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En Bilbao no todo empieza ni acaba en el Guggenheim

Bilbao Art District, que tuvo lugar el pasado fin de semana, fue una fiesta del arte destinada al consumo exterior donde se realizaron inauguraciones galerísticas, encuentros e intervenciones urbanas

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Museo Guggenheim, Bilbao

Museo Guggenheim, Bilbao

El nuevo Bilbao, ese que ve ahora el visitante y reconocen los vecinos más reluctantes, nació en 1997 en torno a las artes visuales. O, por mejor decir, en torno al museo Guggenheim. El edificio no es solo el más logrado de Frank Gehry, sino uno de los más icónicos de la arquitectura contemporánea. Este hecho, sumado a la potencia internacional del Guggenheim como multinacional del arte, ha contribuido de forma decisiva en la reinvención de Bilbao desde aplomada ciudad de los altos hornos, a una volcada más en los servicios y el turismo cultural.

Esta relación con las artes visuales tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Por un lado logra que la ciudad no solo tenga el Guggenheim, sino también espacios como la Alhóndiga, diseñada por Philippe Starck. Y otros privados tan notables como la torre Iberdrola, que también se sumó la fiesta que tuvo lugar el pasado fin de semana bajo el nombre Bilbao Art District. Un nombre destinado al consumo exterior y en el que se realizaron inauguraciones galerísticas, encuentros e intervenciones urbanas. Lo propio de estas ocasiones.

Cabe preguntarse si el impulso público de las artes visuales se extiende más allá de los grandes nombres y números y ha generado un tejido cultural propio y más a ras de calle en la ciudad y su entorno. Hay espacios privados y alternativos, pero aún parece pronto para saber si a lo subterráneo le llega la suficiente calderilla del oro que se está invirtiendo en este nuevo Bilbao.

Todo el arte que hay que ver en Bilbao

Coincidiendo con Bilbao Art District, el Guggenheim Bilbao, esa neo-catedral de lo moderno y contemporáneo -en buena parte ya fallecido-, presenta tres exposiciones de aquellas que dejan casi sin habla. Por un lado están las Celdas de Louise Bourgeois (1911-2010), realizadas en los años 80 por la autora de la enorme araña Mamá instalada en el exterior del museo. Las celdas tienen que ver con las distintas formas en que se producen el dolor y el miedo, y como casi siempre en Bourgeois, resultan cuando menos inquietantes.

Sombras, de Andy Warhol

Sombras, de Andy Warhol

Además, el museo reúne otra gran serie, en este caso las Sombras de Andy Warhol (1928-1987). Un ejercicio de minimalismo en sentido musical, de operar múltiples variaciones sobre un tema entre lo concreto (real) y lo abstracto que ocupó los últimos años de Warhol (Oxidaciones, Rohrschach, Huevos, Camuflajes...). Son 102 serigrafías, la totalidad de la serie. Muy impresionante conjunto, de un ambiente parecido a algunos montajes de Rothko (Fundación Juan March, 1987) o las Ninfeas de Monet en L'Orangerie de París. Y se acaba el tour, muy de force, con un espigueo por una Panoramas de la ciudad: la Escuela de París, 1900-1945 que es una acumulación de cuadros enciclopédicos a cargo de Picasso, Bracque, Modigliani, Delaunai, Motherwell, Kandinsky... Esta última exposición, con fondos del mismo Guggenheim, es lo que se llama una demostración de músculo y explica por qué cualquier intento de emulación de esta multinacional del arte carece de sentido. Este es el arte santificado por el capitalismo americano y estos son sus poderes concretos.

A la fiesta también se suman empresas privadas con sede en Bilbao, como Iberdrola, cuya torre acristalada inauguraba la exposición México: Ensayo de un mito, comisariada por el artista sevillano Guillermo Paneque. Lo de Iberdrola es interesante. Su torre, diseñada por el argentino César Pelli (Torres Petronas de Kuala Lumpur, Torre Cristal de Madrid) es el edificio más alto de Euskadi y se encuentra a tiro de piedra del Guggenheim. Inaugurada hace cinco años, su hall de entrada ya muestra "alto arte vasco" (Darío Urzai, Cristina Iglesias, Txomin Badiola...) como parte de la decoración. Pero el escenario pide más e Iberdrola ha instituido un espacio expositivo en el piso 25 de la torre, probablemente el más alto de España.

Dicho espacio, una galería que rodea la torre, resulta tan espectacular como cuestionablemente adecuado. Se trata de un ancho pasillo en círculo, con paredes curvas a un lado y cristaleras con unas vistas espectaculares de Bilbao al otro. Todo ello genera todo tipo de problemas. Da un poco la impresión de que Iberdrola se ha lanzado a esto de las artes visuales de forma todavía tentativa, como sin atreverse a montar una fundación o algo semejante que se encargue de darle forma a lo que para funcionar, requiere de una cierta especialización. Como la electricidad y sus torres.

México: Ensayo de un mito

Bilbao Art Distric

La torre de la compañía eléctrica

La exposición se pelea con esas dificultades del espacio. De los objetos expuestos no es fácil extraer conclusiones. Hay muy pocas explicaciones porque estas se vuelcan en un excelente libro-catálogo en el que, a cambio, apenas hay referencias a lo expuesto. En realidad y aunque ideológicamente exposición y catálogo vayan unidos, dicha unión no queda explícita en ninguna de ambas. De manera que han de ser considerados de forma autónoma. En lo expuesto se traza un recorrido por un México complejo, sometido a una visión estereoscópica europea y autóctona que no solo se produjo en la era colonial, sino también en la postcolonial en la contradicción criollo-indígena y hasta el día de hoy con factores como la incidencia de EEUU.

Hay figuras no ya precolombinas, sino pre-cristianas; testimonios de artistas fascinados como la fotógrafa tina Modotti, dibujos de principios del siglo XX, otras completamente actuales con nombres que no podían faltar, como Gabriel Orozco o Teresa Margolles. Aunque la primera sensación resulte algo confusa y la exposición se pelee con los problemas del espacio, lo que emana es precisamente el alma continuamente partida del país más poblado de habla hispana.

México: Ensayo de un mito

Bilbao Art District

Por su parte el muy bien diseñado libro/catálogo, editado por Maria Virginia Jaua es un volumen entre poético, filosófico y estético con nombres que van desde Octavio Paz a Bataille, pasando por Fernando Benítez, Luis Cernuda, Jacques Derrida o Malcolm Lowry que da nombre a una de sus secciones: Bajo el volcán. Donde, de nuevo, se desprende el chocar, nunca resuelto de concepciones muy diferentes de la misma vida.

Solo que las contradicciones no se dan solo a un lado del océano. Coincidiendo con Bilbao Art District, los empleados subcontratados del también cercano Museo de BBAA de la ciudad se pusieron en huelga para reivindicar sus derechos laborales.

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