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Día 27 en estado de alarma: afectos y te quieros

Afectos /Foto: L.P.L.

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“Hola, el confinamiento me ha traído hasta Tinder…” Lo escribe una usuaria con cierto tono de excusa, como si hubiera visto arrastrada por una fuerza fatal. Aunque sí parece probable que muchos no se hubieran planteado usar la aplicación hasta ahora: al fin y al cabo, la mayoría prefiere conocerse en los bares que en el mundo virtual de las apps para ligar. Lo que sucede es que antes no teníamos tiempo para ir a los bares, y ahora, que tenemos tiempo, los bares están cerrados.

Lo único que no cambia es la necesidad del otro. O de la otra. Incluso para los solitarios más recalcitrantes, para los más autosuficientes. Porque la soledad, como la compañía, gustan cuando es una elección, no una condena. De hecho, elegir entre una y otra tal vez sea uno de los secretos de la felicidad: tan desagradable es estar en medio de una fiesta ruidosa cuando se ansía un poco de intimidad, como ser aplastados por el silencio cuando uno querría una conversación cómplice, o una piel amable al alcance de nuestro tacto.

Esa necesidad de compañía es la que estos días está produciendo extraños movimientos, reencuentros inesperados, confesiones asombrosas. “Cuarto día de #cuarentena y me han escrito todos los ex novios y ex rolletes, ¿os pasa?”, escribía hace poco una compañera en su Twitter. Claro que nos pasa, o debería pasarnos: puesto que el futuro inmediato está cancelado, buscar en el presente y en el pasado, sentir que uno vive también en el pensamiento de alguien, meditar sobre lo que hicimos mal, y lo que podría haber sido… Y sí, restablecer la comunicación, volver a tender los puentes bombardeados, tentar a la suerte.

No sólo sirve para ligar: esa pulsión va desde un inocente piropo a proponerle cibersexo a tu mejor amigo, o simplemente decir a alguien que se lo merezca lo que deberíamos decir más a menudo, lo que deberíamos decir sin ningún esfuerzo: te quiero. (La ventana de Ale Luque)

Sin permiso

Los que de normal regateamos besos y abrazos llevamos el distanciamiento social con mucha más facilidad. Siempre he pensado que vivo en un entorno de saturación del saludo con los dos besos, incluso si nos vimos ayer o si acaban de presentarnos y no te conformas con que te tienda la mano. En realidad, ni siquiera son besos. Es más, perturban cuando lo son.

Entro, pues, en la categoría de los que se define como persona arisca. Tengo hipersensibilidad a la invasión del espacio vital e incluso a los toques neutros de otras pieles, y considero una agresión digna de que te mate con la mirada el golpecito de llamada de atención.

Sin embargo, estas semanas de obligada renuncia a gestos de cariño los añoro. Las pocas veces que me he encontrado con un amigo por la calle o en el trabajo -todo siempre dentro de los límites del decreto- me he sorprendido conteniendo el impulso de fundirme en un abrazo y en besos de los que no se lleva el aire. Echo de menos las muestras de afecto físico con la familia que no vive este encierro conmigo y me pregunto cuánto tiempo tendrá que pasar para que ese derroche salga de forma natural incluso para los que son como yo. Sin permiso. Porque como diría quien YO me sé ¿te importa que te abrace?

La 'Blitzkrieg' del amor

No sé si estamos más tiernos, más sensibles, más amorosos. Supongo que sí. Lo que sí tengo claro es algunos van a salir a la calle como toros miuras cuando se levante el estado de alarma. La estampida de El Rey León nos va a parecer un cuento de niños.

Canciones sobre onanismo, cefaleas ligadas a la abstinencia y aplicaciones de citas al rojo vivo son algunos daños colaterales de una cuarentena, en la que, como nos descuidemos, las ETS van a terminar sustituyendo al COVID-19. Veo ya al Gobierno desempolvando la campaña del ‘Póntelo, pónselo’.

Con las hormonas por las nubes, el confinamiento está dando lugar a una rica literatura erótica, en la que no faltan las miraditas lascivas en los pasillos de la compra, los guiños de balcón a balcón o las citas en aparcamientos mal iluminados.

Los más aventureros hablan ya de ‘blitzkriegs’. Escarceos relámpago a la hora de sacar el perro o volver de la compra. Los más cuidadosos, eso sí, lo harán siguiendo las recomendaciones de la OMS, que exigen ausencia de saliva. Vamos, un ‘aquí te pillo, aquí te mato’ de los de toda la vida. Como lo de tener sexo a metro y medio está al alcance de muy pocos, lo más seguro será buscar posturas que dejen el ‘careo’ para otros momentos menos epidémicos. El repertorio deja, por tanto, poco lugar para la imaginación.

Yo imagino a los más románticos, a esos que han cocinado su amor a fuego lento entre líneas de Whatsapp, lanzándose temerariamente a cruzar las líneas enemigas, para llegar al hogar del ser amado. Su objetivo es claro: pasar el resto de la cuarentena entre sábanas, dando rienda suelta  las fantasías cocinadas en la distancia. Esperemos, eso sí, que la Stasi del visillo no haga trizas sus bellas historias de amor… en tiempos de pandemia. (La ventana de Alejandro)

Amores y odios

“Afecto”, del Latín, “affectus”: cada una de las pasiones del ánimo como la ira, el amor, el odio, especialmente el amor o el cariño. Menos mal que la RAE incluye “especialmente, el amor y el cariño”, que hacen bastante más amable la vida en general y, por supuesto, imprescindibles en el confinamiento.

Mucho mejor la pasión en una cama de 1,35, que la ira en 60 metros cuadrados. Hablo con mi gente y nos despedimos con palabras entrañables como sustituto al tacto, a la caricia, al abrazo, al beso...

Si anduviera por aquí García Márquez habría titulado El amor en los tiempos del coronavirus. Y es que no hay nada como una pandemia para que los sentimientos emerjan con toda su fuerza. Nos volvemos más tiernos, más apasionados, cuando sentimos miedo, zozobra o incertidumbre.

Otra cosa es el odio. Y, en tiempos de confinamiento, odio este arresto domiciliario sin haber cometido delito alguno, odio que esté pasando la primavera sin ver la jara floreciendo en los caminos, odio no ver el mar estando tan cerca. Pero lo acepto, me resigno y hago de tripas corazón. Lo que no perdono es que los mirlos no sean aves migratorias.¡Cómo lo odio! (La ventana de Luis)

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