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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

A la espera de los bárbaros

Imagen de archivo de una mujer que pasa junto a una inmobiliaria en Santander.

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Tres milenios antes de Cristo los dioses decidieron dar un escarmiento a los humanos. Estos se estaban multiplicando vertiginosamente y los dioses, molestos con el ruido en aumento que les llegaba desde las planicies de Mesopotamia, propiciaron un diluvio. Así lo atestiguan antiquísimas tablillas de barro. 

Una vez retiradas las aguas y tras el cese del guirigay, los dioses experimentaron el sosiego del silencio. Quedaron pocos humanos entonces, al parecer, los suficientes para producir alimentos y servir la celestial mesa. Una manera bastante curiosa de vivir tranquilos y banquetear sin ruido de fondo la del Olimpo mesopotámico.

Han pasado más de 5.000 años y, pese al guirigay creciente, los dioses no parecen molestos, aquejados de una sordera o una indiferencia preocupantes. Hay humanos por doquier y todos haciendo ruido, todos reclamando atención. Una torre de Babel, un zigurat atestado de razas y lenguas. Ruido analógico y ruido digital, ruido de la plebe y ruido de los pequeños calígulas que gobiernan el mundo. Si algo define la actividad humana es el ruido, pero mientras no falten alimentos con que banquetear no es de temer que haya un nuevo diluvio.

¿Quiénes son estos humanos que tanto vociferan? Vociferan por todo. En los senados, en los comercios, en los cuarteles, en las tabernas, en las calles… hasta las delicadas criaturas que pintan, tañen la lira y proyectan sombras sobre el fondo de cuevas, las que se alimentan del aire y se dan por satisfechas con entregar al mundo objetos que nadie les ha pedido, parecen airadas y reclaman atención, aunque pocas parecen prestársela a las demás. Vociferan. Es ciertamente irritante.

Hasta en las pequeñas urbes del Occidente tenebroso, en un rincón perdido entre el mar y las montañas, los humanos aspiran a colmar la paciencia de los dioses. En el pequeño oppidum de Santander, por ejemplo, esclavos y patricios, tientan sus togas escandalizados, sacuden sus sandalias airados, declaman insistentemente, no hacen más que llamar la atención. Basta acudir a las polis del entorno para comprobar cómo tan pocos montan tanto ruido. 

En los anales informativos que a diario se publican en la urbe, se convocan reuniones y dictan importantes mensajes a los que pocos acuden o prestan atención, así que hay gran multitud en ebullición a la espera de algo, que nunca se produce. Una gran agitación con poca sustancia detrás. Políticos, mercaderes, escritores… todos más preocupados por decir que por hacer, porque los problemas de la polis siguen ahí a pesar de que pasen los años, grandes empresas que asegurarán la fortuna de todos se procrastinan una y otra vez, los mejores cerebros de la urbe se resisten a escribir la novela que eclipse todas las novelas, el cuadro que marque un antes y un después, la pieza musical que convierta a Orfeo en un alfeñique. En vez de pintar hablan de pintura, en vez de escribir hablan de lo que escribirían, en vez de pensar simulan que las ideas les desbordan. Un montón de actividades políticas, económicas, culturales y poca política, economía y cultura.

Algo tiene que pasar. Como en el poema de Cavafis, esperan a los bárbaros. “¿A qué esperamos congregados en la plaza? Es que hoy llegan los bárbaros”, dice el poema. Pero los bárbaros no llegan, tampoco el diluvio. A la espera de que algo ocurra, hacen ruido.

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