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La particular lucha de las chumberas contra su pandemia

Chumberas en Rodalquilar, Cabo de Gata.

Consuelo Durán

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El paisaje de buena parte de la Cuenca del Mediterráneo no se entiende sin las chumberas, originarias de México y que pese a haberse naturalizado en nuestro país, no han conseguidos los papeles, por lo que cinco siglos después, siguen en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras. Esta categoría las está abocando a la extinción, dado que no se toman medidas para protegerlas de la plaga de la cochinilla, que se detectó por primera vez en 2007 en Murcia, pero que ya se ha extendido por todos los territorios donde es habitual esta planta, también conocida como tuna o higuera.

Cualquiera puede percatarse de que algo pasa con las chumberas, con un simple paseo por un camino rural o incluso en coche por la carretera observando las que tradicionalmente se han usado como linderos. Los primeros síntomas son manchas blancas y algodonosas, que con el paso del tiempo desembocan en la caída de las paletas y en la muerte de la planta, exterminada por una cochinilla, que a su vez la industria ha usado desde hace siglos para la producción del tinte color carmín (el del pintalabios).

El problema radica en que históricamente las tunas han convivido con la cochinilla D. coccus, pero la variedad que irrumpió en Murcia en 2007 y cuya voracidad está resultando letal es la D. Opuntiae, que amenaza la supervivencia de las en torno a 6.000 hectáreas que en las citadas comunidades autónomas suma una planta paradójicamente acostumbrada a las condiciones más duras.

El último anuario publicado por el Ministerio de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación, con datos de 2018, hablaba de una producción de 875 toneladas de fruto de esta planta, higo chumbo, en su mayoría para consumo en fresco, en toda España. El grueso, en Canarias, con 565 toneladas, seguida de Murcia (259), Comunidad Valenciana (35) y Andalucía (16). El mismo informe cifra en 130.160 los árboles diseminados, que son los suelen usarse como setos. Una década antes, cuando la cochinilla empezaba a dar avisos, la producción llegaba a 1.245 toneladas. Estaba a la cabeza Andalucía, con 578 toneladas, seguida de Canarias (332), Murcia (150), Extremadura (90), Comunidad Valenciana (54), Baleares (40) y de forma testimonial, Castilla-La Mancha (1). Los árboles diseminados eran 202.192, un 55% más hace una década.

Estos números reflejan claramente la caída de un cultivo que ofrece múltiples aprovechamientos -tanto para la alimentación humana como para el ganado y usos industriales y medicinales- y también la muerte de miles de árboles diseminados. En paralelo, se ha disparado el precio del popular higo chumbo.

De momento, una lucha de particulares

Cultivo con distintos fines, barrera infranqueable para terrenos, pero también refugio para la fauna y la biodiversidad y hasta seña de identidad cultural y gastronómica, la situación de la chumbera sí ha preocupado a distintos colectivos y organizaciones agrarias, pero con pocos resultados. Eso sí, en los últimos años se ha constatado un cierto retroceso de la cochinilla en Murcia, lo que permite abrigar cierta esperanza de que la chumbera no termine siendo tan solo un recuerdo de la infancia de los más veteranos.

La iniciativa más importante en este sentido ha sido el estudio llevado a cabo por el grupo de investigación de Entomología Agrícola de la Universidad de Córdoba por encargo de Asaja mediante un convenio firmado a su vez con la Diputación de Cádiz. “Por eso, la investigación se ha centrado en Cádiz, pero es un problema común. De hecho, está afectando a las chumberas en todo el Mediterráneo y no solo en España. No cabe la menor duda que es la plaga más severa que ataca a la planta y como no haya actuación rápida está en peligro de extinción”, explica el profesor responsable del mismo, Meelad Yousef Naef.

“Nuestro trabajo fue con un objetivo claro y preciso: la búsqueda de un método eficaz e viable a nivel económico y a nivel del medioambiente. Desde que comenzó el proyecto, sí que pudimos destacar algún método de control basado en aplicaciones de jabón potásico (producto autorizado para agricultura ecológica) con eficacia de hasta el 90%. Sin embargo, nuestra investigación fue limitada a un año y para sacar conclusiones sólidas a nivel de campo hay que hacer dos repeticiones en el tiempo por lo menos. No hubo continuidad por falta de presupuesto”, agrega.

“Para contener esta plaga tal y como está actualmente es necesita una intervención por parte de las administraciones. Sin embargo, los colectivos pueden hacer muchas cosas al respecto. Desde intervenciones individuales cada uno con las suyas a presiones para cambiar la posición hacia la chumbera a planta no invasora ya que forma parte del paisaje mediterráneo en general y del nuestro en particular”, continúa, a la vez que no se atreve a manifestar con rotundidad que en la propagación de la cochinilla con tanta virulencia esté influyendo el cambio climático. “Se necesitan estudios para concluirlo. Sin embargo, no descarto el efecto del cambio climático ya que para otras plagas está más que demostrado su efecto en la propagación y zonas de extensión de las mismas”, subraya.

La cuestión llegó incluso en forma de pregunta hasta el Parlamento de Andalucía la pasada legislatura, pero desde el ejecutivo respondieron entonces, y mantienen, que no es una plaga de cuarentena, porque no afecta a la salud pública ni a otros cultivos, ni tampoco está regulada por la Unión Europea, por lo que no implica obligaciones de erradicación. Deben controlarla los propios agricultores o titulares responsables de la vigilancia y control de las explotaciones.

Es más, no existe ningún producto fitosanitario autorizado en España para su uso contra la cochinilla, por lo que el control se debe hacer con prácticas como la destrucción de las paletas que hayan sido atacadas para evitar que se propaguen o la limpieza con jabón potásico de las colonias en las fases iniciales de la afección, cuya eficacia ha probado el referido estudio.

Este remedio han usado de hecho distintas administraciones locales para tratar de salvar incluso las plantas más emblemáticas de sus cascos urbanos, como es el caso de las que adornan el Cerro del Castillo en Lebrija, mientras que otros pueblos la han reivindicado plantando ejemplares en espacios públicos como es el caso del Ayuntamiento de Benahadux (Almería).

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