Desdeelsur es un espacio de expresión de opinión sobre y desde Andalucía. Un depósito de ideas para compartir y de reflexiones en las que participar
A veces ocurren gestos extraordinarios en la más rígida cotidianidad. Y digo ocurren porque no se anuncian: corren hacia nosotros, galopan a nuestro encuentro, como una señal. Creo que era una mañana de sábado, o puede que fuera domingo. De lo que sí estoy segura es de que era junio. La noche anterior había celebrado mi cumpleaños en un local del centro y en mi cuerpo ya solo quedaba ese silencio sordo y resacoso del rímel corrido, mientras que en mi cabeza reverberaba con furia la vuelta al café de la mañana, a ese preparar la semana de reuniones y compromisos varios, a la compra en el supermercado más cercano.
Levanté la persiana y salí al balcón, esa breve tajada de cielo que muchos de nosotros veneramos en el confinamiento y que yo llené de carnosas para cuidar, como quien cuida una coartada, para engatusar el encierro al que nos sometieron. Allí, en el suelo y bajo el sol, como un organismo tenso y erguido, había un libro. Era un libro anciano, a punto de desmembrarse. Tenía una gomilla negra alrededor, una gomilla exactamente igual a las que usaba mi hija para recogerse el pelo en dos trenzas. No me extrañé, pues. Me recreé en aquel lazo como si fuera una faja o una pajarita y en ese discurrir por no querer reconocer lo insólito, acusé en silencio a algún profesor excéntrico o a uno de aquellos experimentos habituales que mi hija ponía en práctica con el ánimo, precisamente, de hundir sus manos en la existencia de las cosas. Me acuclillé para observarlo más de cerca: “La culpa ajena”, de la escritora francesa Henri Ardel, editada en 1941. No la conocía. Pero lo sorprendente, lo que ensombreció la extrañeza de encontrarte un libro en tu balcón como si fuera una maceta más era que la culpa, la culpa ajena, estaba boca abajo.
Recordé entonces aquel cuadro de Mondrian que estuvo colgado al revés durante 77 años sin nadie saberlo. Toda una vida patas arriba porque, al parecer, no tenía una firma que ayudara a determinar el sentido de las líneas verticales y horizontales de los colores primarios. Así que la obra “New York City 1”, casualmente también de 1941, se quedó del revés durante muchas décadas. Y ya luego no se pudo enderezar.
0