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Dylan, ese misterio irresoluble: un libro se acerca al enigmático universo del músico

Bob Dylan.

Alejandro Luque

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Cuenta Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956) que en una conversación con Leonard Cohen, Bob Dylan admitió que su colega canadiense era el número uno, no sin puntualizar que él era “el número cero”. La anécdota sirve en bandeja a Jordá el título de su nuevo libro, Número cero, publicado por Libros del Asteroide, y también la manera de acercarse al universo del músico estadounidense y premio Nobel de Literatura, uno de los seres más enigmáticos de la creación artística contemporánea.

“Todo ser humano es un misterio irresoluble, pero en el caso de Dylan el misterio es mucho mayor porque siempre ha querido ocultarse detrás de toda clase de máscaras y alias y seudónimos e identidades falsas”, explica el autor, que presenta el libro este martes en Sevilla. “Dylan es como Odiseo, el hombre de las múltiples tretas y de las múltiples caras que al final es Nadie. Pero ese Nadie ha sabido construir una obra artística incomparable. Y sí, lo mantengo: Dylan es un misterio irresoluble: ese Nadie que ha sabido ser todos nosotros”.

En las páginas de Número cero se entiende que quizá ese haya sido uno de los grandes éxitos de Dylan: haber logrado desconcertar a todo el mundo, incluso a sus más atentos estudiosos. “Sí, Dylan ha desconcertado a todo el mundo, no sólo a sus biógrafos: uno de ellos, Robert Shelton, casi se volvió loco intentando descifrar su vida. Pero lo cierto es que Dylan empezó muy joven a ocultarse de todos los que lo conocían. Por ejemplo, su madre oyó un día que había un chico cantando en Minneapolis que se llamaba Bob Dylan, y al cabo de un tiempo descubrió que ese Dylan del que nunca había oído hablar era su propio hijo, Bobby Zimmerman”.

Invisible y omnipresente

Una experiencia similar tuvo su novia, Suze Rotolo, cuando “descubrió que aquel chico que tocaba la guitarra y vivía con ella en Nueva York y decía llamarse Bob Dylan y afirmaba no tener familia, en realidad se llamaba Robert Allen Zimmerman y había nacido en Minnesota y venía de una familia normal de clase media. Y todo porque un día llegó a su apartamento una cartilla militar a nombre de Robert Allen Zimmerman. Y es que engañar y ocultarse ha sido un propósito deliberado de Dylan desde que era muy joven. ¿Por qué? Por ese propósito de vivir sin que nadie pudiera meter las narices en su vida; es decir, de vivir como si fuera invisible. No sé si esto se debe a que Dylan se asusta de sí mismo o si es que teme que los demás descubran que detrás de Dylan no hay nada más que una máscara vacía. Pero el resultado es ese”.

Por otro lado, hay una contradicción evidente entre ese deseo de diluir su identidad, desaparecer, escurrirse, y la necesidad compulsiva del músico de mantener el contacto con el público. “Dylan sólo sabe vivir a través de la música”, asevera Jordá. “Su relación con los demás sólo es posible a través de las canciones, y por eso mismo necesita saber que su música llega al público y tiene una incidencia clara en la vida de los demás. Esa es la tensión permanente que impulsa su vida y su obra: querer ser invisible, pero al mismo tiempo necesitar la atención incesante del público que le permite expresarse como músico. Como músico y como creador, Dylan quiere ser omnipresente. Como persona, invisible. Y de ahí la tensión insoluble que anima su obra”.

El autor del libro.

La obra de Eduardo Jordá desgrana curiosidades biográficas, indaga en algunas de las personas que compartieron momentos de su vida con el astro, especula sobre ciertos comportamientos. Y cómo no, bucea en los significados de sus letras, que se antojan al mismo tiempo un modo de conocerlo y de arriesgarse a perderse aún más en su poliédrica figura. “Las letras de Dylan suelen ser muy complejas porque siempre procura eludir la confesión directa”, explica el autor. “En sus canciones no se sabe nunca muy bien quién habla ni quién cuenta la historia ni quién la protagoniza. En las letras, Dylan se diluye en varios personajes distintos y en varios puntos de vista contradictorios que destruyen el sentido de lo que se cuenta -en una canción, Dylan puede ser un predicador y un jinete y una tumba y una mujer que llora y otra mujer que va a matar a ese predicador y que quizá es la misma mujer o quizá no, y Dylan también puede ser la balada que un día contará esa historia, todo a la vez-, y si hay un yo al principio de la canción luego aparece un él y luego un ella y luego otra ella y después un nuevo personaje -o varios más- que van alterando por completo el sentido de lo que se cuenta”.

Un Nobel merecido

“Sus poemas -o las letras de sus canciones, si las llamamos así- funcionan como rompecabezas que intentamos completar pero que al final nunca nos permiten captar la figura central que los habita”, añade el escritor. “Una huella va borrando la anterior hasta que al final no sabemos de qué está hablando, aunque sí podemos sentir lo que había inspirado la canción (el dolor, la soledad, la amargura, la rabia, el desprecio, lo que sea). Es cierto que en su última época -a partir del siglo XXI- ha escrito letras más ‘transparentes’ y más fáciles de entender, pero la voluntad de ocultarse sigue estando ahí”.

Con esa lírica cantada, Bob Dylan conquistó en 2007 el premio Nobel de Literatura, un reconocimiento muy cuestionado en determinados círculos, pero indiscutible para Jordá. “Para mí merecía el Premio Nobel de Literatura, claro que sí. Dylan es un gran letrista, aunque sus canciones son muy complejas y siempre se alimentan de la tradición inacabable del Gran Cancionero Americano, desde las canciones de cowboys a los blues de los tugurios o las baladas que cuentan la historia de un asesino o de un juez borracho: de ahí extrae siempre su inspiración”.

Una última cuestión: ¿Habría surgido alguien como Dylan en el mundo actual, con la industria como está y con los canales de difusión y promoción que conocemos? ¿O es un hijo genuino del siglo XX? Jordá no duda en responder: “No, en el mundo actual es imposible que pudiera surgir un Dylan. Rosalía, por ejemplo, se pliega a todas las triquiñuelas de la mercadotecnia actual -bailes, vídeos, coreografías, outfits-, aunque es tan inteligente que finge muy bien que las está destruyendo. Pero un tipo como Dylan, que empezó cantando canciones muy largas sin más acompañamiento que una guitarra y una armónica, hoy en día sería imposible. Ahora no habría un productor como John Hammond que lo apoyara sin reservas ni unos estudios de grabación que arriesgaran 500 dólares en su primer disco. Hoy le preguntarían cuántos seguidores tiene en TikTok y cuántas camisetas vende en sus conciertos, y claro, el resultado sería: ‘No nos interesas, muchachito. Vuelve cuando tengas 100.000 likes’”.

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