Sin salón, sin cocina y pronto sin baño
Con permiso, me desvío un ratito de la belicosa actualidad internacional para hablar de otra guerra más cercana y cruenta, que ya es la guerra de nuestra generación y que vamos perdiendo: la crisis de vivienda. En el capítulo de hoy hablaremos de cómo la especulación inmobiliaria gana terreno no solo en las calles y ciudades, sino también de puertas adentro, en cada vivienda, conquistando y destruyendo el espacio doméstico.
Mi hija mayor ha encontrado piso compartido en una ciudad portuguesa donde estudiará el próximo cuatrimestre. Me lo enseña en una web de alquiler, veo las fotos y le digo: “está muy bien, parece nuevo y luminoso, las habitaciones bien equipadas y la cocina en buen estado, pero no veo el salón”. “Es que no tiene salón”, me cuenta mi hija. “¿Cómo que no tiene salón?” Pues no. El antiguo salón lo convirtieron en dormitorio para tener una habitación más que alquilar. Así que cada estudiante metida en su cuarto, y solo la cocina y el baño como espacios comunes.
Hablo de Portugal, pero una búsqueda rápida en un portal español me confirma lo que ya es una “tendencia inmobiliaria”: la progresiva desaparición del salón en los pisos para compartir. Los propietarios aumentan su rentabilidad (una habitación extra, a los precios actuales), y los inquilinos se libran de “un espacio siempre conflictivo”, leo en un reportaje que parece encargado por la patronal inmobiliaria. Adiós al salón, se acabaron las discusiones sobre quién coge el mando de la tele y las fiestas hasta las tantas con la música alta. Cada uno en su habitación, donde pueden comer y cenar a solas mientras ven Netflix en el ordenador.
Y da gracias si el propietario convierte el salón en dormitorio, con cama, armario, mesa y silla. Porque también puede ser que el salón se realquile tal cual como dormitorio precario para familias que duermen en un sofá cama, como contaba este mismo periódico hace unos días.
La tendencia a prescindir del salón se une a otra que vienen anunciándonos como la próxima revolución en el hogar: la desaparición de la cocina. Lo vaticinó el presidente de Mercadona, que cada vez vende más comida preparada: en veinticinco años casi nadie tendrá cocina. Si miras portales de alquiler verás que abundan las “cocinas” consistentes en una pequeña encimera, vitro portátil, microondas y nevera pequeña. Mientras las cocinas aspiracionales en revistas dominicales y programas televisivos de reformas son cada vez más grandes (con su inevitable “isla” central), en los pisos de alquiler las cocinas menguan hasta que un día desaparezcan junto al salón: te pondrán un microondas y una neverita minibar en el dormitorio, y para qué quieres más. Así eliminas otro “espacio conflictivo”.
¿Te has dado cuenta de que hay cada vez más lavanderías automáticas en nuestros barrios? En parte por los pisos turísticos que deben lavar sábanas y toallas, en parte por las infraviviendas sin lavadora o sin espacio para tender. Junto a las lavanderías proliferan los trasteros de alquiler, imprescindibles si vives en minipisos y habitaciones, o te ves obligado a cambiar de vivienda a menudo. El futuro será vivir en una habitación, sin salón ni cocina, y con los enseres personales en un trastero cercano. He dicho futuro, pero ya es el presente de muchos.
Siguiendo este camino, si no lo remediamos, lo próximo será la eliminación del cuarto de baño, el “espacio conflictivo” por antonomasia en toda vivienda compartida. Volveremos al váter en el patio de vecinos, el orinal bajo la cama, lavarte por parcelas en un lavabo, y una vez a la semana acudir a baños públicos. Volveremos a un siglo atrás.
Junto a cocinas, salones, lavadoras y baños, está amenazado de desaparición el género televisivo más querido: la sitcom. En las telecomedias, el salón y la cocina son espacios centrales, la mayoría de gags se sitúan ahí. Con los personajes encerrados cada uno en su dormitorio, adiós a las risas enlatadas. ¿Estamos dispuestos a quedarnos sin sitcoms? Ya que la demencial crisis de vivienda no nos hace reaccionar, ni a nosotros ni a los gobiernos, a ver si nos movemos para defender el futuro de la telecomedia. Ja-ja-ja.
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