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A favor de San Valentín

Imagen tomada en Orangerie, en Sevilla.
13 de febrero de 2026 21:03 h

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Ayer hice mi visita rutinaria a la floristería del barrio. Siempre tiene flores preciosas y extrañas entre las que descubro nuevas especies, pero ayer lucía especialmente exuberante. Había varias clases de rosas inglesas (mis favoritas), rosas de pitiminí, amapolas rojas, iris y todo un estallido de color que haría las delicias de cualquier amante de las cosas bellas. ¿Y esto? Pregunté.

Es por San Valentín, me contestó Ana, la florista. Yo, nada dada a celebrar esta fiesta porque ya todos sabemos que es una horterada y un invento de El Corte Inglés y blablablá, había olvidado por completo su cercanía en el calendario. Por supuesto, le pedí a Ana que me hiciera un ramito para mí. “Ponme todas las San Valentín vibes, por favor”.

Lo tengo al lado mientras escribo estas líneas y no puedo dejar de mirarlo. Mi escritorio huele a rosas.

Mis padres llevan 46 años casados, y desde que tengo uso de razón, siempre, siempre, siempre, el 14 de febrero mi padre le regala a mi madre un ramo de rosas. Y a mí me parece precioso, qué quieren que les diga.

En estos tiempos en los que el cinismo y el malotismo se consideran cool, en los que la frustración encuentra refugio en tener alguien a quien odiar y a quien culpar de todo, en los que los discursos de odio son reproducidos con una facilidad terrorífica, detenerse a comprar flores para recordar el amor puede parecer un gesto ingenuo, pero ¿y si precisamente necesitamos recuperar un poco de esa ingenuidad?

Nos hemos vuelto expertos en anticipar la decepción, la hemos sentido tantas veces que creemos que no hacernos ilusiones hará que después duela menos. Pero no es verdad, siempre acaba doliendo igual. Y esa anestesia nos ha robado algo enormemente valioso, las ganas

Me refiero a esa que nos da la capacidad de creer, la que no anticipa que todo saldrá mal o será una decepción, la que por el contrario, nos regala el entusiasmo. ¿Conocen una sensación mejor que el entusiasmo? Les seré sincera, yo a veces lo echo de menos.

Extraño esa electricidad vibrante que te impulsa a tirarte de cabeza hacia lo desconocido sin hacer miles de cálculos previos, a confiar en las personas o en las ideas o en las promesas, esa que es el motor, el creer que sí.

Nos hemos vuelto expertos en anticipar la decepción, la hemos sentido tantas veces que creemos que no hacernos ilusiones hará que después duela menos. Pero no es verdad, siempre acaba doliendo igual. Y esa anestesia nos ha robado algo enormemente valioso, las ganas.

Si, como yo, han revisado unas cuantas veces la apoteósica actuación de Bad Bunny en la Super Bowl, recordarán el rótulo con el que cerró el show y que pudo verse en todo el estadio: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Puede parecer un mensaje tontorrón pero en el contexto social y político que vivimos, a mí me parece tremendamente potente.

Puede que todo esto les suene a ñoñería pero yo me confieso, soy de las que lloran en las bodas o cuando miro bailar a una pareja de enamorados. Me emociona la gente que se quiere y la ilusión. Quizá necesitemos exhibir un poco más el amor, sin miedo y sin vergüenza, que lo sonrojante sea lo otro

Con Trump y sus sangrientas políticas migratorias, con líderes europeos que emulan el trumpismo sin pudor y convierten el señalamiento del otro en estrategia electoral, este mensaje es una llamada de atención. Porque sí, el odio cohesiona y moviliza pero sobre todo destruye. Y reivindicar la ternura, el amor, la comunidad, el cuidado, es disputar el relato, es una forma de resistir y de hacer frente a este clima.

Puede que todo esto les suene a ñoñería pero yo me confieso, soy de las que lloran en las bodas o cuando miro bailar a una pareja de enamorados. Me emociona la gente que se quiere y la ilusión. Quizá necesitemos exhibir un poco más el amor, sin miedo y sin vergüenza, que lo sonrojante sea lo otro.

A mí denme floristerías repletas de rosas, corazones con purpurina y alguna dosis de cursilería. Un poco de espacio para el entusiasmo.

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