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Regionalismo conservador o soberanías: ideas para un Nuevo Andalucismo

"Viva Andalucía libre"

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Se acerca el 4 de diciembre y en el ambiente político se percibe que no es una efeméride cualquiera. Y no solo porque hace 45 años de aquellas manifestaciones andaluzas que abrieron un ciclo que fue capaz de cambiar el plan prefabricado que algunos tenían para nuestra tierra. Este 4D no solo va de historia y memoria, ingredientes imprescindibles para hacer política con futuro, sino que este 4 de diciembre está de plena actualidad.

Hace unas semanas nos despertamos con una noticia que nadie se esperaba. Reconozco que no lo vi venir. El PP declara el 4 de diciembre como “Día de la bandera de Andalucía”, conmemorará institucionalmente la fecha y se celebrará en los centros educativos.

Y es que si observamos con cierta perspectiva los primeros seis meses de esta segunda legislatura, podemos ver que han sido de los más definitorios de su proyecto político.

Solo hay que pararse a analizar algunos de los últimos hitos del Gobierno andaluz para ver que además de la gestión inmediata han desplegado un ambicioso plan de batalla cultural: Andalucía como paraíso fiscal, llamamientos a las empresas instaladas en Cataluña, invitaciones a la colaboración público-privada y la supuesta revolución verde; todo ello combinado con el tatuaje por la mayoría absoluta, la foto con Bisbal y gestos hacia el 4 de diciembre como el día de la bandera, el encuentro con Rojas Marcos o la reunión con las hermanas Caparrós.

Su plan es claro: un nuevo significante de Andalucía, pero relleno de los valores de la derecha de siempre

Esto nos indica unos ejes políticos claros: un modelo neoliberal dependiente que se apoya en ingresos extraordinarios europeos mientras vacía la capacidad recaudatoria de Andalucía a través de un modelo fiscal, social y económico que prioriza el individuo frente al bienestar colectivo.

Todo aderezado con cultura andaluza en su versión más defensora del statu quo y una imagen moderna popular, cercana y tranquila.

El PP andaluz ha entendido que asimilar determinados símbolos y consignas del andalucismo le pueden ser muy útil para resignificar la identidad andaluza como una herramienta de conflicto y diferenciación con el gobierno central y, por otro lado, para desactivar el potencial transformador de un Nuevo Andalucismo emergente capaz de conectar con amplias capas de la población con una propuesta sociopolítica alternativa. Su plan es claro: un nuevo significante de Andalucía, pero relleno de los valores de la derecha de siempre. 

La identidad nacional andaluza ha vivido procesos de impulso y ampliación siempre como reacción, como agravio por la situación de nuestra tierra, a la luz de convulsiones estatales o en otros territorios. Por eso este Gobierno andaluz, como antes lo hicieron otros, tiene en sus manos la tentación de usarla como parapeto ante el PSOE y como herramienta de construcción de un sentido común al servicio de sus intereses económicos. Desgraciadamente, el cinismo es una de las artes de la mala política.

Nos toca explicar por qué nuestra idea de Andalucía, la identidad, el problema territorial y nacional, no se parece al PP ni en los andares.

Soberanías andaluzas

Hagamos un poco de historia para entender por qué no hablamos de lo mismo que Moreno Bonilla.

Andalucía sufre una situación de subdesarrollo específico y permanente por el rol que ha jugado y juega en la creación del Estado Español y del régimen del 78. Ese papel subalterno de Andalucía es fruto de una evolución peculiar del capitalismo que ha generado las características sociológicas, demográficas y económicas específicas que vivimos hoy.

Por ello, no se trata de entender la opresión característica de Andalucía por una cuestión de sentimientos o identidad, o como algo coyuntural debido a un modelo de financiación injusto, a una concatenación de nefastos presupuestos o unas políticas concretas. Desgraciadamente, va mucho más allá.

Las personas que vivimos en Andalucía formamos parte de una comunidad que ha atravesado un proceso material e histórico que le conforma como tal y le constituye como sujeto político. La identidad, la cultura y otros procesos socioculturales son fruto de ese proceso histórico y materialista y a la vez influyen sobre él en una relación dialéctica.

El papel subalterno al que se ha relegado a Andalucía es funcional y beneficioso para los intereses de la oligarquía española, pero también y especialmente de la andaluza, íntimamente ligada a la burguesía estatal y de otros territorios del Estado

De igual forma, los procesos políticos y sociales, las luchas y movimientos, han ido también conformando una comunidad política que constituye un marco de actuación que asumimos como el nuestro.

Es por esto por lo que sabemos que Andalucía conforma una nación y las clases trabajadoras andaluzas son el sujeto político.

Pero este proceso nacional, como todos, no es neutral en términos de clase. Que Andalucía conforme una nación no significa en ningún caso que todas las personas que vivimos en Andalucía tengamos los mismos intereses. Es la cuestión de clase (y de género) la que atraviesa y explica a Andalucía como pueblo, nación y tierra.

En este proceso, el papel subalterno al que se ha relegado a Andalucía es funcional y beneficioso para los intereses de la oligarquía española, pero también y especialmente de la andaluza, íntimamente ligada a la burguesía estatal y de otros territorios del Estado.

Por tanto, no podemos hablar de intereses de Andalucía en abstracto, sino de los intereses de las mayorías sociales andaluzas. Por lo que solo un programa que ponga esto en el centro podría empezar a solucionar nuestra situación.

Nuestra prioridad es plantear una salida del subdesarrollo, pero sin seguir el camino que marcaron otros; porque Andalucía no está atrasada, sino que el subdesarrollo de nuestra tierra es una pieza imprescindible para el desarrollo de las clases dirigentes del norte.

Por ello, hablamos de soberanía. La soberanía es la capacidad de decidir sobre cómo queremos que se desarrollen nuestras vidas. Por eso hablamos de soberanía económica para emprender el camino de salida del subdesarrollo con una industrialización ecosocial, fuera de las lógicas del mercado, bajo control público y repartiendo riqueza. Soberanía energética para que la energía sea un bien comunitario y no un bien especulativo. Soberanía alimentaria para crear mercados públicos.

De esta idea derivan los símbolos de Andalucía. Y era justo lo que nuestras madres y padres pedían en 1977 y 1980. Ellos le llamaron Autonomía. Pero todos sabían lo que querían decir: una vida justa y digna.

Una oportunidad

A la luz de millones de personas, Andalucía sigue siendo sinónimo de derechos, servicios públicos y conquistas sociales. Ese significante no es eterno, y está en riesgo y disputa, pero a la derecha le queda aún mucho para cambiarlo.

Si el marco político es Andalucía, el andalucismo de izquierdas tiene el potencial para ser la oposición realmente existente al modelo social y económico que implementa el Partido Popular. Mientras el PSOE permanece inhabilitado sociológicamente para hacer cualquier propuesta creíble y Podemos e IU tienen un ojo en sus luchas intestinas y en mantener los sillones en Madrid, un espacio se queda vacío. Y en política no existe el vacío.

Las soberanías andaluzas y, por tanto, el andalucismo anticapitalista es la única alternativa a Moreno Bonilla. Eso pasa por articular una oposición contundente y un proyecto de fondo radicalmente alternativo al del PP.

Y sobre todo, pasa por colaborar en construir, humildemente y con otros y otras, una gran ola de protestas y movilizaciones en clave andaluza que vaya canalizando el malestar

Para ello, existen dos retos centrales para un andalucismo anticapitalista del siglo XXI. Por un lado, es hora de tomar tierra. El Nuevo Andalucismo es aún un movimiento líquido centrado en el ámbito cultural y artístico. Un movimiento enormemente rico y con un gran potencial transformador capaz de llegar a millones de andaluces y andaluzas. Se corre el riesgo de diluirse con el paso del tiempo y reducirse a una tendencia cultural. Es hora de pasar de las redes a los centros sociales, de convertir la agitación en militancia, de construir colectivos, espacios, sindicatos y organizaciones que den un nuevo impulso al enorme potencial existente. Es hora de convertir los artículos en libros y los tuits en ideas profundas.

Nos enfrentamos a una maquinaria institucional, económica y mediática enorme que está dispuesta a construir un regionalismo andaluz conservador como trampantojo de un modelo de sociedad al servicio de los más ricos

Tomar tierra es extendernos como la hiedra, nutrirnos de abonos y nuevas realidades. No hay otra forma de ampliarnos, de ser más y mejores.

A su vez tenemos otro gran reto. Nos enfrentamos a una maquinaria institucional, económica y mediática enorme que está dispuesta a construir un regionalismo andaluz conservador como trampantojo de un modelo de sociedad al servicio de los más ricos.

El gobierno andaluz, y su maquinaria explícita e implícita, va a intentar asimilarnos, absorber algunos elementos simbólicos de andalucismo. Pretenderán quitarnos razones, cortarnos pies y manos con eso.

Para eso nuestro andalucismo debe contener en su seno un modelo de sociedad radicalmente diferente. Frente al regionalismo conservador del PP: soberanías andaluzas. Frente a su uso de los símbolos para cambiarles su significado, despleguemos un programa alternativo.

Así podremos evitar cualquier riesgo de asimilación. El andalucismo anticapitalista y los regionalismos del PP y PSOE son como el agua y el aceite.

Reconozcámoslo, hoy día la derecha está muy cómoda pintando de verdiblanco la Andalucía gris, triste, rota e injusta que quieren construir. Se creen que apropiándose de la bandera gobernarán cien años. No conocen al pueblo andaluz. Manos a la obra.

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