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Día 9 en estado de alarma: el estrés

 El estrés era esto. Estar todo el día en casa y que te des cuenta, a final de la jornada, de que no has teletrabajado lo suficiente, que no has podido conectarte a tiempo a la reunión de la empresa, que no das abasto a responder todos los mensajes de whatsapp, que, en tu afán de aprender cosas nuevas, se te hayan quemado las galletas de Jengibre que estas adelantando para Navidad

Imagen de Andrés Nieto Porras en Flickr, CC BY SA

Imagen de Andrés Nieto Porras en Flickr, CC BY SA

"Estoy atacá" cantaba la Martirio por Sevillanas y, la verdad, es que no tengo tiempo para nada. ¿Cómo lo hacía antes del confinamiento? No lo sé.

Tengo la sensación de ser como un  jubilado que llena de actividades el día para no caer en el aburrimiento y, al final, no tiene tiempo ni para una cervecita. Miento, mis alumnos del Aula de la Experiencia, casi todos jubilados, nunca dicen que no a una cerveza o unas cuantas; de hecho, creo que vienen a clase más por ésto que por la fotografía.

El caso es que me levanto todos los días a las 7 de la mañana, me ducho, desayuno y a las 8 estoy listo, pensando que tengo toda la mañana para meterle mano a ese sinfín de cosas que siempre dejo para otro momento. Pero me pongo a contestar los Whatsapp, y eso que no tengo redes sociales, a llamar por teléfono a la familia, alguna conferencia por Skype por aquello de vernos las caras, y cuando me quiero dar cuenta estoy liando las croquetas y preparando la ensalada. La hora de comer y aún no he pasado la escoba a la casa. Luego una cabezadita en el sillón que eso te da vida. Me despierto y con un café me pongo a escribir estas líneas que ustedes están leyendo. Al poco me coloco el chándal y me pongo con la gimnasia, que hay que hacer algo de ejercicio que ésto va para largo (¡pero si yo vivo en una casa con escalera!). Cuando me quiero dar cuenta  tengo que subir  corriendo a la azotea para los aplausos de las ocho, charlas con los vecinos ....  total que cuando bajo me pongo a aliñar los filetes de lomo para la cena, busco una película para ver y me quedo dormido. Mañana sin falta intento arreglar los cajones. (La ventana estresada de Luis)

Peces en la pecera

(La ventana de Olga) No me pasa como a ese muchacho que rula por redes sociales y que está estresado de tanta propuesta a raíz del confinamiento. Desde que empezó el Estado de Alarma –y estamos a día 9 si no me equivoco- no he visitado ninguna exposición virtual, no he asistido a ningún concierto online, no me he apuntado a ningún juego telemático, ni hago tablas de ejercicio físico delante del televisor.

Es más, ni me ha dado por devorar series, pese a que las plataformas de streaming lo han puesto hasta más fácil estos días, pero es que me raya que los protagonistas no lleven mascarillas y se peguen tanto mientras en mi realidad distópica me afano por aprender las nuevas reglas. Encima, casi siempre me olvido de salir a aplaudir a las 19.00 o a las 20.00 o a las 21.00… que es que ya han cambiado tantas veces de hora que cómo para acordarme.

Como no hago nada de eso, mi estrés es el de los peces en la pecera, que existe. Y me pongo a nadar más rápido, me cambian las escamas de color y hasta pierdo el apetito. Normal también, porque me muevo menos que Epi y Blas en una cama de velcro. Me estresa llegar tarde a la clase online de las crías pese a que no cuenta para la nota del segundo trimestre. Me estresa que me dé igual no haber comprado tanto papel higiénico como la gente. Me estresa poder pasar sin ver las decenas de vídeos y memes que me entran por el móvil.

Y claro, cuando salgo en libertad condicional para la compra o camino del trabajo, me estresa la idea de encontrarme con otra persona de frente y abocarnos en el torpe baile que surge cuando dos en una acera no aciertan para qué lado tirar para no tropezarse.

El estrés era esto

(Susana, su ventana y su estrés) El estrés era esto. Estar todo el día en casa y que te des cuenta, a final de la jornada, de que no has teletrabajado lo suficiente, que no has podido conectarte a tiempo a la reunión de la empresa, que no das abasto a responder todos los mensajes de whatsapp, que, en tu afán de aprender cosas nuevas, se te hayan quemado las galletas de Jengibre que estas adelantando para Navidad o que las dudas de tu hijo con los deberes te hayan obligado a buscar tus apuntes de econometría de cuarto de carrera. Y ya que te has puesto te has puesto a ordenar las estanterías de libros, a modo de ejercicio de fengshui relajante. Y ni ejercicio ni relajante. Un horror.

Estrés es haber decidido que tú, que siempre has hecho gala de tu genética para no ir al gimnasio, ahora te hayas hecho una contractura siguiendo las clases virtuales de crossfit (que, por supuesto, has hecho por primera vez en tu vida), que hayas decidido, a estas alturas de tu vida, que, en esta cuarentena, no eres nadie si no sigues un cuaderno de bitácora, y que la única hora que te queda libre para completarlo sea aproximadamente las 4 de la madrugada. Porque a esa hora es a la que has terminado de limpiar superficies susceptibles de contagio, suelos con lejía diluida y quitándote y poniéndote guantes de latex, que ya quisiera Gilda tu desparpajo.

Estrés es conciliar dentro de casa; intentar en pocos metros cuadrados, respetar el espacio de tu pareja, que ha decidido, también ahora, aprender a tocar la guitarra y darle sitio a tu adolescente y a sus hormonas. Sobre todo, a ellas, sus hormonas.

Lo dicho, en esta cuarentena sana y positiva, estrés es seguir una dieta de 5 comidas al día y tener la suficiente fuerza de voluntad para no comerte tus galletas de Jengibre quemadas. Estrés es recordar que la felicidad era ponerte unos guantes de lana para salir a la calle y dar besos ruidosos y pegajosos como si realmente no hubiera un mañana.

 ¿Estrés?  Qué va

(El estrés, digo la ventana de Fermín) Estrés, ¿quién dijo estrés? ¿Estrés porque cada día miro 170 veces (al minuto) la ventana para ver si pasa alguien? ¿Por trabajar mientras un niño de dos años salta encima del teclado pidiendo que le pongas en “yutú” a Pocoyó dando saltos encima de un teclado? ¿Por salir a la acera de casa como el que entra en la sala del Louvre donde está la Mona Lisa?

Esto del estrés por no poder salir de casa debe ser un invento de tiesos. De los que no tienen un salón para recorrerlo 170 veces (al minuto), de los que no tienen una biblioteca con más de 1.000 volúmenes colocados en orden, por supuesto, y a juego con las cortinas, de los que no tienen una antena parabólica para ver solo a Bob Esponja hasta cuando estás dormido. ¿Estrés? Qué va, ¿o era var?, ¿o era un bar?. Cómo echo de menos los bares. Qué estrés. 

La realidad malvenida

Arden las redes. Y los whatsapps. Nos asomamos a la ventanita del móvil para mirar al exterior y nos encontramos con medio país compartiendo chistes, memes, bulos, enfados y tragedias personales. Nos levantamos por la mañana, consultamos las cifras, que si sube la gráfica, que si se aplana la curva, que si hay camas libres, que si en Madrid están peor, que si la sanidad pública madrileña la reventó Aguirre, que si, que si…

Y, en mitad de la burbujeante realidad que transcurre de ventanas para afuera, nosotros seguimos confinados en casa, teletrabajando (los afortunados), limpiando, dándole clases a los niños (los que los tienen), sacando al perro, yendo a la compra (una vez por semana), asistiendo a conciertos virtuales, aplaudiendo a nuestra sanidad pública, ‘caceroleando’. Total, que, más ocupados que nunca, aterrizamos en la cama y dormimos como unos benditos.

Cuando parece que ya nos hemos acostumbrado a la nueva rutina, una en la que miramos de soslayo que “lo peor está por llegar”, como afirma inquietamente nuestro presidente, la realidad nos golpea: ha fallecido el padre de una amiga. Solo en el hospital, aislado por el virus. Se acabó el ensimismamiento, malvenida la realidad. Ya no brindaremos con cava.

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