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Anchoas en el jacuzzi

El video ha tomado dos caminos: Hombre desnudo en extraña ceremonia de baño y Vegano loco contra la Anchoa de Santoña. Hay que pararlo como sea. Necesitamos asesoramiento legal.

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Detalle del Monumento al Sulero en la machina sur del Puerto de Santoña. | PAULA ARRANZ

Detalle del Monumento al Sulero en la machina sur del Puerto de Santoña. | PAULA ARRANZ

El video dura cuarenta segundos. La imagen es nítida, el sonido limpio y claro. Vemos en primer lugar un ventanal abierto con las cortinas corridas y, reflejado en un cristal lateral, un pequeño dron totalmente silencioso. De pronto un golpe de viento agita las cortinas, una de ellas se queda enganchada en el respaldo de una silla, se abre un hueco, y tenemos acceso a un lujoso cuarto de baño de mármol negro, donde hay un hombre alto, fuerte, desnudo. Tiene en la palma de su mano izquierda un objeto brillante que el zoom de la cámara se apresura a enfocar: Anchoas de Santoña, Gran selección, Hermanos San Emeterio. En su mano derecha, un tenedor de oro con el que va sacando de la lata los filetes y los deposita con ternura en el jacuzzi. Nadad, nadad, pececitos, dice, con un hilo de voz cercano al llanto. Y el video se corta.

Aplaudimos todos. Es el mejor proyecto de anuncio que hemos visto en toda la mañana. Y también el último, estamos agotados. Merecemos un buen almuerzo a costa del anunciante. Los miembros del jurado somos cinco, nos conocemos de otros concursos, compartimos el gusto por la buena mesa. Mientras comemos lo mejor de los alrededores, hablamos en serio de ese anuncio como el posible ganador. Después de lo visto en cuatro jornadas, dudamos mucho que en la sesión de la tarde aparezca otro que esté a su altura. Hacemos una ronda de opiniones. Se menciona la pureza de la imagen, esa nitidez casi dañina que le confiere un aire futurista. También la inquietante invasión de la intimidad que nos desvela un ritual privado que conduce al producto en segundos, sin transición emocional, con eficacia: viejo en el concepto pero moderno en la realización. Como escritor del grupo, elogio su narrativa, su riesgo, la elección de un disparate oscuro como motivo central. Mientras estoy hablando, el presidente del jurado recibe un mensaje, pone mala cara, me deja acabar y nos comenta que tenemos un problema. Debemos regresar a la agencia de publicidad, no es un tema para comentar en un restaurante.

De nuevo en la sala de proyecciones, pedimos que nos pasen internet a la pantalla y que alguien localice cuanto antes a los autores del proyecto. Desde hace una hora, Anchoas en el jacuzzi circula por la red. Nosotros no lo hemos subido, estábamos comiendo, la agencia se cierra a mediodía. El dueño, y presidente del jurado, se toma seguidos tres cafés de la máquina, lo cual nos indica la gravedad del asunto. Hay en juego mucho dinero, a corto plazo, y prestigio profesional, que es dinero a largo plazo. Seis meses de trabajo, y un error que mencionarán durante años sus competidores cuando le disputen un contrato. Para los demás miembros del jurado será algo más leve, un borrón que disminuirá las posibilidades de volver a ser contratados en otros concursos, al menos durante un tiempo. Pérdida de ingresos: señal de alarma.

La especialista en búsquedas de la agencia nos va mostrando en la pantalla los progresos del desastre. Después de la primera hora, se nota un incremento substancial de las visitas, que pasan de cientos a miles. El video se muestra tal cual, como si fuera real, como un robado, sin más explicaciones. Desde el principio ha tomado dos caminos, uno basado en la palabra desnudo y otro en el sector conservero. Los primeros títulos son: Hombre desnudo en extraña ceremonia de baño y Vegano loco contra la Anchoa de Santoña. Apenas tiene comentarios, solo una rectificación interesante, de un animalista que reivindica el mensaje y pide libertad para los peces. Le contestan de coña que también un entierro digno para el pescado y que no hay mejor ataúd que una buena lata. Como la cosa va lenta, decidimos retomar el trabajo para ir ganando tiempo. Es conveniente completar el visionado de todas las propuestas.

Terminamos a media tarde, de mala manera, nerviosos y sin hacer comentarios entre un video y otro. No es fácil olvidarse cuando una de las bases del concurso es que aparezca la lata de anchoas y su nombre perfectamente legible. Como es la costumbre, por seguridad, la marca es ficticia, sólo sirve como ejemplo para los concursantes. Aun con todo, un directivo y el abogado de la conservera anuncian que van de camino a la agencia, llegarán en minutos. ¡Soluciones!, nos grita el dueño, desesperado, mientras comprobamos la evolución de Anchoas en el jacuzzi en internet. La buscadora nos advierte que en pocas horas la cosa se ha desmadrado. Cientos de páginas han replicado el video añadiendo de su cosecha todo tipo de curiosidades. Los hay del tipo cómico, con Nadad, nadad, pececitos sincopado, o con música de ópera y a cámara lenta, pero también los hay que toman un rumbo siniestro, fetichista, morboso, incluso satánico, esto último sin razonar. El video ha sido calificado como una rareza y está estallando en la red. Lo peor es que una de sus ramificaciones sube en audiencia peligrosamente. Muchas personas lo ven como una burla de mal gusto, una herejía, una blasfemia, un ataque directo contra uno de los símbolos de la tierruca. Hay cientos de comentarios indignados de cántabros y de asociaciones de cántabros en defensa de Cantabria, del propio presidente de la comunidad, adalid de la anchoa de Santoña, que en plena efervescencia discursiva llega al extremo de acusar en Twitter a los servicios secretos vascos de haberlo maquinado todo para hundir económicamente a la región, aunque se retracta un minuto más tarde, porque los servicios secretos vascos no existen, sólo estaba mal informado. El verdadero presidente añade una nota, diciendo que él no ha dicho eso, que alguien usurpa su nombre. Empiezan a correr las amenazas de denuncia. Hay que pararlo como sea. Necesitamos asesoramiento legal.

Llegan casi a la vez el directivo de la conservera con el abogado y los autores del video. Son dos chavales muy majos y dispuestos a colaborar. Reconocen su culpa, no le pagaron suficiente al actor por enseñar el culo, pidió más, hubo bronca después del rodaje y no saben cómo se hizo con una copia. Asumirán lo que les caiga, aparte de un futuro lejos de la publicidad. Algunos reímos, porque no entienden nada. El dueño de la agencia comenta en su despacho con el abogado y el directivo las soluciones encontradas. Les parecen idóneas. Se acuerda que los autores subirán a la red por su cuenta el video con la indicación de que es un proyecto de anuncio y que ha sido robado. Son los ganadores del concurso, el rodaje del anuncio definitivo comienza a la mañana siguiente y se emitirá en televisión y en las redes esa misma semana. No se lo pueden creer. Firman tantos papeles que acaban mareados.

En la cena de despedida del jurado, esa misma noche, le damos vueltas a la capacidad que tiene la casualidad para trazar el destino de un buen anuncio. Sabemos que Anchoas en el jacuzzi  va a ser un éxito rotundo, viene precedido de una polémica, se nos va a acusar de haberla generado, de no tener escrúpulos a la hora de vender un producto. Brindamos por ello. Para algunos de nosotros representa una carta de presentación ante el futuro incierto. De madrugada, en la cama del hotel, antes de dormir releo los Cuentos reunidos de Sherwood Anderson, que también se enfangó en el mundo de la publicidad antes de lograr alimentarse gracias a su literatura. En una carta admite que manipular a la gente, lograr que hicieran lo que él quería, lo convirtió durante años en un taimado hijo de perra. Eso a principios del siglo XX, debería ver cómo hemos evolucionado.

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