Los miserables
El título de este artículo nada tiene que ver con la inmortal obra del novelista francés, Víctor Hugo, ya que no se refiere a la pobre condición material de sus protagonistas ni está esa pobreza entre las motivaciones de sus actos; sin embrago, podría tener sentido referirnos a ella como elemento de comparación, como un monumento a la grandeza moral, a la decencia y a la bondad frente a los miserables que han provocado la guerra en Irán, la apoyan o la justifican y a los que sí me quiero referir. Los primeros dirigen los Estados Unidos de América e Israel con un buen número de secuaces y su historial de desprecio a los derechos humanos, a la paz (cuyo Nobel con infinito cinismo reclaman) o a la vida humana de millones de hombres, mujeres y niños está más que acreditado. Para ellos todos los humanos no somos iguales y por eso no tenemos los mismos derechos, el éxito no consiste en vencer las dificultades y obtener la recompensa correspondiente al mérito, sino en aprovechar las ventajas y cometer cuantas trampas sean necesarias para salirse con la suya, la vida de sus enemigos (que son todos los que se oponen a sus designios) vale solo su capacidad para ser defendida; luego nada para el inerme, son maestros de la alevosía.
Los segundos, comparten buena parte de tales atributos, pero carecen de la fuerza bruta para la depredación y se nutren de la carroña. Esperan recompensa por su servilismo, por su bajeza, por su colaboracionismo. A la maldad unen el patetismo de repetir como un eco del American first: ¡los alemanes primero, los franceses primero o los españoles primero! Cuando deberían decir de sus compatriotas que como máximo son los segundos, porque nadie apea del pódium al gran depredador, al menos por separado. Curiosamente, los tres ejemplos citados forman parte de la Unión Europea desde donde se podría decir los europeos primero sin faltar a la verdad, aunque faltando muy gravemente a sus principios y valores, a su civilización y a su superioridad moral anclada en la igualdad, la libertad y la fraternidad; sin embargo, dicen defender más Alemania, más Francia, más España y menos Europa, como le gusta que hagan a ese remedo de Liberty Walance (Personaje de recomendable película con la que pensé titular este artículo).
Los últimos serían aquellos que justifican cualquier actuación que les salve de estar entre las víctimas, presumen de pragmáticos, de saber distinguir y apostar en consecuencia por el caballo ganador, no reconocerán que les mueve la codicia, pero la admitirán antes que enfrentarse con la verdad de su cobardía. No importa la razón ni la ley ni la palabra dada ni la justicia ni el derecho, ni siquiera la amistad o la compasión; se imponen, van de la mano la codicia y el miedo.
En nuestro país, en España, tras las amenazas de Trump contra los españoles por negarse el Gobierno de la Nación a permitir el uso de las bases militares compartidas en la guerra contra Irán han proliferado como plagas estos justificadores. El argumento es el grave perjuicio que, de cumplirse tales amenazas, provocarían en nuestra economía y que corean en tropel los analistas, periodistas y voceros de la derecha española con la inestimable aportación de algún que otro progresista del gremio más aficionado al ruido del escándalo que a la aburrida contención del rigor. Pero la verdad incontestable es que el incremento del precio de la energía y sus efectos sobre la inflación, la pérdida del poder adquisitivo de las familias, el incremento de los tipos de interés y su consecuente repercusión sobre las hipotecas, sobre la
competitividad de nuestras empresas y la posible destrucción de empleo tienen como única causa la agresión que contra el derecho internacional, sin el respaldo de la ONU ni del Congreso de los EEUU están llevado a cabo contra Irán ese par de miserables, y que cuanto más se prolongue esta canallada mayores serán los perjuicios que a todos nos impone su matonismo.
Por pragmatismo debemos aceptar la humillación y el chantaje que vimos infligir a Zelensky en la Casa Blanca, pero que lo fue sobre todo para el pueblo de Ucrania y para la Unión Europea que lo respalda; por pragmatismo debemos aceptar un acuerdo comercial que enmascara la imposición de aranceles; por pragmatismo una política de deportación de inmigrantes que utiliza el allanamiento de morada, la detención ilegal, el secuestro o el asesinato ante los ojos del mundo; por pragmatismo el genocidio en Gaza y el obsceno propósito declarado de construir sobre sus cenizas una ciudad para el turismo y el negocio inmobiliario; por pragmatismo el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, junto al pacto con el chavismo para hacerse con el petróleo venezolano mientras Corina Machado regala su dignidad y la de lo que representa; por pragmatismo Macron acepta las burlas humillantes o Merz calla y otorga cuando en su presencia se amenaza a España…En fin, por pragmatismo los daneses que viven tanto en Europa como en Groenlandia deberían preocuparse mucho por tanto pragmatismo.
Pero resulta que Pedro Sánchez no es un Jean Valjean ni tan siquiera un Quijote, a fuer de ser español, su comportamiento no responde a la defensa de los valores democráticos y los derechos humanos, ni está sostenido por la valentía o la dignidad. Sus detractores, los que apoyan la guerra contra Irán y los que la justifican han descubierto su verdadera motivación… Agárrense: el pragmatismo. Parece ser que los españoles estamos por el “no a la guerra” y aquí el pérfido Sánchez ve un filón electoral. ¿Le reconocerán al menos esa inteligencia superior que, al servicio de la maldad, ha conseguido convencer a Trump y a Netanyahu para que le ayuden a ganar las elecciones?
Como canta Serrat “si no fueran tan temibles nos darían risa, si no fueran tan dañinos nos darían lástima” (Los macarras de la moral), pero prefiero a Antonio Machado para concluir: “La envidia de la virtud hizo a Caín criminal. ¡Gloria a Caín! Hoy el vicio es lo que se envidia más.
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