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INTERNACIONAL

Análisis

El neoliberalismo transformó el mundo en un gran negocio y Trump y Silicon Valley son los dos grandes ganadores

El discurso del miedo de Trump y el optimismo de Silicon Valley parecen representar ideas opuestas pero tienen más en común de lo que a simple vista se pueda pensar

A Trump lo han votado 62 millones de ciudadanos porque durante toda su vida han interiorizado los dogmas del absolutismo capitalista

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EFE

Los líderes de Silicon Valley se han reunido con Donald Trump. Larry Page, Tim Cook, Elon Musk y Sheryl Sandberg han asistido a la reunión. Si bien no ha trascendido de qué han hablado, es probable que en el ambiente se respirara tensión, ya que todos los directivos de empresas tecnológicas  apoyaron la candidatura de Hillary Clinton y alertaron del peligro de una posible victoria de Trump. Por su parte, el candidato republicano criticó abiertamente a las empresas de Silicon Valley durante la campaña y se ensañó con un sector que  fabrica componentes en otros países y que “importa” ingenieros extranjeros.

Sin embargo, el sector tecnológico no tiene motivos para temer a Trump. Si el equipo que ha formado Trump sirve para hacernos una idea de lo que piensa, todo parece indicar que el presidente electo defiende el libre mercado con uñas y dientes, y es partidario de recortar los impuestos y acabar con todas aquellas leyes que limiten la libertad de las empresas.

El hecho de que Trump haya llamado a ex generales partidarios de la línea dura para ocupar altos cargos en su gabinete también parece indicar que tiene la intención de intensificar el estado de vigilancia heredado de Obama. Esto es una excelente noticia para empresas como Palantir, que vende herramientas para recabar datos analíticos a la CIA, la Agencia de Seguridad Nacional y otras agencias. Uno de los fundadores de Palantir es Peter Thiel, un multimillonario que  optó por distanciarse de sus colegas en Silicon Valley para unirse a las filas de Trump. Ahora forma parte del equipo de transición y es el encargado de formar un círculo selecto de empresas tecnológicas que serán las aliadas del presidente. Con toda probabilidad él y sus amigos ganarán mucho dinero.

Y eso solo representa una parte pequeña del pastel. Si Trump quisiera aumentar la represión y la vigilancia a nivel nacional, Silicon Valley todavía tendría más oportunidades de negocio. Por ejemplo, para crear un registro de todos los musulmanes que viven en Estados Unidos se necesita una infraestructura y unos conocimientos técnicos. Cuando The Intercept preguntó a nueve grandes compañías tecnológicas si participarían en la creación de este registro, solo Twitter se negó. Todo parece indicar que cada vez son menos los que se indignan ante este tipo de propuestas.

La relación entre Trump y el sector tecnológico es extremadamente compatible por otro motivo mucho menos evidente. Es compatible no solo porque los responsables de estas empresas se enriquecerán con Trump. Es compatible porque  Silicon Valley encarna la visión extrema del mundo que Trump defiende.

Esta visión puede resumirse en una sola palabra: neoliberalismo. Esto se traduce en un programa económico, un proyecto político y en una fase del capitalismo que empezó en los años setenta. La esencia del neoliberalismo descansa en la noción de que cualquier situación debe ser gestionada como si fuera un negocio; las metáforas, las métricas y las prácticas empresariales son aplicables a cualquier ámbito de nuestra vida.

Silicon Valley ha difundido la buena nueva de la fe neoliberal como nadie. Los emprendedores de este sector se pasan el día buscando nuevas vías para que nuestro día a día se ajuste a la lógica empresarial. Hace veinte años nadie pensaba que mantener el contacto con los amigos podía valorarse en términos económicos. Ahora, tejer una red de amigos y conservarla es la base sobre la que levantar una empresa valorada en 350.000 millones de dólares.

Nuestros álbumes de fotos, con quien nos gustaría salir, si nos gusta ver películas porno y los pensamientos más banales o variopintos que podamos tener se han convertido en una fuente de beneficio económico y en una oportunidad para obtener ingresos publicitarios. Silicon Valley nos anima para que valoremos nuestro capital humano y hagamos todo lo que esté en nuestras manos para hacer que aumente de valor; creemos el mejor perfil, nos mantengamos activos en redes, intentemos tener más seguidores y consigamos que más personas digan que “les gusta” lo que colgamos.

Tu vida privada es un negocio

Silicon Valley ha convertido nuestras vidas privadas en un negocio y Trump quiere hacer lo mismo con el Gobierno. Al igual que todas las otras ideas que ha tenido Trump, esta tampoco es nueva. Durante décadas, los políticos neoliberales de ambos partidos han promovido la noción de que el Gobierno no solo debe cooperar con los negocios sino que debe operar como uno de ellos. Son partidarios de la privatización de los servicios públicos o, como mínimo, de aplicar los mismos parámetros de “eficiencia” del sector privado. Han defendido la noción de que los negocios son la manifestación más elevada del esfuerzo humano y que el Estado debe empoderarlos e imitarlos.

En los últimos cuarenta años, estas ideas neoliberales han ido ganando fuerza y en la actualidad son compartidas por la gran mayoría de políticos. Sin embargo, ninguno de ellos ha llegado tan lejos como Trump.

Trump tiene una formula básica que consiste en transformar los sentimientos políticos en nociones tan simples e intensas como sea posible. Mientras que otros políticos intentarían transmitir algunas ideas con un guiño y un suspiro, él grita a todo pulmón. Convierte lo implícito en explícito, la palabra pequeña, en un comunicado.

El racismo, la misoginia, la islamofobia ya formaban parte del discurso político de Estados Unidos antes de que Trump entrara en escena. Sin embargo, él consiguió introducirlos en su discurso con una agresividad jamás vista en una campaña convencional. La noción neoliberal de que el Gobierno debería operar como una empresa también está muy extendida entre la clase política, pero ha sido Trump quien la ha llevado al extremo; de hecho, su defensa a ultranza de la lógica neoliberal parece una parodia.

Trump levantó su campaña en torno a la idea de que estaba cualificado para ser presidente porque había tenido éxito en los negocios. Prometió recuperar la grandeza de Estados Unidos y gobernar con la disciplina y el dinamismo de un hombre de negocios. Es cierto que en ocasiones denunció la actitud depredadora de las grandes empresas del país y pronunció discursos populistas contra el libre comercio, la contratación de empresas y trabajadores extranjeros y las prácticas de Wall Street que socavan los intereses de la clase trabajadora.

Sin embargo, ahora propone acabar con los pecados de los hombres de negocios... con más negocios: quiere utilizar su capacidad negociadora para cerrar acuerdos con los directores generales de las empresas y con los líderes extranjeros y conseguir mejores condiciones para los trabajadores estadounidenses.

Materializando su discurso

Desde su victoria electoral, Trump ha empezado a materializar su discurso. Nunca antes el Gobierno se había parecido tanto a una empresa. Nunca antes un equipo presidencial había estado integrado por personas tan ricas. El nuevo secretario de Trabajo es un exdirectivo de una cadena de comida rápida. El nuevo secretario del Tesoro es un multimillonario que había trabajado en Goldman Sachs. El nuevo secretario de Estado era hasta ahora el director general de ExxonMobil. Él también espera beneficiarse de su paso por la Casa Blanca y ya ha anunciado que no piensa desvincularse de su entramado empresarial. Trump no considera que la Casa Blanca deba funcionar como un negocio. Para él, la Casa Blanca es un negocio.

Muchos políticos se han apresurado a criticar estas medidas y han afirmado que Trump no es un político al uso sino que va por libre, y que una conspiración de Rusia ha propiciado su victoria. Sin embargo, lo cierto es que Trump es la quintaescencia de Estados Unidos. Sus ideas políticas no proceden del extranjero; simplemente ha interiorizado la lógica de la sociedad estadounidense y la ha llevado al extremo.

A este multimillonario que era conocido por interpretar el papel de hombre de negocios en un reality de televisión lo han votado 62 millones de ciudadanos porque durante toda su vida han interiorizado los dogmas del absolutismo capitalista. Aunque durante la campaña se haya presentado como un candidato que no pertenece a la casta política, lo cierto es que los valores que representa son los dominantes.

Aunque Trump es la encarnación de las ideas neoliberales, su victoria también es un reflejo contra las políticas neoliberales. El capitalismo salvaje que ha propiciado el neoliberalismo nos ha llevado a una desigualdad creciente, a la congelación salarial, a una disminución de la esperanza de vida y a un  sistema político postdemocrático que es, en mayor o menor medida, manifiestamente oligárquico. Todo esto ha indignado a los ciudadanos. Trump ha utilizado esta indignación para ganar las elecciones.

Lo más irónico es que Trump no hará más que empeorar esta situación. Su receta para curar la catástrofe social provocada por el neoliberalismo es dar mayores dosis de neoliberalismo. Trump es como el típico médico chiflado que, tras un tratamiento que estuvo a punto de costarle la vida a un paciente, decide aumentar la dosis para ver si funciona.

Nuestra supervivencia depende de la lucha política que se avecina. No solo en la calle y en el gobierno sino también en el plano ideológico. Crear una plataforma no será suficiente para terminar con el neoliberalismo; se necesita crear un nuevo sentido común. La esencia de esta nueva forma de pensar debe ser el convencimiento de que la democracia permite organizar una sociedad mejor que los mercados; la creencia de que algunas cosas no tienen precio y no están a la venta.

Traducido por Emma Reverter

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