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¡Schadenfreude, baby!

La lengua es moldeable como la plastilina, oficializa una cosmovisión ideológica, dejando fuera lo que no entra en sus coordenadas.

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Escultura de Marcelino Menéndez Pelayo en la biblioteca de la Real Academia de la Lengua. | RAE

Escultura de Marcelino Menéndez Pelayo en la biblioteca de la Real Academia de la Lengua. | RAE

Tuvieron que llegar los filósofos del lenguaje para explicarnos que la realidad no hace la lengua, sino que la lengua moldea la realidad, de tal modo que aquello que no se dice, que no se puede verbalizar, no existe.

Pero existe.

Es curiosa la obsesión de la Real Academia de la Lengua por vendernos su actividad como una labor ingenieril, científica. No nos engañemos: cuando veamos los informativos y los reportajes sobre la RAE, no hemos de ver a escritores deslenguados y ancianitos en estado vegetativo; son 'en realidad' científicos aguerridos que meten en sus probetas la música y el laúd de nuestra lengua, apolíneos operarios de un taller de chapa y pintura que le atizan con gusto al metal hasta que la aleta se acopla con un clic sobre la rueda, esforzados doctores que duermen con el mandil de cirujano puesto. La lengua, gracias a esta institución, es una maquinaria perfecta que limpia, lustra y da esplendor... ideológico. La lengua es moldeable como la plastilina, oficializa una cosmovisión ideológica, dejando fuera lo que no entra en sus coordenadas. Habría que crear la Irreal Academia de la Lengua.

Todos tenemos ejemplos en nuestra mente de palabras que definen la realidad. Usar un vocablo en lugar de otro no es baladí: responde a una visión política, del mismo modo que quedarnos mudos, 'sin palabras', es la réplica fallida a esa parte de la realidad a la que no sabemos enfrentarnos.

Las lenguas son como grandes cetáceos. Campan por los océanos a sus anchas y, a no ser que se topen con un ballenero japonés o con el sónar de algún submarino, vagan libremente. Y aquí, cada lengua es distinta, reflejando la idiosincrasia de sus hablantes o, mejor dicho, formando la idiosincrasia de sus hablantes. Piensen en el vocabulario que a diario usan nuestros gobernantes y verán si lo dañino no se esconde tras lo, en apariencia, inocuo.

El español es una de las lenguas más complicadas de aprender, cosa inexplicable para un español, claro está, y sobre todo para un superespañol del corte, por ejemplo, de Ciudadanos. La conjugación de sus verbos, su endiablada sintaxis, el vocabulario abundante... lo convierten en un artefacto sofisticado y retorcido, a imagen y semejanza de sus creadores.

Con nuestra perspectiva ingenieril y sobrada miramos a los súcubos ingleses, pobres de vocabulario y con tres formas verbales para todo. Pero nos engañamos. Se calcula que el vocabulario que manejaba Shakespeare estaba compuesto por 25.000 palabras y en esta materia los anglosajones son tan ricos o más que nosotros, aunque usen el idioma tan pobremente como nosotros.

Curiosas las lenguas. Cuando encuentran un obstáculo, lo saltan. ¡Hop! Una de las formas más astutas de saltarlos es crear un nuevo término a partir de dos. La precisión del lenguaje es importante y si la síntesis obtenida del enfrentamiento dialéctico de dos términos (me he levantado un pelín hegeliano esta mañana, qué se le va a hacer) es más precisa, queda incorporada al acervo idiomático. Si yo yuxtapongo la palabra 'buque' a la palabra 'faro' me topo con un 'buque-faro', que no es cada una de sus partes, pero sí las dos a la vez. Los ingleses dicen 'lightboat' y, ¡hop¡, también saltan el obstáculo; pero los auténticos plusmarquistas de esta carrera de vallado que es la lengua adaptativa son los alemanes. 

Estos germanos son unos obsesos y le ponen nombre a todo (menos a lo que no quieren, claro está). Cogen una palabra corta, pongamos que de 16 letras, le pegan sin solución de continuidad otra cortita, pongamos de 18 letras, y el efecto es tan demoledor como despertarse y ver una división acorazada avanzando por el huerto de la tía Chola. ¡Qué bárbaros!

'Schadenfreude' es una de estas palabras. No hay en español nada equivalente. El término se construye mediante la yuxtaposición de las palabras 'schaden' (daño) y 'freude' (alegría); y el resultado lo define muy bien Lisa Simpson, una de las más brillantes cronistas de nuestros tiempos:

Lisa.- Papá, ¿sabes lo que es la 'Schadenfreude'?

Homer.- No, no sé lo que es la 'Schadenfreude'. Por favor, dímelo, porque me muero de ganas de saberlo.

Lisa.- Es una palabra alemana para designar una alegría vergonzosa, alegrarse por el sufrimiento de los demás.

En alemán, hay otras palabras igual de sofisticadas y no menos precisas. Baste otra más: 'Glückschmerz' (dolor por la alegría ajena), pero quedémonos con la primera.

Todos hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas (algunos, a todas horas) algún tipo de 'Schadenfreude'. Cuando el delantero centro del equipo rival se lesiona, lo celebramos. Cuando el Gobierno se equivoca, un regocijo íntimo nos sacude. Cuando el odioso vecino, alto, guapo y afortunado, se arruina, nos vamos de cena y descorchamos el champán. Eso no quiere decir que externamente no nos compadezcamos del futbolista, lamentemos el patinazo del jerarca u ofrezcamos ayuda con la boca pequeña al vecino; pero en nuestro interior la alegría pega brincos.

Toda 'Schadenfreude', en el fondo, revela un complejo de inferioridad. Nos alegramos al comprobar que alguien está por debajo de nosotros. No se preocupe, por muy baja que tenga su autoestima, siempre encontrará a alguien que lo pase peor. El único tabú es alegrarse en público, porque a nadie le gusta que le motejen de egoísta y desaprensivo, así que todo queda de puertas adentro. 

Los problemas aparecen en serio cuando la 'Schadenfreude' no es una alegría 'pasiva', sino que es provocada por quien se considera inferior. La envidia, el complejo de inferioridad, el odio en todo su abanico de posibilidades, buscan el regocijo propiciando la desgracia ajena, aunque luego venga la coartada moral de que la víctima 'se lo merecía'. Y estas ya son palabras mayores.

Fellini, en su etapa neorrealista, filmó 'I Vitelloni' (Los calaveras), en donde hay una escena hilarante que refleja la 'Schadenfreude' de unos señoritos cuando, de vuelta de una farra ya de mañana, se topan con una cuadrilla de peones camineros... y la 'Schadenfreude' de estos también en sentido inverso.

El mejor antídoto contra esta anomalía del duendecillo que llevamos dentro es el sentido común. Pararse y reflexionar, buscar las causas de lo que ocurre, no juzgar, ponerse en el lugar del otro (para esto sí tenemos término: se llama empatía). Pero el sentido común es un bien escaso y somos testigos cada vez más de ejercicios descarados de 'Schadenfreude' que se saltan la barrera de lo público. 

Ya no se trata de que el mayordomo del señorito, más papista que el papa, le arree una patada al sereno cuando toca el timbre para pedir el aguinaldo, es que a quien pagamos para que arregle este desaguisado de sociedad, vive en un continuo e íntimo gozo ante nuestras desgracias.

Ahí tenemos a nuestra ministra de Trabajo declarando que nadie gana menos que el salario mínimo y marchando a su casa con la satisfacción del deber cumplido. O al gobernador del Banco de España, cuyo sueldo en cuatro años le ha reportado unos ingresos de más de 700.000 euros, haciendo un llamamiento para apretarle más las tuercas al lumpenproletariado. Como son gente educada, estoy convencido de que en el club no se soltarán el botón de la americana, pedirán un doble sin soda y presumirán con alegría de sus proezas, pero que se alegran, no me cabe duda.

Así que estas navidades cuando la gente de bien se desee Feliz Navidad, la gente que se alegra de las desgracias ajenas descorchará el champán, alzará su copa, y deseará un venturoso 2017 exclamando:

-¡'Schadenfreude', baby!

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