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Instrucciones para sobrevivir en una rotonda

El código de circulación es como la Carta de Derechos Humanos, no lo respeta ni Dios, y conducir consiste fundamentalmente en conseguir que esos malditos desgraciados no terminen contigo. Exagero, pero solo un poco

Si algún día llega la revolución será en transporte público, a pie o en bicicleta. En coche solo llegan multas y malas noticias

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En servicio la nueva rotonda del Barrio Covadonga

No soy quién para llevar la contraria a la profesora de la autoescuela así que preparo mi incorporación a la rotonda por el carril exterior con la consigna de mantenerme en ese carril hasta abandonar la rotonda en la tercera salida. La rotonda en cuestión no es una rotonda cualquiera (no existen dos rotondas iguales pero ese es otro tema): la cruzan el tranvía, emprendedores que vienen de pagar la cuota de autónomos y camiones de FCC con mantenimiento de piezas nivel país comunista tras la caída del Muro. Y en la calzada hay un tablero de líneas amarillas que te avisa de que ni se te ocurra aprobar allí una declaración unilateral de independencia. Es la Estrella de la Muerte de las rotondas.

El camino está despejado, giro el volante y comienza la carrera por alcanzar mi pedazo de tierra al oeste del río Pecos: la tercera salida. La norma es clara. Voy por el carril exterior y tengo prioridad. Esto significa –entiendo yo según los humildes recursos de lógica que me ha proporcionado estudiar en la LOGSE– que si a algún avispado que viene por mi izquierda se le ocurre dejar la rotonda por la primera salida ­cuando yo estoy circulando por su hipotética trayectoria, el tipo debería esperar a que yo pase o seguir hacia delante. Porque yo tengo prioridad. Yo la tengo. Yo.

Pues no.

Efectivamente, al lince se le ocurre girar a la derecha como si yo fuera un holograma de Murakami: con mucho odio acumulado en Twitter y ganas de embestirme el muy Mad Max. Mi reflejo de conductor novato lleva el pie al acelerador para sortear al kamikaze pero la profesora, acostumbrada a lidiar con peatones recalcitrantes a los que se les ocurre ponerse al volante justo antes de cumplir los cuarenta, frena bruscamente, y el canalla logra colarse delante de mis narices hacia la primera salida y un futuro lleno de maldad y comisiones ilegales, imagino.

Superado el azoramiento de salvar por los pelos el impacto, mi estupor llega con la explicación. Si no freno y le dejo pasar, suspendo el examen. Yo, que mantengo mi actividad automovilística dentro de los márgenes de la ley, me puedo quedar sin aprobar el carné de conducir porque a ese pajarraco se le ha ocurrido sacarme de la rotonda a volantazos pasándose las normas de tráfico por donde el Ministerio de Fomento se pasa la Ley de Contratos. Todo muy edificante. Parece diseñado por el que inventó las SICAV.

Tras las primeras 14 horas de conducción de mi vida he aprendido que el código de circulación es como la Carta de Derechos Humanos, no lo respeta ni Dios, y que conducir consiste fundamentalmente en conseguir que esos malditos desgraciados no terminen contigo. Exagero, pero solo un poco.

Y pido disculpas por las palabras malsonantes pero nunca había alcanzado un nivel tan alto en el índice internacional de Número de Exabruptos Por Minuto (creo que he superado a Stoichkov): un deportivo rojo me adelanta por la izquierda saltándose una línea continua e invadiendo un carril bici en dirección contraria ("¡gilipollas!"); una furgoneta blanca se abalanza hacia mi carril para dar un frenazo sin razón aparente ("¡me cago en todos tus muertos!"); un conductor que tiene que cederme el paso no se digna siquiera a mirarme de reojo y arranca ("¡tarambana!"), y así toda una serie de infracciones que acompaño con un "¡desgraciado!" o "¡será capullo!" (aunque los insultos van entre signos de exclamación, yo los suelto por lo bajini, con el mismo tono con el que se pide una barra de pan, es una especie de mantra budista con el que seguir concentrado y no terminar como Michael Douglas en 'Un día de furia').

Con reiteración se ha sentenciado que el fútbol es el opio del pueblo que mitiga las tendencias insurreccionales de la sociedad, pero ese papel de lubricante social lo cumple con mejores resultados la conducción en automóvil (solo equiparable al efecto sedante de Ciudadanos). En lo que tardas en llegar a tu destino has sublimado todos los rencores que podías tener apilados en tu interior. El espíritu revolucionario se desgasta en bocinazos, prisas o el mal humor que te sobreviene al toparte con contenedores de basura que anulan la visión de los pasos de cebra. Uno empieza el día derrotado después de haberse peleado con sus semejantes en la carretera, y apenas quedan fuerzas para plantar más batallas. Si algún día llega la revolución será en transporte público, a pie o en bicicleta. En coche solo llegan multas y malas noticias.

Y, pese a todo, conducir mola.

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