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Orgulloso de la militancia

La militancia de siempre es una especie de feligresía. Verticalidad, fe, obediencia y cierta tendencia al aplauso

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Pedro Sánchez votando

Pedro Sánchez votando en la consulta planteada a la militancia del PSOE. | EFE

La nueva política necesita de viejos militantes: disciplinados, masas seguidoras de líderes, gente de cofradía que, en lugar de sacar al santo, pasean el carnet del partido.

Quizá por eso, Pedro Sánchez enviaba a las redes un mensaje tan enternecedor como lamentable: "Orgulloso del PSOE y de sus militantes. Orgulloso de este gran partido. Gracias por vuestro apoyo. El cambio está más cerca". Así respondía el gran líder tembloroso al apoyo del 79% de la mitad de sus militantes. ¿Qué hubiera pasado si el resultado hubiera sido negativo? ¿No se sentiría orgulloso de la independencia de criterio de sus militantes? ¿No le da vergüenza que la mayoría de la mitad de sus militantes apoyen un pacto con un partido de la derecha con tal de llegar al poder del que los ciudadanos desalojaron al PSOE?

Quizá la nueva política precise de nuevos militantes. El sambenito de la participación es un chollo a disposición de las élites dominantes. Lo sabe Pablo Iglesias y su partido, donde cada consulta a la militancia tiene menos votantes. Lo sabe Pedro Sánchez, que conoce que lo que dictamina la dirigencia nunca encuentra en la militancia contradicción o duda. Es decir, el voto casi sin control de una parte de los militantes solo sirve para legitimar decisiones ya tomadas. Es decir, la sociedad, en realidad, no reclama participación, sino delegación con cierta honestidad en el rejuego político. Es decir, esta nueva política está plagada de viejos militantes pero enajenados de su formación crítica. Me imagino que pondría un viejo militante socialista si pudiera resucitar y utilizar Twitter: "Avergonzado del PSOE y de sus militantes. Asqueado de este que fue un gran partido. Gracias por hacerme ver la luz. El declive está más cerca y yo me bajo de este bus".

En la derecha no hay militantes, sino socios del club. En la izquierda hay militancia siempre que no haya disenso, en cuyo caso se produce una escisión o una derrota. La nueva política de la que hablan, que a mi me huele a rancia política de siempre, no ha generado una nueva militancia crítica.

La militancia de siempre es una especie de feligresía. Verticalidad, fe, obediencia y cierta tendencia al aplauso. En la derecha no hay militantes, sino socios del club. En la izquierda hay militancia siempre que no haya disenso, en cuyo caso se produce una escisión o una derrota. La nueva política de la que hablan, que a mi me huele a rancia política de siempre, no ha generado una nueva militancia crítica.

He tenido la suerte de estar a cierta distancia de España mientras se consumaba el patético acuerdo entre PSOE y Ciudadanos; mientras el PP observaba a distancia esperando el suicidio de Sánchez: mientras Podemos aguardaba con sarcasmo su asalto a los cielos opositores de la iglesia. Haber estado cerca me habría generado pústulas.

Confieso que no puedo entender ni a los dirigentes ni a los militantes de PSOE. Les pasa igual que a los capos del capitalismo que en 2008 anunciaron su reformulación y, después de muchas vueltas, lograron volver al mismo punto de salida que lo llevó al colapso. Por eso también creo que Podemos ha entrado en la senda de la nada: lucha por la hegemonía de la supuesta izquierda española, es probable que gane el asalto (si se lo permiten) y, una vez entrada al Olimpo del poder justificará el posibilismo con palabras que aludan a la responsabilidad y otras gaitas.

No quiero sonar pesimista. Lo soy. Mi única esperanza es la de una lenta y paulatina politización de la sociedad. Mi única apuesta es por la siembra paciente, por la dignidad contagiosa, por la conciencia crítica cotidiana y compartida. Lo demás, lo que está aconteciendo en el país del olvido, es espectáculo televisivo, postureo político, militancias de papel que hacen de colchón a sus líderes, una sociedad profundamente conservadora, preñada de un fascismo de baja intensidad que me genera tanto miedo como alergia. Orgulloso de la militancia está Sánchez: hijo de una transición tan aletargadora como interminable.

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