Los perros que buscan personas atrapadas bajo la nieve: “Para ellos es un juego que no saben abandonar”
En la alta montaña, cuando una avalancha cae el tiempo se convierte en un enemigo tan letal como la propia nieve. Bajo metros de material compactado, una persona sepultada pierde oxígeno con cada minuto que pasa. En ese margen estrecho entre la vida y la muerte, hay un tipo de rescatista que trabaja sin palas, sin sondas y sin palabras, pero con una precisión que ninguna máquina ha logrado igualar: el perro de rescate. En las últimas semanas su labor se ha vuelto a poner de relieve con dos intervenciones en el Pirineo aragonés tras sendos aludes. Una perra llamada Unkar, que forma parte del equipo del GREIM de la Guardia Civil en Jaca (Huesca), fue protagonista.
En una de las acciones marcó en apenas diez minutos el punto exacto donde se encontraba una de las víctimas. En la otra, trabajó durante horas buscando señales bajo una extensión de nieve inestable y peligrosa hasta quedar exhausta. La imagen del animal tiritando dentro de un refugio de montaña después de una jornada extrema recorrió medios y redes sociales. Pero más allá de la anécdota, esos días pusieron sobre la mesa una realidad poco reconocida: el trabajo constante, técnico y silencioso de los perros de rescate y de las personas que trabajan con ellos.
Porque Unkar, un Pastor belga malinois, no es una excepción. Se integra en una tradición operativa que en España y en los Pirineos se ha ido consolidando durante décadas y que hoy resulta indispensable en rescates por avalanchas, búsquedas de personas desaparecidas y grandes emergencias. Iván Muñoz Bernabé, bombero, guía canino y especialista en aludes, lo resume así: “Cuando se habla del rescate en los accidentes de alud, se hace mucho hincapié en la tecnología, pero hay otra herramienta de localización complementaria, cuyo trabajo, en la mayoría de las ocasiones, es invisible y que es fundamental dentro de un equipo de rescate organizado: el perro detector de víctimas vivas sepultadas por un alud”.
La expresión que utiliza -herramienta viva- no es una metáfora vacía. En una época dominada por dispositivos electrónicos, sensores y localizadores, el perro sigue siendo uno de los medios más rápidos y eficaces para encontrar a una persona enterrada bajo la nieve. No por romanticismo, sino por biología y entrenamiento. Muñoz Bernabé lo explica con claridad: “El perro trabaja principalmente por venteo, captando las partículas de olor humano que ascienden desde la nieve hacia el aire. Ese olor se filtra a través del manto nivoso y es lo que el perro detecta, aunque la persona esté a varios metros de profundidad”.
Eso permite batir áreas muy amplias en poco tiempo. Allí donde un equipo humano tardaría horas en sondear una ladera con varillas, un perro puede recorrerla en minutos, descartando zonas y concentrando los esfuerzos donde realmente hay probabilidades de encontrar a alguien. Pero para que eso funcione no basta con tener un buen olfato. Detrás hay un proceso largo y exigente de formación. “Un perro de rescate no nace hecho, se construye. Desde cachorro se le socializa con ruidos, personas, helicópteros, motos de nieve y todo tipo de estímulos para que nada le bloquee cuando llega a una intervención real”, señala el especialista.
Después llega el aprendizaje técnico: “Se le enseña a asociar el olor humano con una recompensa. Para el perro, encontrar a una persona sepultada es un juego, una búsqueda que acaba en su juguete favorito. Esa motivación es lo que le permite trabajar durante horas en condiciones extremas”. A lo largo de los años de formación y trabajo, el animal aprende a discriminar olores, a no confundirse con restos antiguos, a moverse sobre superficies inestables y a marcar con precisión. Solo entonces puede considerarse operativo. Y aun así, sigue entrenando toda su vida útil, que suele extenderse hasta los ocho o nueve años.
En ese proceso se crea un vínculo inseparable con su guía. “El perro y el guía forman un binomio. El guía no dirige la búsqueda: la interpreta. Es el perro quien encuentra, y el humano quien sabe leer lo que el animal está diciendo con su cuerpo”, explica Muñoz Bernabé. En un rescate real, ese diálogo silencioso es decisivo. Cuando el perro cambia de ritmo, levanta la cabeza o marca un punto con insistencia, el guía sabe que ahí hay algo. Entonces entran en acción los equipos de excavación.
Las avalanchas son uno de los escenarios más exigentes para estos binomios. El terreno es inestable, el riesgo de nuevos desprendimientos es constante y el frío extremo desgasta tanto al animal como a la persona. “A veces el perro llega al límite físico, pero sigue trabajando porque para él es una misión, un juego aprendido que no sabe abandonar”, subraya el guía canino. Eso fue lo que se vio en las últimas intervenciones en el Pirineo: perros trabajando durante horas, recorriendo zonas de nieve profunda, transportados en helicóptero y expuestos a viento, hielo y temperaturas bajo cero. La extenuación forma parte del trabajo, aunque pocas veces se haga visible.
Muñoz Bernabé insiste en que el rescate canino no sustituye a la tecnología, sino que la complementa: “Los detectores de avalanchas y los sistemas electrónicos son fundamentales, pero dependen de que la víctima los lleve. El perro no necesita nada de eso: solo necesita que haya habido un ser humano allí”. Por eso sigue siendo imprescindible cuando se desconoce cuántas personas hay sepultadas o incluso si alguien estaba en la zona en el momento del alud. También en búsquedas de desaparecidos o en grandes áreas abiertas, donde su capacidad para descartar terreno es inigualable.
El primer rescate documentado con un perro en una avalancha ocurrió en 1937, cuando un animal no entrenado marcó por iniciativa propia el lugar donde un niño estaba sepultado, permitiendo que fuera rescatado con vida. “Aquello demostró que el perro, incluso sin formación, ya tenía una capacidad innata para detectar personas bajo la nieve. Lo que hemos hecho desde entonces es perfeccionar y sistematizar esa habilidad”, recuerda Muñoz Bernabé.
En un territorio como el Pirineo, donde cada invierno miles de personas practican esquí de montaña, alpinismo o raquetas, estos equipos son una pieza esencial de la cadena de seguridad. Su trabajo no se ve en los días tranquilos, pero cuando ocurre una tragedia, son los primeros en buscar. Y quizá por eso la imagen de Unkar tras sus últimas búsquedas conmovió a tanta gente. No era solo un perro cansado: era la expresión física de una labor que combina instinto, técnica y una entrega absoluta.
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