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Karen y su familia pagan por dormir en el comedor: el lado más extremo de la crisis de la vivienda en Barcelona

Karen Cacique y su hija, en una de las salas del Espacio Polivalente Santa Magdalena de Cáritas Diocesana de Barcelona

Pau Rodríguez

Barcelona —
5 de enero de 2026 22:00 h

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Karen Cacique se levanta cada día antes de las 7.00 para plegar el sofá cama en el que duerme junto a su marido y sus dos hijos mayores. El salón comedor debe estar recogido porque a esa hora se despiertan para ir a trabajar los otros dos inquilinos del piso que comparte en el barrio de Trinitat Vella, en Barcelona. Con solo un baño para todos, las rutinas de primera hora no son fáciles. “Si algún niño se demora, de repente ya te están mirando mal”, reconoce.

La familia de Karen, que llegó de Perú a la capital catalana en marzo de 2025, vive de realquiler en un comedor. La pareja, ambos de 36 años, pagan 170 euros de mensualidad, con gastos incluidos, por dormir en un sofá abatible con sus hijos de catorce y ocho años. El tercero, de año y medio, descansa en una cuna a su lado. “Es incómodo”, repite la mujer. “Antes, bajábamos al parque para que los niños jugasen y se cansasen, y solo subían a cenar y a dormir, pero ahora en invierno no sé qué hacer”, se lamenta. 

Si la crisis del alquiler ha disparado desde hace años el subarrendamiento precario de habitaciones, casos como el de la familia Cacique suponen una vuelta de tuerca más a la problemática habitacional entre los más vulnerables. Cáritas ha dado la voz de alerta. “Atendemos a gente que duerme en el salón de casa, en literas en la cocina, en la sala de la lavadora… Cada vez pasa más”, advierte Sònia Lacalle, responsable de la asesoría Jurídica Social de la entidad. 

Las casuísticas son muy diversas, comenta Lacalle, pero suelen tener en común que afectan a familias migrantes, sin papeles y que consiguen esos realquileres a través de contactos. El acuerdo suele ser siempre de palabra, sin contrato de por medio, y es habitual que el recién llegado ni siquiera sepa quién es el propietario del piso. “Hemos tenido casos de familias que están en pisos ocupados sin saberlo, y que lo descubren cuando llega la orden de desahucio y se quedan en la calle”, explica Lacalle. 

Criar tres niños desde un comedor

Karen encontró su actual alojamiento en el barrio Trinitat Vella antes de llegar a España. Lo hizo por WhatsApp a través del contacto de un familiar. Así recaló en el salón de la vivienda en la que duermen otros dos adultos. Uno de ellos es el que les realquila a ellos. Por ahora, con los trabajos esporádicos que consigue el marido de Karen, ya sea de pintor de paredes o de operario de mudanzas, llegan justos a pagar la mensualidad. 

Pero tanto como el dinero, a Karen le preocupa la convivencia con sus tres hijos en un hogar compartido con extraños. Lo comenta durante una charla en el Espacio Polivalente Santa María Magdalena de Cáritas. Allí acude dos veces por semana al grupo de crianza, para compartir preocupaciones con otras madres, y a poner lavadoras, porque en casa no puede abusar de ellas. Igual que hay horario para la cocina, también le han dicho que no puede pasarse con las coladas. 

Las lista de dificultades cotidianas que supone criar a tres niños desde el comedor de un piso es larga. No son solo los horarios de las estancias. Está por ejemplo el ruido. “Sobre todo, el del bebé”, afirma. “Esto incomoda mucho y entonces trato de calmarlo, y si no lo consigo algunas veces recurro al móvil, pero entonces todos lo quieren”, relata Karen. Tampoco hay espacio para hacer los deberes escolares. “Tenemos la mesa del salón, pero cuando están los demás ya nos sentamos en el sofá”, se lamenta. 

Durante la conversación, que se desarrolla mientras su hija de ocho años se entretiene en la sala de juegos de Cáritas, la palabra que repite una y otra vez es “incomodidad”. O su antónimo: “La situación nos pone tristes, porque no podemos darles a nuestros hijos una comodidad mínima, al menos hasta que nos establezcamos y encontremos algo mejor”. 

Karen y su hija, en las escaleras que llevan al Espacio Polivalente Santa Magdalena, en el barrio de Roquetes de Barcelona

Cada vez más hacinamiento

Aunque en Cáritas no disponen de datos sobre esta derivada más extrema de la crisis del alquiler, sus informes anuales sí dejan entrever esta tendencia. En la encuesta de su informe FOESSA constatan que un 13,5% de los ciudadanos de la Diócesis de Barcelona ya viven en una situación de “hacinamiento grave”. Además, de todos los usuarios a los que atienden en esta zona, el 40,6%, en total 14.624 personas, viven en habitaciones de realquiler. Y otro 10,5%, 3.027 personas, entran en la categoría de “acogidas”, que incluyen quienes duermen en soluciones improvisadas dentro de un piso, ya sean acogidos por un familiar o pagando. 

Estos últimos han pasado de ser el 7,8% de los usuarios en 2021 al 10,5% actual. Pero lo que preocupa más si cabe es que su situación se está cronificando entre los extranjeros. “La inserción residencial tiene etapas, y suele comenzar en un sofá, acogido durante unos días o una semana, forma parte del aterrizaje o la toma de contacto en un país”, explica Carolina Orozco, investigadora postdoctoral de Geografía en la Universitat de Barcelona. “Pero estas situaciones transitorias se están extendiendo en el tiempo, y las familias pasan de estar acogidas a pagar un alquiler, con lo que se acaba explotando la urgencia y la necesidad de un techo”, desarrolla. 

Orozco explica que los arrendadores pueden ser a veces grupos organizados o caseros que quieren extraer el máximo lucro de un piso. Pero hay otro perfil más común. “En estos casos el titular del contrato puede ser tan precario que necesita realquilar, y si lo hace es por lo tanto por necesidad, porque también es incómodo para él”, afirma. 

Aun así, añade Sònia Lacalle, quien subarrienda sigue teniendo la sartén por el mango. Esto lo padece también Karen, a quien sus compañeros de piso ya le han dejado caer que deberán buscarse pronto una alternativa. Si algún día les quieren echar, ningún contrato les vincula a ese techo. 

“Vamos mirando precios de pisos, pero son demasiado elevados”, comenta. Sin tener su situación administrativa regularizada, y sin una sola nómina, reconocen que arrendar una vivienda en Barcelona es “imposible”. Una mejora sería alquilar una habitación para ellos solos. Pero tampoco es fácil. “Los precios siguen siendo muy elevados, y muchos te dicen que no quieren niños”, se resigna. 

Un paso adelante para la familia sería encontrar trabajo. Pero Karen añade un pero a su situación, que hace que solo su marido esté buscando empleo: no se atreve a dejar solos en casa a los niños, aunque el mayor sea ya adolescente. “Yo tengo que estar ahí siempre, porque las personas que viven en el piso son conocidas, pero tampoco mucho”, zanja. 

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