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DESALAMBRE

De la desafección y los absolutismos

Urge recuperar ese orgullo de pertenencia a una Europa coherente con sus principios pues solo desde ahí seremos capaces de ponerle coto a los absolutismos crecientes

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Imagen de archivo de un rescate de Médicos Sin Fronteras en julio de 2016 | Foto: MSF

Imagen de archivo de un rescate de Médicos Sin Fronteras en julio de 2016 | Foto: MSF

2016 afronta su última recta, dejando atrás un triste reguero de relatos de indiferencia y muerte en el Mediterráneo. Sin duda ha sido el año más mortífero de su historia reciente: nuestro mar se ha convertido en una fosa común, no solo para miles de personas que huían de la guerra y la miseria pensando que Europa les daría reposo, sino también para los derechos que la propia Europa reconoció y de los que se erigió en garante cuando era ella la que producía refugiados, y que ahora ha decidido ignorar cuando las tornas han cambiado y son otros los que piden ayuda.

Es entonces, después de la perplejidad ciudadana ante esa forma tan volátil de entender y mercadear los compromisos por parte de nuestros gobernantes, cuando hace su aparición la peor de las secuencias: el desengaño, la desafección y la pérdida del orgullo de pertenencia a una Europa que creíamos singular. A partir de ahí todo es posible.

Mientras tanto, llegan vientos de cambio desde el otro lado del Atlántico, sumándose a las brisas extremistas que ya soplaban en casa. Y así, vemos cómo los profesionales del ombliguismo se saludan felices al ver un campo cada vez más abonado y prometedor. Los brazos bajados de miles de ciudadanos que ya no sienten como suya la camiseta de europeos crean el caldo de cultivo perfecto para que el pensamiento único crezca y campe a sus anchas.

Ignorar lo que ocurre en nuestras fronteras no solo nos hace cómplices: también nos deshumaniza y nos convierte en descreídos. Escépticos de unos valores, no solo por culpa de unas instituciones que los enarbolan sin convencimiento sino porque nosotros mismos tampoco nos alzamos en su defensa. Ahí es donde deja de sumar la pertenencia a un continente que un día tuvo como bandera el bien común frente a los individualismos.

Dar cobijo al que lo necesita, entendiendo que su herida es mucho mayor que cualquiera de nuestras crisis domésticas, es el camino para recuperar ese orgullo perdido.

Debemos comprender que la crisis de refugiados es nuestra crisis y asumir que no se puede afrontar la realidad con una política negacionista, basada en la disuasión, la contención y la externalización de fronteras. Mirar más allá de nuestro propio ombligo y cambiar el paradigma individualista por uno más universal, tendiendo la mano a los que llaman a las puertas del castillo, es el único modo de recuperar nuestra humanidad y por tanto volver a sentirnos dignamente europeos.

Urge recuperar ese orgullo de pertenencia a una Europa coherente con sus principios pues solo desde ahí seremos capaces de ponerle coto a los absolutismos crecientes.

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