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Flamenco
Manuel Palma, barrendero por el día y cantaor por la noche: “Es muy difícil vivir del flamenco”

Manuel Palma "El Zahoreño" compatibiliza su trabajo como barrendero con su pasión por el flamenco

Álvaro López


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A Manuel Palma González (Granada, 1972) se le reconoce en cuanto habla. Apodado “El Zahoreño” porque sus orígenes familiares están en un cortijo conocido como La Zahora en Chimeneas, camina por la vida con la certeza del que tiene un don único como delata su voz rasgada. Aunque sus días se esconden entre las hojas que caen de los árboles y la suciedad que limpia de las calles de Granada, este barrendero es en realidad uno de las mejores cantaores de flamenco que jamás haya escuchado la ciudad de la Alhambra. Y no lo dice él, sino quienes saben del asunto.

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Afincado en la ciudad nazarí desde hace ya dos décadas, su familia procede del campo de la comarca de Alhama, uno de los rincones más bellos de la provincia. Allí, creció en una familia agrícola de Chimeneas en la que apenas había tiempo para más entretenimiento que las labores propias de una localidad que mira siempre a la naturaleza. Pero Manuel -o más bien Manolo como le conocen todos- supo encontrar pronto su talento para la música.

El encuentro con elDiario.es Andalucía se produce además en uno de los lugares más simbólicos de la ciudad, como lo es la casa veraniega de Federico García Lorca. Allí no trabaja, pero cada día acude a iniciar su jornada laboral. “Aquí tenemos la garita, pero es un sueño poder estar cada día en este sitio”, reconoce emocionado Manuel Palma. Cada día es la misma liturgia: acude a su puesto a las siete de la mañana y limpia la ciudad hasta las dos de la tarde.

Dice humildemente llevar “una vida completamente normal”, pero no es cierto. El Zahoreño es uno de los cantaores más reputados de Granada, a pesar de que el flamenco no vive sus mejores momentos. “Ahora es difícil vivir de este arte no solo aquí, sino en cualquier sitio”. Por eso, no puede despegarse del carro y las escobas que cada día le permiten poner un plato de comida en la casa que comparte con su mujer y sus dos hijos. No obstante, el flamenco es su forma de vida.

“Lo llevaba en la sangre desde pequeño”

Si le preguntan cuándo supo que cantar sería su suerte, no duda en decir que el talento le asaltó “desde muy pequeño”. Su madre siempre fue cantarina y uno sus familiares fue el primero que le inculcó ese pellizco que solo los amantes del flamenco pueden cazar al vuelo. “Uno de mis tíos cantaba muy bien y cuando íbamos al campo a darnos una vuelta, lo escuchaba cantar y había que descubrirse. Aquello era un caramelo dulce. Cantaba muy bajito porque lo hacía por Marchena y cantaba como hablando. Era miel pura”.

Con el paso del tiempo, la distancia entre el arte y su vida se fue diluyendo. Hubo un punto de no retorno. “Notaba que lo llevaba en la sangre. No es algo que pienses con 20 años que te gusta, sino que o naces con eso o no lo haces. Es un sentimiento que lo llevas dentro. En los años 80, cuando salíamos a las discotecas de Granada, yo lo que quería era llegar a mi casa a escuchar a Valderrama, a Marchena, a Porrina, a Manuel Torres o a La Niña de los Peines. A mí me gustaba ponerme los casetes de aquellos maestros y no estar en la discoteca. Me encantaba escucharles cada domingo. Eran artistas que ya no existen. De otros tiempos”.

Así, llegó su primera oportunidad de la mano de Miguel Clavero en la Peña La Platería, una de las insignias flamencas de Granada. De la mano de su mentor, Manuel Palma “El Zahoreño” completó sus primeros cantes en público e hizo sus primeras giras por Andalucía, descubriéndose ante personas que quedaban embelesadas con su voz laína. Limpia, aguda y fina. Mientras comenzaba a cosechar premios y éxitos, siempre tuvo claro que tenía que buscarse un empleo que le asegurase el sustento. De esa forma, trabajó durante años con su suegro, después para Mercedes Benz y desde hace 18 años limpia las calles de Granada. Pero siempre sin despegarse de su talento.

“Mientras estoy trabajando me pongo mi radio para poder escuchar flamenco. Voy por la calle acordándome de todos los cantes y en mi casa me pongo a escuchar y ensayar. Cada vez que me sale alguna gala no puedo dejar de centrarme en ella”. Vive por y para su pasión, sin dejar de lado una vida personal de la que se confiesa enamorado. Con una sonrisa dice que su mujer y sus hijos viven con orgullo tener a un padre artista. No es para menos porque en cuanto empieza a entonar, el vello de los presentes se eriza de pura emoción.

“Lo que siento por el flamenco desde siempre es ser distinto a los demás. Si te gusta la música vives de otra manera. Yo al ser cantaor y vestirme de flamenco me siento diferente a aquellos a los que no les gusta la música. Soy una persona muy sentimental en todos los aspectos y siento que esto me lo ha dado el flamenco”. Porque en realidad no hay un solo Manuel, sino dos: “Me pongo a escuchar fandangos y lloro con eso, pero dejo de escuchar flamenco y vuelvo a la vida cotidiana y me convierto en otra persona porque llevamos la vida que llevamos”.

Sueña con un futuro en el que no le falte la voz y que sigan contando para él en todo tipo de eventos donde alguien quiera deleitarse con su arte. Ahora está en el circuito flamenco de la Diputación de Granada y participa en aquellas citas en las que puede compatibilizar su trabajo con su pasión. Seguidor de Enrique Morente, se confiesa superado por la figura de uno de los cantaores más reputados de nuestro país y la referencia de Granada. “Ha sido el maestro de todos nosotros”.

Un talento poco frecuente

Lejos de exageraciones, Manuel Palma evita definirse a sí mismo como un referente flamenco de la ciudad. Quizás por ello le acompaña Rafael Huertas “El Taruguillo”, una auténtica enciclopedia de este arte. Huertas es conocido por todos los que alguna vez han sentido el pellizco en su interior y a sus 82 años ha coincidido con grandes del cante como Juanito Valderrama al que llegó a tratar personalmente. Por eso, si habla de Manuel Palma, conviene escucharle.

El Taruguillo se deshace en elogios hacia El Zahoreño en una suerte de cruce de talentos que empequeñece al periodista que solo puede disfrutar de la simbiosis que se da frente a la casa veraniega de Lorca. “Manolo tiene una voz como la que tenía Manuel Vallejo. Una voz adaptada a los cantes de Levante. ¿Cuáles son? Son por ejemplo las malagueñas o las granadinas y ahí Manolo es muy bueno. Tiene una voz laína que le viene muy bien a esos cantes. A Manolo lo único que le habría faltado es nacer en Jerez o en Triana. Siempre que estoy con él, le digo que cante por granadinas o colombianas porque es lo que le llega al público porque tú te metes en un teatro y empiezas a cantar por seguidillas y si las personas no entienden de flamenco, no se emocionan, pero si les cantas un fandango de Vallejo o de La Niña de los Peines, a la gente le llega”.

La enciclopedia flamenca de El Taruguillo sabe bien lo que dice cuando asevera que Manuel Palma “El Zahoreño” puede “levantar el dedo en Granada porque es un gran artista”. Dice que su voz es única y difícil de repetir. Y al dejarle cantar se disipan las dudas, si es que alguien las tuviera. Por eso, Manuel Palma no piensa dejar el flamenco y, cuando la vida se lo permita, se dedicará enteramente a él. “Cuando me jubile iré por peñas ayudando a los más jóvenes”. Así que, mientras las calles y los viandantes de Granada disfruten de sus tarareos, larga vida a su duende.

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