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Progreso que no progresa

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Ha propuesto la patronal guipuzcoana una nueva modalidad de negociación colectiva a concertar individualmente con cada trabajador. En el laboratorio de palabras que es Euskadi desde hace medio siglo éste es uno de los retruécanos más conseguidos. La modificación de la legislación sobre el aborto amenaza con retrotraer los derechos de las mujeres a mediados de los años ochenta. Las estadísticas sobre niveles de vida, pobreza y paro en España y en el mundo nos hacen perder de vista que solo hace una década vivimos unos pocos años –Los felices noventa, del economista Joseph E. Stiglitz- en que pareció que la increíble promesa de bienestar de la economía capitalista se podía hacer realidad en nuestro trozo de planeta.

Hoy, el uno por ciento de la población del mundo acapara la mitad de su riqueza. Se puede alargar innecesariamente el párrafo de las desdichas y retrocesos que venimos sufriendo de poco tiempo acá. La gente se encabrita y denuncia el sindiós, el hecho de que estemos yendo al contrario del progreso, hacia atrás, convencida de que una ley natural empuja la Historia siempre hacia adelante, hacia el bienestar y la justicia social. Pues no es así.

En Occidente, la idea de progreso vive con nosotros desde la más lejana antigüedad clásica. Se ha tendido a pensar que solo la idea de providencia dominaba el horizonte humano hasta hace tres siglos, pero la esperanza también formaba parte de su acerbo intelectual y cultural. En todo caso, desde el siglo XVIII, desde pensadores como Turgot o Condorcet, además de casi todos los ilustrados de entonces, nuestra modernidad se soporta en el pilar de la fe en el progreso; su par por ese lado del edificio es la confianza en el futuro. Al cabo de ese tiempo el destilado filosófico ha penetrado en toda la ciudadanía y aquello que se percibe como contrario al progreso se responde con la indignación natural que produciría contravenir las leyes de la gravedad u otras de ese tenor.

Pero para estas horas está muy desacreditada ya la idea de que el progreso material nos conduzca inevitablemente a la felicidad. Seguimos creyendo en ello, pero vemos la devastación ecológica, el despilfarro y la voracidad contra la naturaleza, o la emulación desarrollista de mil y pico millones de chinos, y nos convencemos del agnosticismo de la postmodernidad. El progreso material puede que no lleve necesariamente a la felicidad. Pero, en la otra parte de la cuestión, la que aquí interesa, ¿camina la Historia siempre hacia delante? Pues tampoco.

Ni la Historia se repite ni tampoco tiene un fin ni un vector que la lleve siempre a acumular bondades. Un estudio cabal de la historia de la humanidad nos da cuenta de que a procesos de bienestar y justicia han seguido otros de perversidad y oscurantismo


La sabiduría popular es también en eso crédula, más religiosa que racional. Ni la Historia se repite ni tampoco tiene un fin ni un vector que la lleve siempre a acumular bondades. Un estudio cabal de la historia de la humanidad nos da cuenta de que a procesos de bienestar y justicia han seguido otros de perversidad y oscurantismo. La historia de cualquier país o región o la de un simple siglo pueden dar fe de ello. El brutal siglo XX que hemos dejado atrás hace muy poco ilustra a un tiempo sobre todas las posibilidades del género humano: la más extrema generosidad y su mayor aberración y crimen. Las posibilidades y amenazas del desarrollo tecnológico y científico son parejas a las que se han sucedido y suceden en el terreno social: después de Auschwitz todos somos inevitablemente incrédulos del progreso también en ese aspecto de la organización y la naturaleza humanas.

En realidad, superados los tiempos antiguos de la providencia divina sería estúpido sustituirla por una providencia laica en términos de progreso histórico. Se ha hecho así por parte de todas las corrientes filosóficas y todas las culturas políticas, pero sabemos que es falso... aunque nos aferremos a la idea sentimental como niños conocedores de la auténtica personalidad de los Reyes Magos. La Historia no va más que para el sitio hacia el que le empujan quienes lo hacen con más fuerza y éxito. Es dinámica, no lineal ni unidireccional, avanza y retrocede en sentidos diferentes y novedosos, muchas veces impensados: es el resultado de las presiones contradictorias entre grupos y tendencias, conscientes o no, que pugnan por sacar adelante su empeño.

El infierno en que vivimos en estos últimos años tiene padres responsables en la medida en que constituye un paraíso de oportunidades para ellos y, sobre todo, es producto de sus desvelos. Tengo claro que los más tenemos la razón –aunque solo sea porque sufrimos, mientras ellos disfrutan con ello-, pero su inmoral ventaja y beneficio se soportan sobre un discurso que, en la universal condición que avala la idea de progreso, se ha presentado en el mercado ideológico también como favorable al género humano. Ése es el problema del progreso, que no es inapelable ni distinguible a simple vista, que no se resuelve en términos de moral sino de elección, fuerza y eficacia. Otras barbaries mayores que la que nosotros penamos se presentaron como propuestas para avanzar, y fueron respaldadas consciente o inconscientemente por otros humanos. Nadie en nuestra cultura relativista puede acreditar o decir que tiene el conocimiento de qué es lo que auténticamente nos conviene. Los siglos de la ortodoxia y de la seguridad religiosa o política pasaron.

El neoliberalismo que hoy nos conduce empezó a postularse sin mucho éxito a principios de los años setenta del pasado siglo, aunque se rumiaba de antes (Hayek y su Sociedad Mont Pelerin, en 1947; luego Milton Friedman). Le costó escalar peldaños en un mundo todavía regido por la lógica expansiva, desarrollista y social del keynesianismo que nos había salvado en 1929 y 1945, pero la llamada “revolución conservadora” –otro formidable retruécano- (Reagan y Thatcher) colocó en los ochenta sus temas y argumentos en la agenda política mundial y en las decisiones de los principales centros de poder. A partir de ahí todo fueron “programas de ajuste estructural”, de los que tanto sabemos hoy; primero en el Sur, ahora aquí. La habíamos jodido.

Años de bienestar, “el cuarto de siglo dorado” después de la Segunda Guerra Mundial, con electrodomésticos en todas las casas y universalización de la sanidad y de las pensiones, se veían sucedidos en la historia por un gobierno de la codicia como no recordábamos. Ni se repite ni va adelante el devenir histórico. Solo va. La modernidad, en realidad, se soporta en el pedestal único de la mayoría de edad del ser humano, cuando éste ya no tiene que creer en dioses que le guíen en su existencia. Ello provoca innumerables desazones que es preciso amortiguar con creencias laicas, como esa del progreso y de la historia siempre hacia adelante. Pero no es así. Estamos purgando por no haber sabido ver su codicia detrás de unos instantes de falsa abundancia. En ello hay algo de pecado y de penitencia. No nos quitamos de encima la religión. Está visto.

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