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Un homenaje a los leales

Los leales tienen la dura tarea de mantenerse fieles a su partido incluso en los momentos más adversos. Sin embargo, este colectivo ofrece una inestimable labor a nuestro sistema. Este artículo es un homenaje a ellos

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En los últimos meses, todas las encuestas coinciden en señalar el importante desgaste del bipartidismo en nuestro país. Si bien es cierto que existe una desafección generalizada de los ciudadanos hacia las élites políticas, son el PP y el PSOE quienes más están sufriendo el descontento del electorado. No es casualidad. A ambas formaciones les ha tocado gobernar en época de crisis y las políticas llevadas a cabo han desatendido (sea por fuerza mayor o no) muchas de las  preferencias y aspiraciones de los ciudadanos.

Seguramente a ningún lector le sorprenda que muchos ciudadanos estén dando la espalda a un Gobierno que incumple punto por punto el programa electoral con el que se presentó a las elecciones. Tampoco parece asombroso que su principal rival no consiga levantar cabeza habida cuenta de que los ciudadanos aún no perciben que el PSOE haya pasado página a sus fantasmas del pasado. En ambos casos, parece operar la lógica democrática de rendición de cuentas: los votantes renuevan la confianza en los buenos políticos y dejan de votarles cuando creen que lo han hecho mal.

No obstante, en estas líneas me gustaría hablar de los protagonistas olvidados de esta historia: los leales. Los leales son aquellos que mantienen su confianza en un determinado partido tanto en los momentos buenos como en los malos. En este sentido, en los leales existe cierta épica de western: ante una situación adversa, deciden quedarse solos ante el peligro mientras van viendo deserciones a su alrededor. Así, sus acciones están al margen de la lógica de rendición de cuentas: se mantienen con el partido, para bien o para mal.

Los leales no gozan de buena prensa. Y es que mantenerse fiel a un partido o Gobierno cuya gestión es difícilmente defendible, incluso por los mismos leales, es ciertamente una tarea poco gratificante. No cabe duda de que en momentos adversos es mucho más sencillo (e incluso coherente) expresar el descontento votando a otra opción política. Pero, con todo, los leales son unos personajes que merecen un reconocimiento. Y eso es así porque, tras su determinación a mantenerse incondicionalmente a su partido, están ofreciendo una inestimable labor a nuestro sistema. Déjenme que me explique.

Contaba el economista Albert Hirschman que cuando la calidad del producto que ofrece una organización (sea una empresa o un partido político) se deteriora, los ciudadanos se enfrentan esencialmente a dos alternativas: la salida (comprar el producto de la competencia o votar a otro partido) o la voz (seguir comprando el producto o votando al partido mientras se traslada su queja a la organización).

Ambas opciones (salida y voz) pueden ser mecanismos eficaces que ayuden a la organización a recuperar la calidad perdida. Por un lado, si la empresa o partidos pierden clientes o votos, la organización reaccionará para intentar recuperar la cuota de mercado perdida. Por el otro, las quejas de los clientes o votantes pueden ser una fuente inestimable de información para los dirigentes de cara a detectar los puntos débiles de su organización y corregirlos.

Tradicionalmente los economistas han estado obsesionados con las bondades del mecanismo de la salida. En competencia perfecta cuando un producto se deteriora, los consumidores no tienen más que cambiar y pasarse a la competencia. Según los economistas, la destrucción de las empresas menos eficientes es buena para el progreso general de la economía. Dicho de otro modo, la “destrucción creativa” (en términos shumpeterianos) representaría el verdadero motor del capitalismo.

No obstante, Hirschman acertó al observar lo ineficiente que puede llegar a resultar que una empresa acabe siendo expulsada del mercado por cometer un error que puede ser corregido. ¿Realmente es tan eficiente la destrucción de una empresa (con los costes económicos y sociales que esto implica) por una mala decisión o un simple bache en una exitosa trayectoria? ¿No habrá otros mecanismos para ofrecer segundas oportunidades?

En política esta observación es muy pertinente. Imaginen que todos los votantes dieran la espalda a un partido cada vez que (sea por el motivo que sea) no fuera capaz de ofrecer una buena gestión de Gobierno. Nos encontraríamos con un sistema de partidos altamente inestable en el que continuamente aparecerían y desaparecerían partidos.

Las consecuencias serían muy adversas para la rendición de cuentas. Los partidos conscientes de que sus organizaciones están condenadas a desaparecer a corto (a lo sumo, medio) plazo no tendrían incentivos para mantener la reputación del partido. Este escenario representaría terreno abonado para dirigentes con afán de lucrarse. Si creen que ahora hay mucha corrupción en España, imaginen los incentivos que ofrecería un sistema con partidos débiles y altamente inestables.

Y aquí es donde entran en escena los héroes de este relato: los leales. Este colectivo es el garante de la estabilidad del sistema: permite a los partidos sobrevivir en sus momentos malos, corregir sus defectos y presentarse con fuerzas renovadas. En realidad, para que el sistema funcione correctamente, debe haber un equilibrio entre dos colectivos: (1) Los votantes “flotantes”, dispuestos a castigar a los partidos y cambiar de voto cuando éstos son incompetentes y (2) Los votantes “leales”, que renuncian a dejar de votar al partido y se conforman con simplemente quejarse para mostrar su descontento.

Los primeros son imprescindibles para dar incentivos a los dirigentes políticos a comportarse correctamente y atender las demandas ciudadanas si quieren ganar elecciones. Los segundos son los responsables de garantizar la estabilidad del sistema y los que permiten que el partido tenga cierto margen para corregir sus errores cuando se equivoca y vuelva a recuperar su calidad.

Existe un buen ejemplo reciente de éxito, en la política catalana, de la combinación entre votantes flotantes y leales: el declive y ascenso de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC). Tras su paso por el tripartit, ERC perdió nada menos que la mitad de sus apoyos electorales. Tal revés electoral fue un poderoso estímulo para renovar por completo el partido y, gracias a ello, poder convertirse en la primera fuerza en intención de voto según las encuestas. Pero ERC pudo corregir sus errores porque muchos votantes que no aprobaban la gestión del tripartit se mantuvieron leales y siguieron votándoles. Sin ellos, ERC hubiese caído en la marginalidad política y su recuperación hubiese sido mucho más difícil. Así, el éxito de ERC en los últimos años se debe a este equilibrio entre votantes flotantes y leales.

El Partido Socialista debería aprender algo de la experiencia de ERC. Hace años que los votantes socialistas leales están ofreciendo al PSOE una valiosísima oportunidad para corregir sus errores, renovar sus caras y presentarse con un nuevo proyecto. Deberían aprovecharlo. La paciencia de los leales no es infinita.

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