Trump devuelve la bandera de España a la izquierda
Tras varias décadas de democracia moderna y avanzada, ha tenido que venir un presidente de los Estados Unidos a entregar a la izquierda la posibilidad de quitarse de encima el último de sus complejos y arrebatarle a la derecha y a la extrema derecha el monopolio de la bandera de España. Se acabó esperar a los éxitos de las selecciones deportivas. Se acabó que solo la ondeen quienes gritan “A por ellos, oe” o “Que te vote Txapote”. Se acabó la caspa y el olor a rancio rojo y gualda. A la extrema derecha ya solo le queda el monopolio de la bandera preconstitucional.
La enseña constitucional ya no tiene dueño. Una persona de izquierdas hoy puede, si quiere, apuntarse a un patriotismo cívico, plural, irrenunciablemente democrático, respetuoso, empático y comprometido con los valores de paz e igualdad soberana que representa la legalidad internacional y hacerlo frente a una amenaza directa contra todos esos principios. Eso es lo que representan hoy España, su gobierno y esa bandera.
Repasemos los cargos presentados por Donald Trump contra España: respetar demasiado la legalidad internacional, reclamar la paz y exigir que se cumpla lo pactado en los tratados bilaterales sobre las bases en suelo español; o sea, la posición que ha promovido Europa durante los últimos cuarenta años. El castigo, anunciado al modo de los antiguos emperadores romanos, va desde el pasar olímpicamente de nosotros porque no nos necesitan para nada, a un embargo técnica y legalmente imposible dado que la relación comercial se produce con la Unión Europea. Dignidad o comercio, elijan. Sepan que no somos los únicos, solo los primeros; los británicos y su primer ministro ya han sido advertidos.
Lo recordaba el presidente Sánchez en su contenida alocución matutina a la nación, a la cual debe seguir de inmediato la oportuna comparecencia parlamentaria. Es la tercera vez que USA nos arrastra a Oriente Medio en nombre de la libertad, pero guiado por su cartera. Ya sabemos cómo acabaron las otras dos. Nada indica que esta vaya a rematar mejor y no en una guerra larga, dolorosa e inútil. No sé si España se sitúa en el lado correcto de la historia, pero, desde luego, parece haber elegido el lado más sensato.
Este regalo de la bandera de España a la izquierda jamás habría sido posible sin la inestimable colaboración del Partido Popular y Vox, convertidos hoy en satélites del movimiento MAGA y encantados de instalarse en la estrategia de “America first y luego ya, si tal, y si sobra algo, España”. Alberto Núñez Feijóo se ha refugiado en la estratagema de culpar a Sánchez por las amenazas de Trump, acreditando que su patriotismo dura lo que tarda en cabrearse el presidente norteamericano. Santiago Abascal se ha lanzado directamente a encarnar al secuaz que chapurrea en el inglés del señor. Entre el amor a la España que tanto proclaman querer y el odio a Pedro Sánchez, les puede lo último.
No deja de resultar paradójico contemplar a tanta gente que ayer lloraba por la legalidad internacional acusar al gobierno español de no preservar la relación con el socio norteamericano y exponerse a las represalias de la administración Trump. No se puede estar con la legalidad internacional y con Trump a la vez. Hay que elegir y los principios de igualdad soberana, la prohibición de la fuerza, la buena fe, la no intervención y la solución pacífica de controversias no se defiende solos por arte de magia. Alguien tiene que hacerlo.
Canadá fue la primera democracia occidental amenazada por Donald Trump. Faltaban semanas para las elecciones y el candidato conservador, Pierre Poilievre, sacaba ventajas de más diez puntos al sucesor liberal, Mark Carney. Todos los observadores daban por hecho el cambio de gobierno. El líder conservador se instaló en la equidistancia de protestar por el acoso de Trump, pero culpar de habérselo buscado al saliente Justin Trudeau. Carney apeló a la fortaleza de la identidad nacional. Acabó ganado las elecciones con una ventaja de dos puntos y gobierna con una cómoda mayoría. Se llama patriotismo cívico.
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