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“Los mineros que apoyaron a Thatcher para mí están muertos”

Pat Crowe, un ex minero de 62 años que fue a la huelga durante un año contra Margaret Thatcher recuerda su lucha en los disturbios del 84 el mismo día en que Londres celebra el funeral de la Dama de Hierro

Las consecuencias de aquel año siguen muy presentes en su memoria y en la convivencia de las antiguas comunidades mineras de Reino Unido

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Pat Crowe, minero en 1984: "La lucha de Thatcher no era solo un ataque a los mineros, sino a los trabajadores y sobre todo a los sindicatos".

Pat Crowe, minero en 1984: "La lucha de Thatcher no era solo un ataque a los mineros, sino a los trabajadores y sobre todo a los sindicatos". Foto: Maruxa Ruiz del Árbol.

Pat Crowe no lamenta la muerte de Margaret Thatcher ni asistirá hoy a la marcha fúnebre en Londres para honrar a la Dama de Hierro. Él vive en Mansfield (Nottinghamshire, Inglaterra), una de las antiguas cuencas mineras que cambiaron radicalmente su aspecto con las reformas de la primera ministra británica.

En 1983 esta ciudad de Notthinghamshire, en el centro-norte de Inglaterra, era hogar de 3.000 mineros que vivían de extraer carbón en una de las tres canteras de la zona. Hoy, 30 años más tarde, lo único que queda es una minúscula Oficina de Mineros  Retirados en la que nos recibe Crowe. “Aún hoy si me cruzo con alguno de los mineros que decidieron apoyar a Thatcher, les ignoro y, al contrario, cualquiera de los que resistió conmigo un año de huelga se parará a preguntar qué tal estoy”.

Emocionado, habla de aquel año como el mejor y el peor de su vida y salta constantemente de las anécdotas a la reflexión política. Sindicalista convencido desde los 16 años y expiquetero aguerrido, cree que la batalla que perdieron los mineros en marzo de 1985 contra Thatcher fue una batalla perdida por la clase obrera británica y mundial. La pesada respiración de su neumoconiosis (una enfermedad asociada a la minería) acompaña su relato.

Conocí a algunos refugiados chilenos durante las huelgas. En aquel tiempo muchos de nosotros llevábamos insignias en reconocimiento al número y el tipo de acciones que habíamos llevado a cabo a favor de la causa. Un amigo mío tenía uno con el dibujo de una paloma negra. Uno de estos refugiados exiliados de la dictadura de Pinochet se acercó a mi amigo: “Quiero ese emblema” y mi colega le respondió: ‘No, ¿y sabes por qué? Porque tienes que haber estado al menos en 50 piquetes para lucir uno de estos. Entonces el chileno se quitó una insignia que llevaba en la solapa y dijo: “Te la cambio. Quien lleva esta insignia en Chile, muere”.

Para Crowe, aquel fue un momento clave. “Me abrió los ojos”, asegura. Ninguno de nosotros se daba cuenta de lo que estaba pasando en otras partes del mundo hasta entonces. “Muchos de nosotros nos convertimos en animales políticos porque conocimos muchas otras luchas mientras nos dejábamos la piel en la nuestra”. Por entonces Pat tenía 31 años.

¿Cambió ese sentimiento de solidaridad después de que perdieran la lucha contra las reformas de Thatcher?

Después del 85, cuando los sindicatos se dieron por vencidos había mucho odio. Los mineros leales en Nottinghamshire sintieron que habían sido abandonados por su propia gente. Fue entonces cuando se dividieron los sindicatos y cuando se produjo la escisión del NUM (Sindicato Nacional de Mineros, en sus siglas en inglés) (Nottinghamshire es conocida como la región en que más mineros se negaron a ir a la huelga, algo excepcional en el país, donde la huelga del 84 se apoyó mayoritariamente.) En mi cantera trabajábamos 1.000 hombres, de los cuales sólo 139 fuimos a la huelga. Desde ese día hasta que me muera yo tengo 138 amigos. Hoy, si paseo por la calle y uno de esos 138 personas se cruza conmigo, vendrá a saludarme, me dará la mano y dirá ‘hola, ¿qué tal?’. Esa es una camaradería que ha resistido durante estos años. También el mismo odio está ahí para aquellos que lucharon contra nosotros, en contra de sus propios intereses.

¿Entonces, sigue sin saludar a quienes no fueron a la huelga?

Entiendo que hubo personas que necesitaban el dinero para alimentar a sus familias y pagar sus hipotecas, aunque no lo comparto. Por quienes sigo sintiendo odio fue por los mineros que lucharon contra los piquetes, sobre todo por algunos de los llamados funcionarios de los sindicatos del UDM. Ellos lucharon del lado de Thatcher. Para mí, están muertos.

¿Cómo diría que ha cambiado esta comunidad después de aquel periodo?

En esta región había 35 minas en 1983 y tres de ellas estaban en un perímetro de tres kilómetros de aquí. Por entonces el plato estaba lleno. Había dinero, gente en la calle, los pubs estaban a rebosar… claro, tenías a 3.000 mineros (1.000 por mina) y todos los servicios que eso creaba alrededor: las enfermerías, las mujeres que trabajaban en la cantina de la mina, las escuelas de ingenieros de minas que nacían alrededor…

¿Qué pasó después de las huelgas?

Después de las huelgas y hasta los años 90 comenzaron a cerrar todas las minas y todo aquello desapareció. El paro subió al 50%. Las disputas siguieron latentes durante algún tiempo. Muchos de nosotros tuvimos juicios. Yo incluido. Acabé en los tribunales por no dejar entrar en el club social de mi cantera a los trabajadores afiliados a la UDM (Sindicato de Mineros Democráticos, el sindicato escindido del NUM que promovía poner fin a la huelga y llegar a un acuerdo con Thatcher). El juez dijo que aquel club se dividiría en dos y ningún hombre de la UDM se sentaría en la misma mesa de un minero del NUM. Ese club ya no existe.

¿Cuál es la relación que ha quedado entre el resto de regiones mineras y Nottinghamshire?

Los sindicatos de todas las regiones nos odian: Yorkshire, Kent, Gales, Escocia… En el año 82 antes todos los mineros acordamos en votación en un congreso del NUM que iríamos a la huelga si las minas cerraban. En el 84, cuando pusimos en marcha esa protesta contra el plan de Thatcher, Nottingham decidió ir en contra y hoy todo el país está pagando las consecuencias de aquello. Si Notthingham hubiera salido a la calle, habríamos ganado y Maggy Thatcher habría perdido. Aquella decisión destruyó a los sindicatos de este país. Desde entonces los sindicalistas de este país no tienen poder porque Thatcher logró arrebatárnoslo.

¿Se arrepiente usted de algo?

No, yo miro para atrás y pienso que tomé la decisión adecuada, que pasé un año sin salario pero que viví uno de los años más felices de mi vida. Aquellas navidades fueron épicas. Nos llegaron regalos de toda la nación. Mi hijo nació en mitad de aquel año, en julio de 1984, y pudo tener un carrito gracias a la solidaridad de algún desconocido. Fue mandado por alguien. Yo no lo compré. La gente se solidarizó porque veían que esto no era sólo una batalla para los mineros sino por la supervivencia de los sindicatos.

¿Ya entonces había conciencia en el país de que era un momento que definiría el rumbo de la historia?

Mucha gente sabía que no era solo un ataque a los mineros, era un ataque a los trabajadores y sobre todo a los sindicatos. Por eso recibimos tanto apoyo. Si miras a la historia de este país, las únicas veces que los obreros han ganado algo ha sido en los 50, 60 y 70 cuando en el Parlamento teníamos obreros, mineros, profesores de escuela y enfermeras. Teníamos gente de clase trabajadora en el Parlamento. Si miras ahora, habrá uno o dos. La mayoría de ellos son abogados o políticos de carrera. No tienen experiencia ni empatía con los trabajadores.

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