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Olga Rodríguez: “En España ha habido varias generaciones que han sabido mucho más del nazismo que del franquismo”

Olga Rodríguez, en el congreso celebrado en el complejo San Francisco de Cáceres
8 de noviembre de 2026 10:49 h

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El silencio sobre los crímenes del franquismo, la falta de justicia para sus víctimas y la ausencia de una cultura de reparación han contribuido a crear un terreno favorable para la expansión de las narrativas neofranquistas. Así lo defendió este fin de semana la periodista Olga Rodríguez durante el congreso nacional de la Fundación CIVES, celebrado en Extremadura bajo el título Memoria y futuro de la democracia.

“En España ha habido varias generaciones que han sabido mucho más del nazismo que del franquismo”, afirmó la periodista, especializada en información internacional, Oriente Medio y derechos humanos.

Rodríguez aseguró que el franquismo dejó una cultura de la impunidad que no desapareció con la llegada de la democracia. “La cultura de la impunidad es también el mensaje de que de eso mejor no hablar”, resumió. Según explicó, el esfuerzo de adoctrinamiento y represión desarrollado durante décadas por la dictadura no fue acompañado después por un proceso equivalente de reconocimiento y reparación. “Se inoculó el miedo casa por casa, pueblo por pueblo y escuela por escuela, pero después no se fue casa por casa, pueblo por pueblo y escuela por escuela diciendo que ya se podía hablar”, afirmó.

A partir de esa reflexión sobre el caso español, amplió el foco hacia un contexto internacional marcado por el auge de la extrema derecha, la normalización del odio y el debilitamiento de la cultura democrática. Según explicó, la aceptación creciente de respuestas militaristas como soluciones inevitables a los conflictos está favoreciendo la difusión de discursos que necesitan de la deshumanización para legitimarse.

“El odio aparece en todas las formas de conflicto”, señaló. Desde las guerras de alta intensidad hasta la represión, las políticas fronterizas o la violencia ejercida contra quienes son considerados diferentes. Entre ellos citó a las personas migrantes, extranjeras, pobres, las minorías o las mujeres.

A su juicio, una de las obligaciones de la memoria democrática consiste precisamente en preguntarse por qué se producen determinados fenómenos políticos y sociales y qué herramientas existen para evitar que se agraven.

Para ilustrar cómo opera esa cultura del silencio recurrió a una experiencia personal: la búsqueda de su bisabuelo en una fosa común de Villadangos del Páramo, en León, donde se calcula que permanecen los restos de más de setenta personas represaliadas por el franquismo, entre hombres y mujeres. Una realidad que, recordó, también permite visibilizar que las mujeres sufrieron igualmente la represión franquista, una dimensión durante mucho tiempo relegada a un segundo plano pese a que miles de ellas fueron asesinadas, encarceladas, humilladas o castigadas por la dictadura.

Rodríguez recordó que las familias tuvieron que afrontar la oposición del Ayuntamiento y una consulta organizada en 2022 para intentar impedir la exhumación. El proceso estuvo acompañado por insultos, campañas en contra, hostilidad e incluso escupitajos contra quienes acudían al pueblo para reclamar información y explicar el sentido de los trabajos.

Pese a ello, las familias optaron por responder con pedagogía. Regresaron una y otra vez para explicar qué buscaban y por qué era legítimo recuperar a sus desaparecidos. Rodríguez recordó que hubo vecinos que defendieron públicamente el derecho de las familias y cuestionaron la legalidad de aquella votación, aunque también existió una intensa campaña para intentar frenar la exhumación.

La repercusión mediática permitió finalmente que el proceso siguiera adelante. Sin embargo, la periodista destacó que el momento más importante llegó cuando aparecieron los primeros restos humanos.

“Cada vez que he estado ante una fosa ocurre lo mismo. Cuando aparecen los huesos también aparecen las palabras”, explicó.

Rodríguez relató el caso de Antonio, un vecino que durante más de ochenta años guardó silencio sobre lo que había presenciado siendo niño durante los primeros meses de la represión franquista. Durante décadas nunca contó a su familia cómo había visto llegar cadáveres a aquella fosa.

“Sus hijos y sus nietos no sabían nada. Nadie le había dicho que podía hablar de ello”, señaló.

Cuando comenzaron los trabajos de exhumación y aparecieron los primeros restos, Antonio encontró por primera vez un espacio para compartir aquellos recuerdos. “Sintió alivio y sintió reparación”, explicó Rodríguez.

"Cuando aparecen los huesos en las fosas también aparecen las palabras

Para la periodista, ese episodio resume buena parte del sentido de la memoria democrática. No se trata únicamente de recuperar restos humanos, sino también de recuperar historias, conocimientos y testimonios que permanecieron ocultos durante décadas. La exhumación, sostuvo, abre espacios de conversación que permiten romper silencios heredados durante generaciones y devolver dignidad tanto a las víctimas como a quienes convivieron durante años con el miedo.

La reportera conectó esta experiencia con su trayectoria profesional en distintos lugares del mundo. Nacida en León en 1975, pocas semanas después de la muerte de Franco, Olga Rodríguez está especializada en información internacional, Oriente Medio y derechos humanos. Ha desarrollado buena parte de su trayectoria profesional en la Cadena SER, Cuatro y CNN+, y es cofundadora de elDiario.es, medio en el que trabaja actualmente. A lo largo de su carrera ha cubierto conflictos y procesos políticos en lugares como Irak, Afganistán, Palestina, Siria y Egipto, además de Estados Unidos.

Autora de libros como El hombre mojado no teme la lluvia. Voces de Oriente Medio (2009) y Yo muero hoy. Las revueltas árabes (2012), ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Ortega y Gasset colectivo por la cobertura de la invasión de Irak, el Premio de Periodismo y Derechos Humanos de la Asociación Pro Derechos Humanos de España y el Premio Honoris Causa Pimentel Fonseca.

Toda esa experiencia le llevó a preguntarse por qué mecanismos habituales en otros países no habían tenido un desarrollo equivalente en España. Fue en foros vinculados al derecho internacional y a Naciones Unidas donde escuchó por primera vez una expresión que considera reveladora: la “anomalía española”.

Según explicó, España sigue siendo una excepción en Europa por no haber desarrollado plenamente procesos de verdad, justicia y reparación décadas después de la muerte del dictador. A su juicio, continúan faltando canales efectivos de escucha jurídica y acceso a la justicia para las víctimas de crímenes de lesa humanidad.

Esa situación, afirmó, facilita que prosperen los discursos que banalizan o relativizan la dictadura. “Cuando existe una base de impunidad y se ha repetido durante generaciones que es mejor no hablar, es más fácil que esas narrativas calen”, señaló.

La periodista dedicó también una parte importante de su intervención al papel de los medios de comunicación. Defendió que la educación democrática no depende únicamente de colegios, institutos y universidades, sino también de la información que consumen diariamente los ciudadanos.

En este sentido, criticó determinadas prácticas periodísticas basadas en una falsa equidistancia que sitúa al mismo nivel hechos contrastados y afirmaciones sin pruebas. Para explicarlo recurrió a un ejemplo vivido durante su cobertura informativa en Gaza. Recordó cómo algunos medios colocaban en el mismo plano la versión militar de un ataque y el testimonio de familiares de las víctimas.

“Los hechos son los hechos”, afirmó. A su juicio, confundir el contraste de fuentes con la equidistancia acaba desdibujando la realidad y dificulta la comprensión de los acontecimientos. Rodríguez vinculó esa manera de narrar la actualidad con la forma en que también se ha contado durante años la historia de España y los crímenes de la dictadura.

Alertó igualmente del auge de lo que definió como 'fascismo pop', una estrategia basada en utilizar la ironía, el humor y la provocación para difundir mensajes de odio y restar gravedad a planteamientos extremistas.

Citó como ejemplo el caso del blog neonazi estadounidense The Daily Stormer, cuya forma de comunicación ha sido estudiada como modelo para distintos movimientos ultras. Según explicó, muchas de esas estrategias han sido reproducidas posteriormente por narrativas neofascistas y neofranquistas: “Se banalizan cuestiones fundamentales, se deshumaniza a las víctimas y se presenta todo como una broma”, advirtió.

Por último, mostró su preocupación por la forma en que algunos sectores sociales y mediáticos presentan los conflictos armados como un espectáculo o un videojuego, despojándolos de sus consecuencias humanas. “La guerra es el horror. Rompe familias, fragmenta sociedades y deja heridas durante generaciones”, afirmó.

Frente a ese escenario, defendió la necesidad de reforzar la cultura democrática, la memoria y los derechos humanos. “No toca ahora el repliegue. Toca la defensa contundente y comprometida de los derechos y de las libertades”, concluyó, convencida de que siguen siendo las herramientas más eficaces para combatir la deshumanización, el odio y los discursos que amenazan la convivencia democrática.

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