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Sigan, sigan

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Hay dos temas que últimamente son recurrentes en los análisis de la política vasca. Uno, para horror de los banderistas, es común al resto de España y es el auge de Podemos. El otro, para horror de la ciudadanía de bien, está centrado en las desafortunadas declaraciones de Javier Maroto y la caradura que  achacó a los magrebís por vivir de las rentas sociales y que se ha ido ‘descafeinando’ hacia un genérico repensemos las ayudas.

Empezamos por el final. La pasada semana, en el pleno ordinario del jueves, el Partido Popular de Euskadi, con su traje de cruzado, presentó una proposición no de ley, PNL en el argot político, para debatir la situación y reforma de las ayudas sociales. El resto de grupos, excepto UPyD, dio la espalda al parlamentario y alcalde de Vitoria y se negó a debatir con él. Los parlamentarios del PNV, EH Bildu y el PSE-EE renunciaron a la palabra en el Parlamento como gesto de reprobación a la actitud del alcalde de la capital vasca.  Algo similar ocurrió precisamente en el Consistorio vitoriano cuando la oposición en bloque se puso de pie en el Pleno y dio, literalmente, la espalda a su alcalde.

El gesto es totalmente simbólico, pero encierra una perversión. Es inaudito que en el Parlamento se niegue el debate, se niegue la discusión, se niegue la palabra. Por muy necio que sea, que cada cual valore, lo que haya que rebatir. El Parlamento es eso precisamente: debate y discusión, contraposición de opiniones, datos, enfrentamiento y, final y preferiblemente, entendimiento basado en mayorías. Si lo que se pretende es evidenciar la soledad de Maroto, que se propicie el debate y se vote. Negarlo es ofrecer silencio, dejar huérfanas de argumentos a las personas que creemos en la política. ¿No tenían nada que decir, que ofrecer, que plantear, que analizar, que rebatir los grupos que negaron el debate? De esta forma, solo ha quedado una opinión y un efecto que refuerza las terribles palabras de Maroto: el Parlamento niega su evidencia. Y, con el silencio de los grupos, así se otorgó.

Es inaudito que en el Parlamento se niegue el debate, se niegue la discusión, se niegue la palabra. Por muy necio que sea, que cada cual valore, lo que haya que rebatir.

Pero, suma y sigue, un Parlamento que no debate, que se mueve por poses, que hace trazo grueso y abandona el altar de la palabra para ofrecer titulares en sala de prensa es un Parlamento inútil. ¿Para qué sirve la Cámara? ¿Hay debates posibles e imposibles? ¿Quién los determina? ¿Para qué sirve la política? ¿Ningún grupo tiene nada que decir sobre este debate? Y aquí, unimos el ying y el yang: una parte cada vez más amplia de la ciudadanía cree que a esas preguntas solo Podemos ofrece la respuesta. Que la política actual, los políticos actuales, no ofrece soluciones. Y las encuestas son solo encuestas. Solo son opiniones testadas y cocinadas en los gabinetes sociológicos. Señorías: sigan, sigan…

PD: Por cierto, al señor Maroto a quien tanto le gusta decir que la gente le pide por la calle esto o aquello, se le olvidó contar que antes de entrar el jueves al Parlamento un ciudadano se le acercó con toda la educación del mundo y le dijo que su propuesta le parecía xenófoba y racista. Y que un grupo de chavales, de no más de 18 años, aplaudió aquella osadía en medio de la calle.

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