El centro de las miradas: desde dónde y cómo se sensibiliza
Respira. Ahora que estamos a solas, quiero contarte algo. Cuando tenía diecisiete años viví uno de los momentos más agresivos que recuerdo. Aún lo veo nítidamente cuando me viene a la mente. El día comenzó normal. En mi grupo de bachillerato teníamos una excursión ese día, íbamos a una sala de teatro con otro instituto, y mis compañeras de latín y yo nos subimos al palco para ver lo que fueran a proyectar, sin saber que se trataba de Flor del desierto.
Cuando terminó la proyección hubo un receso para el posterior debate, dado que se trataba de una actividad de sensibilización. Sin embargo, a pesar del mal cuerpo que se me quedó viéndola, noté las miradas, señalamientos con el dedo y cuchicheos (“¿también lo tiene?”) punzantes sobre mí de los cientos de estudiantes que había en ese teatro cuando salí al baño. A veces pienso que se trata de una neura mía, pero escuchar al canijo de mi compañero Ramón espetar un “¿qué estáis mirando?” tan seco y contundente mientras se me acercaba, porque hasta la gente de mi instituto estaba flipando con la reacción de los demás, me hizo sentir que no estaba sola. Evidentemente se lo dijeron a la tutora, que no me dio la impresión de que le diera mucha importancia.
Era normal la reacción de esa juventud. En todo ese teatro, era la única al parecer que se parecía a la protagonista de la película. Era negra. Y esa fue la primera aproximación que tuve en mi vida sobre la ablación de clítoris, y no volvería a escuchar de ello hasta pasados unos años en la universidad.
¿Es paradójico, no? Una actividad que seguro que lo plantearon con la mejor de las intenciones para visibilizar una de las prácticas de la Mutilación Genital Femenina (MGF) supuso indirectamente un señalamiento a una niña negra, lo cual era sintomático de cómo, o al menos desde dónde, se diseñan las acciones de sensibilización y actuación contra estas prácticas.
Y es que, aunque las personas se han quedado sólo con el concepto de ablación, lo correcto es hablar de mutilación. Pero la problemática de haberlo racializado y localizado tanto (incluso dando un marco religioso) hace que, como han denunciado investigadoras africanas y afrodescendientes como Jenabou Dembaga Susoko, el discurso oficial en España contra la MGF supone la estigmatización de mujeres y niñas de contextos africanos o que son percibidas como tal, con especial interés con los contextos musulmanes.
No me mires así, que ya sé lo que estás pensando. Y no, no estoy diciendo que este tema se tenga que silenciar por las repercusiones racistas, es una trampa bastante perversa a las que se nos trata a las mujeres africanas, obviando lo multifactorial de cómo impactan estas medidas y campañas. Que ojo, cuando están bien diseñadas, estas actuaciones contribuyen a mejorar la calidad de vida de niñas y mujeres. ¿Pero para quién están dirigidas realmente? ¿Y para qué?
Quiero decirte, ¿el problema es su expresión más cruda, la cuchilla sin anestesia? Porque entonces tal y como se ve que está pasando en algunos países africanos, al igual que en las comunidades blancas cristianas de Estados Unidos, está práctica está medicalizada y se realiza con anestesia. ¿Ahí no es un problema? Las consecuencias en la salud sexual y psicológica son las mismas, dado que se práctica en 94 países del mundo.
Esta misma conversación que estamos teniendo la tuve con una médica en las Jornada Participativa “Retos en la atención a la salud sexual y salud reproductiva en Andalucía”, jornadas donde puse sobre la mesa este tema junto a otros estereotipos que mujeres africanas han vivido en su trato en el mundo sanitario. Lo que esta mujer me planteaba es que habiendo trabajado específicamente esta cuestión, el perfil que se encontraba siempre era el de mujeres del África negra, y yo le comentaba como te cuento a ti, que una cosa no niega la otra, y precisamente ese es el reto para que quienes se encuentran en riesgo de sufrir esa violencia: que se vea encerrada entre las dagas del silencio para no traicionar a su familia o alimentar el señalamiento preexistente.
También es preocupante como desde algunos lugares se plantea como solución el rescatismo: ¡vamos a quitar a las niñas de sus familias! ¡Llevémonoslas de sus países que yo quiero ser madre y no me dejan adoptarlas!
Como si la mutilación fuera algo tan simple y no fuera una práctica multifactorial (cultural, económica, de mujeres, etc.), y sobre todo como si no hubiera mujeres y organizaciones de mujeres comunitarias trabajando sobre ello, aunque cierta cooperación internacional occidental piense que no existen, ¿pero a quienes se les escucha hablar de ello? ¿Y cuándo?
Asha Ismail y Hayat Traspas, de la ONG “Save a Girl, Save a Generation” en el podcast No Hay negros en el Tibet, hablaban este verano de este asunto y sobre la importancia de que este tema se hable fuera de las fechas señaladas (sin obviar la lucha detrás de su reconocimiento institucional), sino abordarlo cualquier día del año y desde otros lugares para que no se olvide, hablar y correr la voz, porque en el fondo es un tema que no interesa y más si se va salir del molde: es una cosa africana.
Si lo viéramos como algo más relacionado con los derechos sociales, quizás no lo sesgaríamos tanto, quizás lo viéramos como algo más relacionado con la justicia, y de esa manera como un problema global, no localizado y localizable.
Pero respira, porque como has visto, ese día en el teatro, no era la única que estaba bajo el foco, pero no manejar bien la conversación hace que la luz de ese foco nos ciegue a todas.
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