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Sergio Jaramillo, Alto Comisionado para la Paz en Colombia

"La convivencia es menos ambiciosa que la reconciliación, pero es más realizable"

Sergio Jaramillo, uno de los artífices de la paz en Colombia, sostiene que "el proceso de paz requiere de la participación y vigilancia de las víctimas", pero "no sería conveniente que las organizaciones de víctimas se politicen. Y hay quien lo está intentando", denuncia

"Si algo de lo que nosotros hemos hecho sirve en España o no, no lo sé. Pero con mucho gusto cualquier cosa que nos solicite el Gobierno español estamos dispuestos a ayudar" en el caso de la violencia en el País Vasco

"Si se trata de terminar con el conflicto en mi país hay que encontrar la manera de que quienes tengan relación con los crímenes más graves respondan también", admite el Alto Comisionado para la Paz en Colombia

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Sergio Jaramillo, alto comisionado para la paz en Colombia.

Sergio Jaramillo, alto comisionado para la paz en Colombia.

Sergio Jaramillo (Bogotá 1966) acaba de recoger el Premio Gernika Paz y Reconciliación, en nombre del presidente colombiano, Juan Manuel Santos, coincidiendo con el 80 aniversario del bombardeo de Gernika por la Legión Cóndor nazi. En esta entrevista repasa los retos y riesgos a los que se enfrenta el proceso de paz en su país. Habla con claridad del papel que deben jugar las víctimas: "Si las víctimas no son protagonista del proceso, el sistema de justicia y reparación que acordamos no va a funcionar", apunta, al tiempo que denuncia que hay quien está intentando "politizar a las organizaciones de víctimas" en Colombia para "contaminar el debate".

Al abordar la justicia transicional admite que "si se trata de terminar con el conflicto, hay que encontrar la manera de que quienes tengan relación con los crímenes más graves respondan también" por ellos. Y advierte del riesgo de que si el próximo gobierno que salga de las elecciones de 2018 no cree en el acuerdo pueda retrasar el proceso de paz, "Ese riesgo existe y es muy real".

Mucho más cauto se muestra al sumergirse en las procelosas aguas de la violencia en Euskadi y el fin del terrorismo de ETA. Constata muchas diferencias entre ambos procesos, pero no duda en mostrar su disposición "a ayudar" al presidente Mariano Rajoy -a quien agradece su apoyo al proceso en su país- si España lo solicita.

¿Qué ha sentido al recoger el premio en nombre del presidente colombiano, Juan Manuel Santos, junto al representante de las FARC, Enrique Santiago, en nombre del jefe de la guerrilla, Rodrigo Londoño?

Ha estado muy bien porque era el premio al acuerdo de paz en Colombia y, desde luego, las FARC hicieron también su parte.

"Hay un tiempo para la paz y un tiempo para la guerra", ha apuntado en su intervención, usando parte del Eclesiastés para rememorar las palabras de Isaac Rabin cuando los israelíes llegaron al acuerdo de paz con los palestinos en Oslo.

Así es, y es como dice usted también una frase del Eclesiastés. El arte y el genio del gobernante es saber distinguir cuál es cual. Y este es el momento de la paz en Colombia.

50 años de conflicto armado-terrorista en Colombia, pero usted no se cansa de repetir que tras la foto del acuerdo en La Habana en realidad "la tarea está comenzando".

Ciertamente es así. La negociación fue muy dura, muy difícil, pero al final escribir cosas en un papel es mucho más fácil que cambiar la realidad.

La sensación desde aquí es que la cosa va lenta: es verdad que las FARC se han desplazado a las zonas de movilización, pero hay otros elementos del acuerdo que van a llevar más tiempo, por ejemplo la puesta en marcha del sistema integral de verdad, justicia y reparación.

Ese es un buen ejemplo porque es un sistema muy ambicioso. En ningún acuerdo de paz que yo conozca se establece simultáneamente una comisión de la verdad, un tribunal especial para buscar medidas de reparación. Y poner a funcionar todas esas instituciones es un reto muy grande, cuando hay otras muchas necesidades. La implementación del acuerdo incluye también una reforma integral en el campo y hay que encontrar un equilibrio en los recursos. Todo es difícil, pero veo que las cosas, con todas las dificultades, van cogiendo forma.

De alguna manera el reto es acabar con esas dos Colombias que parece que existen, la urbana y la del campo, y que se han dado la espalda durante tanto tiempo.

Exactamente, ese es el pensamiento que está detrás: obligarnos a nosotros a modernizarnos. Puede parecer una analogía lejana pero el ingreso de España en la CEE la obligó a introducir una serie de cambios, a modificar sus infraestructuras, etc. Nosotros no tenemos Comunidad Europea, pero todo esto nos va a obligar a modernizar Colombia y, sobre todo, lograr un reequilibrio entre el campo y la ciudad.

Hay un reto de aquí a las elecciones de 2018. Usted que conoce bien al expresidente Uribe, fue su viceministro de Defensa, ¿cree que con la posición de Uribe desde el plebiscisto -que se pierde, lo que obliga a modificar el acuerdo en 60 puntos-, existe el riesgo de involución en el proceso de paz?

(Silencio) Creo que en la medida en que se avance en la implementación del acuerdo y la gente vea la diferencia que supone vivir en paz -ya se está viendo de muchas maneras, por ejemplo con el incremento de turistas en nuestro país- menos interés va a tener de echar para atrás las cosas. Los acuerdos, además, tienen una serie de garantías legales, fiscales, políticas públicas concretas con responsables y costos, son garantías muy importantes que no habían existido antes. Pero también es cierto que un Gobierno que no le dé la gana de tirar adelante con los acuerdos de paz puede retrasar las cosas, y ese riesgo existe y es real.

No creo que sería conveniente es que se politicen las organizaciones de víctimas y que se contamine el debate político colombiano y la discusión sobre sus derechos. Eso pasa con facilidad y hay quien lo está intentando en Colombia.

¿Cómo se entra, desde esa lógica de "hacer la paz", en el territorio más complicado de llegar a la convivencia, la asignatura pendiente?

Es el reto mayor. Hay que mostrar resultados y que los acuerdos sean una realidad. Pero hay que trabajar la convivencia desde el inicio. Si nosotros pudimos sentarnos en La Habana para hablar con las FARC, por qué no va a ser posible en Colombia sentar en una mesa a todos los representantes de la sociedad. Es muy importante sacar las tensiones. Hay que ver todo esto de la convivencia como un programa que requiere un trabajo, unas intervenciones, la promoción de un discurso de tolerancia, etc, etc. Pero claro, cada uno tiene que poner de su parte, también las FARC.

Usted repite esa idea de que "todos tienen que poner la cara". En cada conflicto armado siempre hay un binomio que se repite que es el de las víctimas y la impunidad, realidades que muchas veces van juntas. 

Eso es cierto, ese es el reto mayor: la gente quiere tener paz, le parece bien el proceso, le parece bien que se desarmen las FARC, pero si se trata de terminar con el conflicto en Colombia hay que encontrar la manera de que quienes tengan relación con los crímenes más graves respondan también. Eso es lo que debe ocurrir. Pero también hay que entender que se trata de un modelo transicional de justicia, donde se intenta crear espacios para sacar a la sociedad esos odios y resentimientos que arrastra. No se trata de mirar solo hacia atrás, a lo que ocurrió, sino de reducir las desconfianzas para poder construir hacia adelante.

En ese proceso de reconciliación, ¿cree que las víctimas deben tener un papel político?

¿Qué quiere decir un papel político?

Que no sean solo objeto de políticas de verdad, reparación y justicia, sino sujetos políticos activos.

Creo que tienen que ser protagonistas del proceso. Si las víctimas no son protagonista del proceso, el sistema de justicia y reparación que acordamos no va a funcionar. Requiere la participación y vigilancia de las víctimas, definitivamente. Y requiere que se organicen las víctimas, con organizaciones más fuertes. Ahora, lo que no creo que sería conveniente es que se politicen las organizaciones de víctimas y que se contamine el debate político colombiano y la discusión sobre sus derechos. Eso pasa con facilidad y hay quien lo está intentando en Colombia. Eso confundiría el proceso y le quitaría fuerza al movimiento de víctimas.

Hablemos de Euskadi. Ustedes usan el término reconciliación, una palabra que no es neutra aquí al abordar los pasos a seguir tras el fina de la violencia terrorista.

No, nosotros en el acuerdo tratamos de evitar mucho el término reconciliación. Hablamos más de convivencia.

¿Por qué?

La reconciliación es un objetivo admirable, pero no es un objetivo que uno pueda imponerle o forzarle a las personas, ni tampoco se puede decir que un proceso lleva a la reconciliación. Pero sí puede contribuir a que se conviva mejor, entendiendo por convivencia algo un poco menos ambicioso pero tal vez más realizable: observar unas mismas reglas de juego para todos, practicar una estructura de tolerancia y respeto. Si eso lleva a una reconciliación, fantástico; pero en todo caso será un resultado posterior.

En el País Vasco se habla más de convivencia sustentada en un relato veraz de lo ocurrido. Aquí estamos en la batalla del relato.

Sí, me he dado cuenta.

Sergio Jaramillo (izquierda) y el asesor de la FARC Enrique Santiago recogen el premio de manos del alcalde de Gernika.

Sergio Jaramillo (izquierda) y el asesor de la FARC Enrique Santiago recogen el premio de manos del alcalde de Gernika. EFE

Ha aplaudido el apoyo de Mariano Rajoy al proceso de paz en su país. Pero sabe que Rajoy ha sido muy criticado por su inacción en el proceso de final del terrorismo de ETA, cuyo último capítulo ha sido el desarme parcial en el que el Gobierno español no ha querido participar, pero tampoco ha entorpecido.

Leo como todos las noticias, pero realmente no estoy en la posición de comentar los asuntos internos de España. Ustedes deben hacer lo que les parezca mejor.

¿Y su reconocimiento al presidente Mariano Rajoy?

Sí, claro, porque España nos ha ayudado mucho, siempre ha estadodispuesta apoyarnos. Nos ha apoyado mucho en Bruselas y ese apoyo internacional para nosotros es supremamente importante. El acompañamiento de la comunidad internacional ha sido muy importante en este primer año de la implementación del acuerdo, donde el proceso aún es frágil y requiere todos los apoyos y muletas que uno pueda encontrar.

Es evidente que no quiere profundizar en el tema de la violencia en el País Vasco, pero ha comentado en alguna ocasión que hay grandes diferencias entre ETA y las FARC. Usted que ha hablado con representantes de la izquierda abertzale, sabrá que hay sectores que piden la aplicación de una justicia transicional aquí también. ¿Puede mirarse España en el espejo colombiano en ese aspecto concreto para el futuro de los presos de ETA?

(Silencio) Una aclaración: no estoy hablando con la izquierda abertzale, pero a parte de eso, hay cosas que parecen contradictorias, pero son ciertas. Cada proceso de paz es particular y responde a una cuestión particular y hay que entenderlo en esos términos. Pero también es cierto que hay mecanismos e instrumentos que se han utilizado en esos procesos y que les sirven a otros porque puede haber similitudes. Esto es obvio en el caso de las negociaciones. Si algo de lo que nosotros hemos hecho sirve en España o no, no lo sé, estamos experimentando nosotros mismos. Pero con mucho gusto cualquier cosa que nos solicite el Gobierno español estamos dispuestos a ayudar.

¿Ha tenido la oportunidad de ver el 'Guernica' de Picasso?

Sí, lo he visto físicamente muchas veces. Cuando estaba en el Prado y luego recién pasado al Reina Sofía también fui a verlo allá.

A mucha gente por aquí le encanta el realismo mágico de 'Gabo' y en algún momento ha señalado que 'Cien años de soledad', la obra de García Márquez, es el "particular 'Guernica' de los colombianos".

Es que me preguntaron que si alguien leía 'Cien años de soledad' con atención y recordaba las guerras civiles sin fin del general Buendía y la inutilidad de todo, es ahí donde veía el equivalente para Colombia. Y si se relee bien la obra podría ser nuestro 'Guernica'.

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