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Cantal, Verena o Angosto: vivir en Aragón con un nombre poco común como parte de la identidad propia

Cantal

Naiare Rodríguez Pérez

18 de marzo de 2026 22:38 h

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Cantal, Verena o Angosto no son los únicos nombres poco habituales que se pueden escuchar en Aragón. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, en España existen decenas de nombres que apenas superan el centenar de personas. 

Nombres como Acher, Oroel, Francho, Arriel, Iguazel, Kefrén, Zilia, Naiare, Loïc, Belián, Lizer, Zairael, Gaelina, Anayet, Uruel, Chabi, Sukania, Ieltxu, Ixeya o Nayala apenas reúnen a unas pocas decenas de personas en todo el país. En muchos casos responden a tradiciones locales, a referencias religiosas o a decisiones familiares que buscan que el nombre sea diferente y tenga una historia propia.

Presentarse, repetir el nombre dos veces, deletrearlo y aun así comprobar que lo han escrito mal. Para muchas personas es una escena puntual, pero para otras es algo cotidiano. En Aragón hay quienes han crecido con nombres que casi nadie reconoce a la primera, nombres que sorprenden, generan preguntas o incluso bromas, pero que con el tiempo terminan convirtiéndose en una parte importante de su identidad.

Es el caso de Cantal, una joven de 27 años que, desde pequeña, ha tenido que explicar una y otra vez cómo se llama. “Siempre tengo que decirlo más de una vez cuando conozco a alguien o cuando hago una reserva en un restaurante. Lo repito y aun así muchas veces lo acaban escribiendo como quieren”, cuenta.

Su nombre llama la atención casi en cualquier contexto, ya sea al apuntarse a una actividad, en una lista o incluso cuando se presenta ante desconocidos. Durante años esa situación le generó incomodidad: “De pequeña era muy vergonzosa y no me gustaba llamar la atención. En cuanto decías tu nombre, todo el mundo preguntaba qué era o de dónde venía, y eso me hacía sentir rara”.

El origen de su nombre está en Oliete (Teruel), en la Sierra de Arcos. Su madre lo eligió por la Virgen del Cantal, una advocación local vinculada a una ermita situada en el pueblo. “Un cantal también es una piedra, y en la ermita hay una con una cruz tallada”, explica.

Con el tiempo, lo que antes le resultaba incómodo se ha transformado en motivo de orgullo. “Ahora me encanta y me siento única. Si hoy pudiera elegir mi nombre, no lo cambiaría por nada”, afirma, además de reconocer que le gustaría que sus hijos también tuvieran nombres especiales pese a que “cuando era pequeña decía que a los 18 me lo cambiaría”.

Durante años también tuvo que acostumbrarse a las bromas, ya que decían “Cantal y bailal”. “En ese momento no me hizo ninguna gracia, pensé que aquello me iba a arruinar la vida”, recuerda, aunque con el tiempo la frase dejó de molestarle y ya le resulta repetitiva.

De odiar el nombre a convertirlo en parte de la identidad

Algo parecido le ocurrió a Verena, zaragozana de 29 años. Hoy dice que le encanta su nombre, pero durante la infancia lo vivió de forma muy diferente. “Cuando era pequeña lo odiaba porque sentía que era muy raro y nadie se llamaba como yo”, explica. Con el paso de los años, sin embargo, cambió su percepción y se dio cuenta de que “era único y especial, y eso lo hacía precioso”.

Su nombre también suele generar confusión. “Normalmente lo digo despacio: ‘Ve-re-na’, y además aclaro que es con V. Aun así muchas veces me llaman Elena, Lorena o Nerea”, cuenta. Para facilitarlo, en ocasiones lo abrevia a “Vere”.

Con el tiempo ha encontrado incluso estrategias para que la gente lo recuerde. “Siempre digo que se acuerden del ‘bara bara bara, bere bere bere’, que es muy pegadiza”, explica entre risas.

Verena sabe que su nombre tiene origen alemán y significa “verdadera”. En su caso, también fue su madre quien la que lo eligió tras conocer a una chica que se llamaba así durante sus años de universidad. “Le gustó tanto que decidió que, si algún día tenía una hija, le pondría ese nombre”, cuenta.

Hoy lo considera parte fundamental de su personalidad y, según ella, su nombre ha creado su forma de ser y la hace “sentir especial”.

Para María Angosto, de 59 años, la relación con su nombre también ha sido un proceso. Nació en Miranda de Ebro, aunque su historia familiar está ligada a la devoción por la Virgen de Angosto, en Álava, de donde procede el nombre.

“Me gusta mi nombre, pero sí he tenido que aprender a quererlo”, reconoce, ya que durante su infancia no siempre fue fácil y algunos compañeros lo transformaban en bromas. En este sentido, recuerda cómo la llamaban “langostino” o lo relacionaban con el significado de “estrecho”.

Incluso en su vida profesional, durante las prácticas de Magisterio, decidió simplificarlo. “Les dije mi nombre a los niños y al día siguiente una alumna me dijo que su madre quería saber otra vez cómo me llamaba, porque no podía llamarme así”, recuerda. Desde entonces, en muchos contextos optó por presentarse simplemente como María.

Con el tiempo, sin embargo, ha investigado el origen de su nombre y su historia, algo que le ha permitido mirarlo de otra manera. “Eso me ha ayudado a valorarlo más y verlo desde otra perspectiva”, explica.

Nombres que apenas existen

Cantal, Verena o Angosto no son los únicos nombres poco habituales que se pueden escuchar en Aragón. Ese es el caso de Lizer, un niño de tres años cuyo nombre fue elegido deliberadamente por su vinculación con Aragón.

Sus padres buscaban un nombre aragonés y finalmente se decidieron por este, inspirado en San Licer, patrón de Zuera. Además, optaron por escribirlo con “z” para reforzar aún más su carácter propio. “Queríamos que tuviera un nombre de la tierra”, subrayan ambos.

Son conscientes de que probablemente tendrá que aclarar muchas veces cómo se escribe, pero no lo ven como un problema, ya que “cada vez que tenga que explicarlo también estará contando de dónde viene”.

De hecho, para ellos ese es precisamente el valor del nombre: “Nos gustaría que se sintiera orgulloso cuando sea mayor, porque llevarlo significa llevar las raíces de donde proviene allá donde vaya”.

Un nombre que cambia con el tiempo

Las historias de quienes tienen nombres poco comunes suelen compartir un mismo recorrido. Durante la infancia, cuando la diferencia pesa más, pueden generar incomodidad o inseguridad. Pero con el paso de los años, muchos acaban convirtiéndose en un rasgo distintivo.

Algo que resume bien Cantal, que hoy ve su nombre de forma muy distinta a cuando era niña. “Antes me hacía sentir rara. Ahora me gusta decirlo y me hace sentir especial”, afirma.

Porque, al final, lo que un día parecía extraño termina convirtiéndose en una forma de ser recordado. Y, en algunos casos, también en una historia que contar y, a veces, con las que recordar a Aragón.

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