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¿Quién ha matado a Javier?

El sábado murió atropellado un usuario de BiciMad en la calle Alberto Alcocer, una vía que fomenta la velocidad a pesar de los límites

No es una víctima del colectivo ciclista sino que nos incumbe a todos. Es una víctima de nuestra forma de diseñar y de comprender la ciudad

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Flores para Javier en el lugar donde fue atropellado (Foto de Isabel Ramis)

Flores para Javier en el lugar donde fue atropellado (Foto de Isabel Ramis)

El sábado por la noche murió atropellado un vecino de Madrid: Javier, un hombre de 32 años, que salía o entraba de la estación número 158 de BiciMad a la altura del 26 de la calle Alberto Alcocer. El conductor que le pasó por encima, se dio a la fuga y, de momento, no ha sido detenido. Como es normal, la comunidad ciclista madrileña se ha movilizado y desde ayer hay flores en el lugar de los hechos. Para hoy a las 20h hay convocado un homenaje allí mismo. Es la primera víctima entre los usuarios del servicio público de alquiler de bicis. Pero no es una víctima de la bicicleta ni que le pertenezca al colectivo de la bici. Es otra víctima de nuestra fallida forma de hacer y comprender la ciudad, es una víctima que nos incumbe a todos.

Alberto Alcocer es una de las muchas autopistas urbanas que hay en Madrid (y en otras ciudades de España y de Europa). Tres carriles por sentido para un eje transversal que lleva de la Castellana a Príncipe de Vergara y la M30, ya como Costa Rica. La velocidad está limitada a 50 km/h en todos esos carriles menos en los de la izquierda, que son ciclocarriles y por tanto tienen el tope legal en 30 km/h, como en tantos otros lugares de Madrid (y de otras tantas ciudades de España y Europa). Y, como en tantos otros lugares, son límites que muchísimas personas no respetan. No me lo invento, el dato lo confirma, por ejemplo, el radar del túnel de Costa Rica, famoso por ser el más recaudador de España por excesos de velocidad. Los conductores, por allí, van rápido porque la vía se lo permite, sus coches se lo piden y nadie se lo impide.

En estos días se dirán muchas cosas. Se dirá que ir en bici es peligroso. Se dirá que Madrid no es ciudad para bicis. Se dirá que hay que proteger a los ciclistas. Se dirá lo que sea pero seguramente se dirá poco lo que de verdad ocurre. Hemos hecho una ciudad para correr y corremos por la ciudad. Hemos hecho una ciudad peligrosa y somos peligrosos cuando circulamos por la ciudad. Cuando circulamos en coche, por supuesto.

Está demostradísimo que a 30 km/h los accidentes son menos graves que a 50 y, por supuesto, a 80 km/h, que es una velocidad habitual (aunque ilegal) en vías como Alberto Alcocer. También está demostrado que pintar en el suelo una señal que pone el límite no frena a casi nadie. Ayudaría bastante que la Policía Municipal hiciese su trabajo y se pusiese a poner multas de verdad, pero con eso tampoco es suficiente.

Para acercar nuestra ciudad a la famosa visión cero hay que replanteársela por completo, transformar el diseño de las calles para que ir a toda leche sea incómodo y no lo que parece natural, como ocurre ahora. Ponérselo difícil a los coches, cambiar la forma en que nos movemos.

Javier tuvo la mala suerte de ir en bici en mal sitio en mal momento. Podía haber ido caminando, estar cruzando un paso de cebra, haberse bajado de un bus, salir de su propio coche aparcado o cualquier otro acto habitual en una ciudad. Cualquiera de nosotros podría haber sido Javier, eso está claro.

Lo más duro es pensar que, al mismo tiempo, cualquiera de nosotros podríamos haber sido la persona que ha matado a Javier. Con esto no quiero restar nada de responsabilidad a la persona que lo ha matado. Quiero que pensemos en la de veces que, conduciendo por Madrid, vamos a 20 o 30 km/h por encima del límite. ¿Cuántas veces cada día? Que cada uno haga su cuenta. Y que luego sepa que cada uno de esos momentos es un instante que puede provocar la muerte de alguien.

Fallamos a la hora de pensar y construir la ciudad. Cambiarla es un proceso lento que requiere de la acción inmediata de gobernantes valientes, algo excepcional pero no imposible. Fallamos, también, al comprender la ciudad y sus mecanismos. No somos conscientes de que nuestros actos tienen consecuencias que, en el caso del exceso de velocidad, pueden acabar matando a un vecino, a un familiar, a un amigo… a nosotros mismos.

Nos hemos fallado a nosotros mismos y hemos fallado a Javier. Vayamos a despedirle hoy allí donde lo mataron para empezar a evitar de verdad que algo así vuelva a pasar.

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