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ANÁLISIS

Neoliberalismo y la ventana de Overton: por qué defender lo público te convierte ahora en un radical

Un tramo del muro de Berlín en el que se aprecia uno de las partes derribadas en 1989.
14 de marzo de 2026 22:36 h

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Tras la desaparición de la Unión Soviética, la política y el debate público en buena parte de las democracias occidentales ha experimentado un desplazamiento sostenido hacia la derecha y, más recientemente, en la última década, hacia la extrema derecha. No se trata solo de un giro electoral, sino de algo más profundo: una reconfiguración del marco de lo decible, lo pensable y lo políticamente viable.

La ventana de Overton —ese espacio simbólico que delimita qué propuestas son consideradas aceptables en un momento histórico— se ha escorado de tal manera que medidas que hace no tanto formaban parte del repertorio normal de la política democrática hoy aparecen como radicales, ingenuas o directamente inviables.

Este fenómeno no puede explicarse únicamente por el ascenso de partidos conservadores y de extrema derecha. Su raíz es estructural y cultural. Durante décadas, el capitalismo y el neoliberalismo han operado como sentido común dominante, naturalizando determinadas premisas: la primacía del mercado, la desconfianza hacia lo público, la reducción de derechos sociales a costes presupuestarios, la normalización de la desigualdad, o la conversión de problemas políticos en supuestas inevitabilidades técnicas. Cuando un marco así se consolida, no necesita imponerse por la fuerza: opera por exclusión, desplazando fuera del campo de lo razonable cualquier alternativa que lo cuestione.

La ideología neoliberal se ha convertido así como el agua para el pez. De la misma forma que un pez, en una fábula animada, no se percataría de vivir inmerso en un ambiente diferente al resto de las especies, los seres humanos tampoco solemos caer en la cuenta de que vivimos sumergidos en el modelo capitalista del que somos parte y en el que nos hemos ido socializando y que ha ido construyendo nuestra forma de pensar y comprender la realidad que nos rodea.

Es como la parábola de la rana hervida: si ponemos una rana en una olla de agua hirviendo, inmediatamente saltará de la olla intentando salir. Pero si ponemos la rana en agua a temperatura ambiente, y no la asustamos, se queda tranquila. Cuando la temperatura se eleva de 21 a 26 grados, la rana no hace nada, e incluso parece pasarlo bien. A medida que la temperatura aumenta, la rana está cada vez más aturdida, y finalmente no está en condiciones de salir de la olla. Aunque nada se lo impide, la rana se queda allí y termina cocinándose.

El rango de ideas socialmente aceptables

La ventana de Overton, término formulado por Joseph P. Overton, analista del think tank estadounidense Mackinac Center for Public Policy, en la década de 1990, es un concepto de teoría política que describe el rango de ideas consideradas socialmente aceptables en el debate público en un momento determinado. Las propuestas que se sitúan dentro de esa “ventana” pueden ser defendidas por responsables políticos sin que su carrera resulte dañada; las que quedan fuera son vistas como radicales, impensables o inaceptables.

Esta ventana ordena las ideas según su grado de legitimidad pública: de “impensable” progresivamente pasará a ser “radical”, de ahí a convertirse en “aceptable”, para, a continuación, pasar a considerarse como “sensata”, para avanzar hasta llegar a ser “popular” y finalmente a “integrarse” y legislarse en la política pública vigente. El cambio puede ser gradual o acelerado mediante crisis, marcos discursivos estratégicos o “normalización” mediática. 

Propuestas que, en un momento, se consideraban extremas pueden volverse debatibles, si se presentan comparativamente frente a opciones aún más radicales. O bien, propuestas que estaban asumidas y formaban parte del acervo común, acaban considerándose impensables, implanteables en un contexto social cuyo marco epistemológico, social, cultural y político se ha desplazado de tal forma que las ha marginado u olvidado.

Aunque no es una teoría formal con validación empírica robusta, pues no deja de simplificar la complejidad de la opinión pública, sirve como modelo heurístico en ciencias sociales y estudios del discurso para analizar procesos de normalización de ideologías neofascistas, capitalistas y neoliberales en la sociedad.

Se ha convertido así una ideología, la neoliberal, en una teología, lo cual refuerza la inculcación al racionalizarla, al convertirla en un conjunto sistemático de mantras, de frases hechas, repetidas insistentemente hasta configurarla como la única realidad plausible. A través de los medios de comunicación, que destacan idénticas informaciones y ocultan otras; mediante los discursos políticos y publicitarios reiterados, las normas y costumbres en que nos socializamos y que nos presionan a asimilar un determinado modelo de consumo, de expectativas, deseos y esperanzas; a través de los contenidos y las enseñanzas que se nos transmiten en la educación formal, desde infantil a la universidad, para enseñarnos a competir, “emprender” o asumir el mercado como forma de relación entre las personas; a través de las redes sociales, los videojuegos y las películas made in Hollywood y Netflix, que muestran una visión muy concreta de quiénes son los héroes y los villanos, dónde está el bien y dónde el mal, quiénes son los “nuestros” y cuáles son los enemigos.

Propuestas que hasta hace poco eran defendidas por partidos socialdemócratas, verdes o incluso conservadores moderados —como el fortalecimiento de los servicios públicos— hoy son presentadas como irrealistas, populistas o económicamente suicidas

Todo nuestro entorno social y educativo contribuye a crear, mantener, justificar y sostener este pensamiento único. Un pensamiento, una visión que ya no necesita ni siquiera justificación o argumentación para su defensa. Los disidentes, los “divergentes”, no dejan de ser minorías periféricas, consideradas exaltadas, incluso denominadas radicales antisistema, pero que el sistema es capaz de integrar en su seno como “contestación”, mientras no afecte, por supuesto, a los núcleos centrales del modelo.

El resultado es revelador. Propuestas que hasta hace poco eran defendidas por partidos socialdemócratas, verdes o incluso conservadores moderados —como el fortalecimiento de los servicios públicos, la propiedad pública de sectores estratégicos, la fiscalidad progresiva ambiciosa, la desmilitarización progresiva del mundo, la reducción del tiempo de trabajo o la desmercantilización de derechos básicos y los bienes comunes como la educación, la sanidad, etc.— hoy son presentadas como irrealistas, populistas o económicamente suicidas. No porque hayan perdido coherencia o respaldo empírico, sino porque el marco de interpretación se ha desplazado.

Un ejemplo claro es el del Estado social. Tras la crisis financiera de 2008, y de nuevo durante la pandemia, se asumió de forma relativamente transversal que la intervención pública era indispensable para sostener la cohesión social y la propia economía. Sin embargo, ese consenso fue efímero. En cuanto la urgencia disminuyó, el discurso dominante regresó con fuerza: austeridad, disciplina fiscal, contención del gasto. Hoy, plantear una expansión sostenida del gasto público en sanidad, educación o cuidados vuelve a ser tachado de irresponsable, incluso cuando los indicadores sociales muestran deterioro y desigualdad crecientes. Lo que ha cambiado no son los datos, sino el umbral de legitimidad del debate.

El desplazamiento del marco convierte una discusión legítima en una quimera, no por falta de argumentos, sino porque el imaginario económico aceptable se ha estrechado

Algo similar ocurre en el ámbito laboral. Hace apenas unos años, la reducción de la jornada laboral sin merma salarial o la participación de los trabajadores y trabajadoras en la gestión y beneficios de la empresa, eran propuestas discutidas en foros sindicales, académicos y parlamentarios, apoyada por investigación y experimentos piloto. Hoy, en muchos contextos, vuelve a ser presentada como una amenaza a la competitividad, pese a que la digitalización permitiría avanzar en esa dirección. El desplazamiento del marco convierte una discusión legítima en una quimera, no por falta de argumentos, sino porque el imaginario económico aceptable se ha estrechado.

Este corrimiento hacia la derecha no es neutro ni espontáneo. Ha sido activamente impulsado por aparatos mediáticos, think tanks, lobbies empresariales y actores políticos que han logrado fijar los términos del debate. Conceptos como “libertad”, “eficiencia” o “modernización” han sido resignificados para funcionar casi exclusivamente en clave de desregulación, privatización y reducción de lo público. En paralelo, nociones como “igualdad”, “redistribución” o “derechos sociales” han sido asociadas a gasto excesivo, rigidez o dependencia. Así, la ventana no solo se mueve: se inclina, favoreciendo sistemáticamente unas posiciones frente a otras.

La consecuencia más preocupante es que este desplazamiento limita la imaginación política. Cuando determinadas propuestas se expulsan del debate, incluso fuerzas que podrían defenderlas optan por la autocontención. Se produce entonces un efecto de retroalimentación: los partidos moderan sus programas para no parecer “extremos”, esa moderación refuerza la idea de que no hay alternativas, y esa supuesta ausencia de alternativas justifica nuevas renuncias. La derecha extrema y la extrema derecha no necesitan ganar las elecciones para ganar la batalla cultural del marco ideológico; le basta con definir los límites de lo posible.

En este contexto, la emergencia de la extrema derecha cumple una función esencial en esta guerra cognitiva, en la disputa por el marco y el relato. Sus posiciones abiertamente reaccionarias actúan como ancla desplazadora: frente a ellas, propuestas conservadoras duras aparecen como razonables, y posiciones socialdemócratas clásicas pasan a ser etiquetadas como “izquierda radical”. El debate se reordena, no en torno a soluciones a los problemas sociales, sino en torno a un eje identitario y punitivo que desplaza la atención de las causas estructurales de la desigualdad. De nuevo, la ventana se mueve, pero siempre en la misma dirección. Y vemos así como partidos conservadores, socialdemócratas, ecologistas e incluso de izquierda acaban compitiendo en Europa por ver quién propone medidas más duras de exclusión y expulsión de migrantes incluso a países donde nunca han estado, a lugares con los que no tienen ningún vínculo.

No obstante, este proceso no es irreversible. La historia muestra que los marcos hegemónicos pueden resquebrajarse cuando las contradicciones se acumulan y cuando actores sociales y políticos logran articular relatos alternativos consistentes. La clave no está solo en proponer medidas concretas y “radicales”, que también obliguen a repensar lo impensable, sino también en reconstruir el marco desde el que se evalúan. Lo que hoy parece inviable puede volver a ser pensable si se cuestionan las premisas que lo hacen aparecer como tal.

Desplazar la ventana de Overton hacia los derechos humanos y el bien común exige en definitiva disputar el sentido común en esta batalla pedagógica por el marco cultural e ideológico. Implica recordar que muchas de las conquistas sociales fueron, en su momento, tachadas de utópicas o peligrosas. Implica también asumir que la moderación permanente en un contexto de marco escorado a la ultraderecha no conduce al centro, sino a una derechización progresiva del propio centro. Cuando el terreno de juego está inclinado, avanzar hacia la igualdad no es radicalidad: es, sencillamente, un intento de recuperar equilibrio democrático. Debemos afrontar de forma radical esta batalla cultural y política que se está librando en el nivel más profundo: el de los límites de lo imaginable. 

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