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Sobre este blog

ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada y Grecia Mallorca). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/

Raíces de sangre difíciles de arrancar

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María Rosa Aránega

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Mientras escribo esto, las cooperativas de aceite de Andalucía están trabajando a toda máquina. Quedan pocas aceitunas resistiendo en las ramas de los olivos. Miles de familias como la mía esperamos recibir el aceite con la paciencia de siempre. En unas semanas, mis padres y yo podremos recoger el fruto de apenas nueve olivos. Nueve olivos que, aunque no sean nuestros – nos los cede un vecino – y son pocos, nos proveen de aceite casi todo el año. A 15 minutos de mi pueblo se encuentra la almazara donde lo están procesando. Está en Benamaurel, cuyo nombre proviene del árabe Aben Moriel, que se traduce como “Descendientes de Moriel”. No he encontrado información concreta sobre quién es Moriel. ¿Quién es Moriel? ¿Cómo puede un pueblo nombrarse inconscientemente como descendiente de alguien y, sin embargo, no tener acceso a la historia que le da sentido?

Uno de los logros del proceso colonizador es que, con el paso del tiempo, violencia y transferencia del miedo, la “civilización anterior” quede transformada en algo ajeno, en una otredad lejana que sólo acaba resultando cómoda en el imaginario romántico y turístico, pero nunca en la memoria activa. Pienso en El Paraíso es de los extraños, un proyecto del malagueño Rogelio López Cuenca donde interviene a través de la yuxtaposición de las imágenes del mundo árabe-islámico en Occidente, haciendo de ellas un espacio de cruce entre la representación y la distorsión. Señala cómo estas imágenes están pensadas para ser artefactos que definen cómo Occidente construye su propia identidad mediante la exclusión. Es decir, lo que se proyecta como otro, como extraño, nos define a nosotros mismos y, por tanto, condiciona las formas de imaginar redes de solidaridad y apoyo.

No reconocer las aportaciones y vestigios de las civilizaciones subyugadas es una constante en los procesos coloniales. En los últimos meses, estuve inmersa en un proyecto que denominé Último Paisaje, donde trabajé con imágenes de Andalucía y Palestina en torno al olivo. Al explicarlo, muchas personas se sorprendieron, incrédulas, cuando les señalaba que, aunque el olivo fue traído por fenicios y romanos a la península, en realidad es originario de la zona de Palestina, Líbano y Siria. De ahí mi intención, ante la paralización generalizada frente a las imágenes de los crímenes israelíes a la población palestina de deconstruir la idea de otredad, de agitar el imaginario, en este caso del olivo, con todas sus implicaciones, políticas, sociales, culturales y simbólicas, si es así hay una mínima posibilidad de abrir un espacio para la alteridad y la solidaridad.

La historia de los pueblos que han vivido procesos de colonización está generalmente marcada por un despojo: la tierra

Sin embargo, la gran Historia pocas veces recoge el inmenso valor cualitativo y simbólico, en este caso, del olivo. En mi pueblo, conozco a varias personas que cada año recogen la aceituna a regañadientes. En el caso de pequeños cultivos, con el cambio climático y el esfuerzo físico que implica, cada vez se compensa menos por lo que se recoge. Lo que realmente les impulsa no es tanto el deseo de tener aceite; es el respeto y la pena de ver cómo un árbol, cuidado durante generaciones, se queda sin recoger. Las familias y las comunidades quedan ligadas a la tierra de sus ancestros como raíces de sangre difíciles de arrancar. El trabajo del cineasta palestino Tareq Khalaf es revelador sobre ello. Azziza’s Garden es un documental sobre el único familiar que continúa en Palestina, su tía abuela Azziza. A sus 93 años, narra los lazos agrarios, afectivos y políticos que la unen a su tierra en un contexto de violencia, ocupación y fragmentación familiar. Su resistencia, como la de tantas otras palestinas, se entrelaza con el cuidado de la tierra y con la memoria de lo que fue, de lo que queda, y de lo que se pierde.

La historia de los pueblos que han vivido procesos de colonización está generalmente marcada por un despojo: la tierra. La colonización empieza por ella, porque al arrebatársela a un pueblo, se le arranca su memoria, su sentido de pertenencia, la esperanza de subsistir, y se le reduce a un ser despojado de su raíz más esencial. Cuando veo cómo se reproducen y se normalizan los discursos de odio, la violencia colonial e imperialista, y la sistematización del genocidio, me resulta imposible no poner una marca en 1492. En febrero, el Reino de Granada se rinde oficialmente. Este es el inicio de un proceso sistemático de eliminación cultural, acompañado de la violencia y la homogeneización identitaria que marcarían los siglos venideros. En octubre, Cristóbal Colón llega América, iniciando un nuevo y perverso ciclo de la lógica de la colonización y el genocidio que cambia para siempre la historia, los pueblos, la identidad occidental y los métodos del expolio y la ocupación hasta nuestros días.

En este mismo contexto, el trabajo del artista granadino Miguel Benlloch aborda con la obra Plúmbea. Benlloch presenta dos paneles donde dialogan imágenes de los Libros Plúmbeos con recortes de prensa sobre Palestina durante la segunda Intifada. Se encuentran impresos en papeles de los colores rojo y verde, que son también los de la bandera palestina y granadina, forman una espiral, uniendo el pasado morisco de Granada con la situación contemporánea de Palestina. Así conecta las historias de despojo, represión y resistencia de los moriscos con las del pueblo palestino, subrayando los continuos procesos de colonización que trascienden fronteras y épocas.

Más allá del aceite, más allá de los remedios temporales para los cuerpos rotos, es en la tierra andaluza, palestina, o mexicana, donde todo sigue pasando, donde todo sigue resistiendo

El olivo es un árbol cuyas raíces, extremadamente profundas y extensas, le permiten una gran adaptación y resistencia. En 1524, los españoles comenzaron a llevar los primeros olivos a lo que hoy es México y, aunque pueda parecer un detalle menor, para mí es sólo uno de tantos ejemplos de cómo la colonización no reconfigura solo lo político y lo social, sino también lo cotidiano y lo geográfico. Este pasado vigente e interconectado a la historia de la colonización es abordado en el libro Palestine 1492: A report back, de la geógrafa de orígenes mayas, Linda Quiquivix. Con una edición donde combina imagen y texto, arma un puzzle creando zonas de contacto entre su propia experiencia, fronteras y mapas, entre la ocupación histórica sufrida por los palestinos y la de los pueblos indígenas durante el periodo de la colonización española pasando por el movimiento zapatista y las Panteras Negras. Muestra cómo el despojo de la tierra y la fragmentación cultural no son procesos aislados, sino parte de una misma lógica que se cierne desde hace 500 años.

En estos cruces encuentro la clave, en el vaivén entre lo interior y lo exterior, y en el retorno hacia adentro otra vez. En escarbar en lo profundo de las estructuras locales y globales, de sus cimientos, para derribarlos. En erigir una mirada trasnacional, pero también íntima, desde nuestra familia, nuestro barrio, nuestro pueblo. Desde donde verbalizamos diariamente quejas de violencias estructurales comunes y, probablemente enlazadas con otro pueblo aparentemente lejano, que tienen el potencial de tejer redes de resistencia global. Linda, al enunciarse en su web, afirma que esta pregunta guía su trabajo: ¿Cómo compartimos el mundo juntos respetando todas nuestras diferencias? Quizás no haya una sola respuesta, pero estoy convencida de que una de ellas comience por escuchar sin prejuicios lo que la tierra, los cuerpos y las historias aún tienen que decirnos, más allá de los relatos dominantes y las fronteras impuestas. En esos espacios es donde, a menudo, empieza la verdadera conversación.

Mientras escribo esto, mi casa huele a Radiosalil. Es una crema de olor violento, invasivo, químico, que mis padres presuponen que les desinflama los músculos doloridos de décadas de trabajo físico en el campo desde temprana edad. Tendinitis, artritis, hernias de disco. La semana que viene mis padres irán a recoger a una almazara de Benamaurel el aceite de oliva virgen extra correspondiente a su cosecha. Aunque vendrá perfectamente empaquetado, yo sé que ahí también está la memoria de las manos que lo han cuidado y recogido. Pero más allá del aceite, más allá de los remedios temporales para los cuerpos rotos, es en la tierra andaluza, palestina, o mexicana, donde todo sigue pasando, donde todo sigue resistiendo. Ahí, en su esencia, la cosecha es solo una parte de un ciclo que se repite. Es en esa tierra donde Azziza, como tantas otras personas, sigue luchando por un futuro que depende de la misma tierra que les pertenece.

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ANDALUCÍA es, según la constitución, una nacionalidad histórica que vivió momentos de esplendor en el pasado y luego pasó a jugar un papel de cuartel, granero y mano de obra. Esta degradación llega a su punto álgido con el fascismo que deja a los andaluces en el imaginario popular como pobres analfabetos alegres y vagos -valga la contradicción- Ahora, hijas e hijos de Andalucía, intentamos contar nuestra historia con la dignidad, igualdad y justicia que esta se merece. (Columna coordinada por Juan Antonio Pavón Losada y Grecia Mallorca). Más en https://www.instagram.com/unrelatoandaluz/

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