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Día 28 en estado de alarma: añoranzas de lo que nos gusta y lo que no

Cielos

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Echo de menos mirar. Mirar lejos, más allá del horizonte. Dejar descansar la vista en las palmeras al otro lado del río, las nubes que parecen traer la tormenta desde Huelva, las luces de aquel avión camino de algún lugar. Mirar la ciudad sin sentir que estoy en una especie de ensoñación, de fantasía inalcanzable. También echo de menos mirar de cerca, mirar a los ojos sin vergüenza, sin pensar que mi mirada está contaminada o está de más. Por supuesto, añoro hablar. No por teléfono. No por whatsapp. No en una pequeña pantallita, a gritos y entre apagones. Añoro hablar de cerca, a un (a)brazo de distancia, sin miedo al miedo. Hace mucho soñé que había una lengua prohibida, un idioma peligroso que con cada sílaba pronunciada robaba el oxígeno del aire. Hablar, hablarse, condenaba al mundo a la asfixia. Hoy me acuerdo de aquel sueño, y no sé por qué. (La ventana de Ángela)

Odio subir al Aljarafe

Mamá, lo siento, odio subir al Aljarafe. Puntualizo: odiaba subir a esa cornisa tan ‘La La Land’. Durante la semana, en mitad del zarrafancho de llamadas, reuniones y trabajo, tenía que hacer encaje de bolillos para ir a veros. Que sí, que tú piensas que vivís muy cerquita de Sevilla. Pero no. Yo tardo dos horas en ir y volver. Tengo que atravesarme todo el centro de Sevilla en bicicleta o andando para llegar a la Puerta Jerez.

Siempre es a mediodía, con lo cual, dependiendo de la época del año, tengo que sortear turistas asiáticos paseándose por el carril bici, niños suicidas lanzándose contra mi bici o ancianitos dando un plácido paseo. “¿Hijo, por dónde andas?”, pregunta mi madre a las tres de la tarde. “Ya en el metro”, miento. Alguna disfunción neuronal me debe impedir ser puntual. El caso es que, después de haber sorteado media ciudad, me tiro cuesta abajo por las escaleras mecánicas y me lanzo en plancha al vagón que está a punto de salir. Los minutos pasan lentos hasta Cavaleri, donde mi padre siempre me espera con una sonrisa en el coche…

Ahora lo pienso… y me siento ridículo. ¿Hay algo mejor que visitar a unos padres que te adoran, te abrazan con una sonrisa y, para colmo, te esperan con la deliciosa comida de papá y mamá? Ha tenido que caernos encima una pandemia para darme que cuenta de que no, mamá, que no odio ir Aljarafe. Que adoro ir a veros. Os echo tanto de menos. (La ventana de Alejandro)

'Tela de coraje'

Lo que yo daría ahora, con el coraje que me da, echar una mañana de papeleo, de esas en las que te sientas con tu numerito B234 a esperar a que te salga y que miras  la pantalla desesperado viendo que tu número no sale, vamos, como si fuera la mañana del 22 de Diciembre.

Además, estás seguro de que cuando entregues los papeles te va a faltar alguna fotocopia, algún sello, alguna cosita que te haga volver.  Pocas expresiones más contundentes y más  andaluzas que “tela de coraje”.

Porque ahora, con ésto de la reclusión forzosa, echamos de menos todo lo que sea salir de casa.  Añoramos lo que no tenemos y, sobre todo, lo que no podemos. En eso somos como los niños; bueno, realmente como los mayores: basta que se nos niege algo para que automáticamente lo deseemos. Y es que añoro ese atasco camino del Aljarafe, cuando cortan el tráfico para abrir el puente de Las Delicias,  y chuparte  diez minutos  parado, con el solecito entrando por el cristal del parabrisas, mientras te entretienes  mirando la maniobra del barco atracado en el muelle.

Mi cuñado, que no soporta la arena en los pies, está loco por pisar la playa. “Lo que yo daría por un paseíto por el campo”, me cuenta mi carnicero, mientras me pone unas pechuguitas de pollo, cuando se pasa  todas las primaveras quejándose de la alergia a las gramíneas  y de la madre que parió a los olivos.

Pero, para coraje,  que me llamen para una foto cuando se te están cerrando los ojos después de comer.  Y ahora, no hay día que me vaya a hacer la siesta sin mirar el móvil, con ansiedad, esperando que suene. ¡No tenemos remedio! (La ventana de Luis)

Caminar

Las cosas tontas que me daban coraje antes (como fregar los cubiertos o los contestadores robot de las compañías telefónicas) lo siguen haciendo. Para mí, hay cosas que no cambian con la pandemia. 

Pero echo de menos caminar. Caminar sin rumbo concreto. Mirando escaparates, aprovechando para hablar por teléfono con los que están lejos, cruzando un parque, mirando los edificios en la ciudad o tocando árboles. Caminar hasta que me duelen las piernas. Hasta que arrastro los pies y llego a casa para quitarme las botas y notar que estoy cansada, que los músculos están ahí. Caminando se me pasan los cabreos, el mal rollo, no pienso en nada. Solo camino. Y no, caminar por casa... no es lo mismo. (La ventana de Lucre)

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