables, Cuzin consideró que, sin embargo, en estos momentos "no hay una cotización normal, ni un mercado que permita verdaderamente tener una cotización normal" a los artistas haitianos.

"Es una suerte" estar ahora en el Grand Palais, donde van a tener "una gran audiencia y un número impresionante de público", algo que "quizás les abrirá otras puertas, no solo en París", estimó.

La muestra ocupa hasta el próximo febrero una única gran sala, donde, salvo alguna pequeña excepción, ningún muro separa las diferentes secciones que albergan cuadros, vídeos y esculturas, algunas de ellas monumentales, de varios metros de altura, otras más pequeñas, a veces del tamaño de un cráneo.

Este es el caso de las calaveras humanas adornadas con lentejuelas y objetos diversos de Dubréus Lhérisson, que ocupan una vitrina en el corazón de la exposición.

Junto a ella, la galerista y artista haitiana de origen suizo Pascale Monnin muestra sus propias obras y las que representa su establecimiento.

En particular, dos impresionantes figuras de dimensiones humanas y aspecto campesino vestidas de fiesta, y una serie de esculturas de piedra también de formas humanas pero de menor estatura, no menos fulgurantes.

Feliz ante la riqueza, diversidad y complejidad de la exposición, algo que personalmente intenta defender en su obra, Monnin denunció las visiones maniqueas, siempre reduccionistas, que en estos últimos años relacionan a su país "siempre con lo mismo, la miseria y el terremoto".

E insiste que olvidan "que un 90 por ciento de Haití no conoció el seísmo y que hubo muchos muertos, pero sobre todo muchos supervivientes", y que tras la catástrofe se sentían "más vivos que nunca".

La economía local estaba ya "bastante masacrada antes del seísmo", que en cambio, destacó, hizo llegar un poco de dinero del exterior y también a mucha gente, que, cuando querían ver "otra cosa", iban a ver lo que hacían los artistas.

Por María Luisa Gaspar.

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