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Gran homenaje a los deportados españoles... en Francia

El próximo domingo, 26 de abril, se celebra en Francia el día de la Deportación. Las flores inundarán los monumentos repartidos por todo el país que recuerdan a las víctimas de los campos de concentración. Hombres, mujeres y niños brindarán su reconocimiento y demostrarán su agradecimiento y cariño a quienes sufrieron la barbarie nazi como castigo a su compromiso con la libertad. Todas las miradas, todos los besos, toda la admiración se concentrarán en unos pocos ancianos que se esforzarán para vencer sus muchos achaques y mantenerse en pie durante las ceremonias. Son los pocos deportados que hoy quedan con vida, entre ellos, una veintena de españoles.

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José Alcubierre durante el homenaje celebrado en Ruelle

José Alcubierre durante el homenaje celebrado en Ruelle

Suena el viejo timbre en casa de la familia Perea en Hendaya. Pili se levanta como un rayo para abrir la puerta. Ella y su madre, María, saben perfectamente con quién se encontrarán al otro lado de la puerta: «Es el asistente del alcalde que viene a hablar de lo de papá». El sonriente funcionario rechaza educadamente la invitación a pasar, va directo al grano y señala el lugar en que el ayuntamiento piensa instalar la placa. Con él está Floren, el verdadero artífice de esta iniciativa.

Junto al resto de miembros de la asociación “La Ilusión” de Zarautz se ha conjurado para conseguir, como primer objetivo, sacar del olvido a los 70 guipuzcoanos que acabaron en los campos nazis. De momento ya han colocado 4 stolpersteine, o placas de la memoria, en la puerta de las casas en las que vivieron otros tantos deportados de Zarautz, Rentería y Pasajes. Las stolpersteine, que surgieron en Alemania en los años 90 para rendir tributo a las víctimas del holocausto, han colonizado otras naciones como Austria, Italia y Holanda. En España, tan solo Barcelona ha seguido el camino iniciado por "La Ilusión" de Zarautz.

Mientras explica por qué prefiere que la placa sea fijada en la pared y no en es suelo como marca la tradición, Pili vuelve a sonreír. No lo hacía desde que su padre murió el pasado mes de julio. Tras 96 años de larga vida, dos guerras en las que defendió la libertad de España y de Europa y cuatro años de durísimo cautiverio en Mauthausen, Luis Perea se marchó sin hacer ruido, convertido en humo y cenizas, como sus más de 5.000 compañeros asesinados en los campos nazis. El luchador manchego nunca fue homenajeado en su pueblo natal, Socuéllamos. Esa espina la sigue teniendo Pili clavada en lo más hondo de su corazón: «He escrito varias veces al ayuntamiento pero ni siquiera me han contestado. Yo quería que recordaran a los siete vecinos de ese pueblo que acabaron en los campos nazis. ¡No solo a mi padre! ¡Los siete merecen ese homenaje! Pero…».

Pilar y María Perea señalan al asesor del alcalde de Hendaya y a Floren el lugar en que irá la placa

Pilar y María Perea señalan al asesor del alcalde de Hendaya y a Floren el lugar en que irá la placa

Pero ese alcalde no dispuso de un minuto para responder a la familia Perea. Su prioridad era endeudar a su pueblo para sacar adelante una obra faraónica, llamada la Torre del Vino, en la que ha gastado más de 4 millones de euros de dinero público. El regidor realizó una fastuosa inauguración cinco meses después de que Luis Perea abandonara este mundo sin cumplir ese último deseo: presenciar un homenaje a sus compañeros deportados socuellaminos. Fue por eso, entre otros motivos, por lo que Floren decidió cruzar la frontera y contactar con el alcalde de Hendaya.

¿Le brindaría esa ciudad francesa a Luis Perea lo que sus paisanos le negaban? La respuesta fue afirmativa y casi inmediata: Hendaya hará este domingo lo que nunca quiso hacer Socuéllamos ni Castilla La Mancha. Ni con gobiernos del PP nostálgicos del franquismo, ni con gobiernos socialistas siempre preocupados de no molestar demasiado “para no perder votos de centro”.

Homenaje en Angulema

Jeannine, la eterna compañera de José Alcubierre, le obliga a cambiarse de cazadora. Refunfuñando pero con sonrisa resignada, este barcelonés de 90 años se apresura a cumplir la orden. Su hija María José y su yerno Bernard les esperan en el coche para llevarles a un acto muy especial.

Unas doscientas personas aguardan en un frío solar en el que hace 76 años se levantaba el campo de refugiados de La Combe Aux Loups, situado en la localidad de Ruelle. En este lugar fueron hacinados dos millares de hombres, mujeres y niños españoles que habían huido de su patria ante el ya imparable avance de las tropas fascistas lideradas por Franco. José estuvo aquí, junto a sus padres, durante algo más de seis meses.

En septiembre de 1939 las autoridades francesas les trasladaron a otro campo, Les Alliers, en Angulema, desde el que los tres serían deportados a Mauthausen once meses más tarde. 927 españoles viajaron en aquel primer tren de deportados civiles de la II Guerra Mundial. Las mujeres y los niños menores de 14 años fueron repatriados hacia España. Los varones que superaban esa edad fueron bajados de los vagones y encerrados en el campo de concentración. Eran 490 hombres y adolescentes de los que solo sobrevivieron 73. Miguel, el padre de José, fue uno de los que no consiguió llegar con vida hasta el día de la liberación. Junto a otros dos compañeros aragoneses fue apaleado hasta la muerte en marzo de 1941.

«Hombres libres, no olvidemos» reza la placa que José descubre junto a dos ancianas que, siendo niñas, no llegaron a subir a aquel fatídico tren. «Homenaje a las víctimas de fascismo» es el mensaje que se lee en el ramo de flores que depositan a los pies del sencillo monumento. Agarrado a Jeannine se despide de nosotros y se marcha hacia el ayuntamiento donde le espera un segundo homenaje y la visita a una exposición sobre el exilio republicano: «En Francia lo han hecho. Nos han reconocido… en España, no. ¿Qué quieres que le hagamos» comenta resignado mientras se dirige al coche donde ya le esperan su hija y su yerno con el motor encendido.

Reservando fuerzas y preparando el mejor traje

Los 96 años pesan en las espaldas de Juan Romero. Este cordobés que trabajó en el comando de la desinfección de Mauthausen, recogiendo la ropa de los desgraciados que llegaban al campo, sabe que el domingo no puede faltar a la cita. Él es el único deportado superviviente en Ay, una pequeña localidad situada en el corazón de la región del Champagne.

Al terminar la guerra fueron muchos los ex prisioneros españoles y franceses que se establecieron aquí atraídos por la oferta laboral de los viñedos y las bodegas. «Solo yo sigo vivo», comenta Juan con tono amargo, «Antes éramos más de 20 españoles y bastantes franceses, pero ya todos han muerto». Juan tiene ya preparado el traje y la corbata con la que se vestirá el domingo. Aunque lleva meses sin apetito, promete que estos días tratará de comer un poco más para llegar con fuerzas al señalado Día de la Deportación.

Patrick, hijo de un deportado francés ya fallecido, acompañará a Juan Romero al homenaje del domingo

Patrick, hijo de un deportado francés ya fallecido, acompañará a Juan Romero al homenaje del domingo

En la misma situación se encuentra Cristóbal Soriano que guarda junto a su cartera la invitación para el acto que se celebrará en la principal plaza de Peroles. Este barcelonés cumplirá 96 años en agosto y se siente cansado pero con ganas de seguir viviendo: «No tengo prisa por morir…», dice con una sonrisa en la boca. «He tenido mucha suerte. En Gusen, un kapo me ordenó ir a su barraca. Allí mató a dos prisioneros, uno español y otro polaco. El siguiente era yo pero, en ese momento, llegó un SS y le dijo que aún podía serles útil porque era joven y estaba capacitado para trabajar. El kapo me dio una patada en el culo pero no me asesinó».

A falta de homenajes oficiales en su querida España, Cristóbal no quiere perderse una ocasión en la que recordar a los más de 9.000 españoles que pasaron por los campos de concentración: «Me estoy cuidando especialmente porque, además de este acto, el 5 de mayo estaré en la presentación de un libro en Barcelona y dos días después viajaré a Mauthausen para asistir a la celebración del 70 aniversario de la liberación».

La visita de Cristóbal incluirá una parada en el tétrico castillo de Hartheim donde su hermano José murió asesinado en la cámara de gas. Finalmente, en el campo central, asistirá al acto oficial frente al monumento que recuerda a los más de 5.000 españoles asesinados entre las alambradas nazis. Desde que Rajoy llegó al poder, el Gobierno español solo ha mandado, año tras año, como representante a un educado pero triste embajador. ¿Hará lo mismo en esta ocasión en que se cumple el 70º aniversario de la liberación de los campos y el 75º de la llegada de los primeros españoles a Mauthausen? Espero que no, aunque me temo lo peor.

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