Un siglo domando el agua del Ebro: del desarrollo hidráulico a los nuevos desafíos climáticos para la CHE
Pocos saben que la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE), que este año celebra su centenario, es una institución pionera en la gestión del agua y referente internacional por su modelo basado en la unidad de cuenca. Tampoco es muy conocido que el cálculo preciso del caudal solo es posible desde hace unas dos décadas o que el organismo tuvo dos sedes durante la Guerra Civil, ya que la cuenca del Ebro quedó dividida entre los dos bandos.
Impulsada por el ingeniero Lorenzo Pardo, la CHE fue la primera organización del mundo en gestionar el agua a escala de cuenca hidrográfica, un enfoque que no sería adoptado por Europa hasta el año 2000. Este modelo permite coordinar recursos, evitar conflictos territoriales al no darse derechos del uso del agua a las comunidades —la del Ebro implica a 9 autonomías y 18 provincias—, y gestionar tanto sequías como crecidas de forma integrada.
El gran impulso hidráulico se produjo a partir de la planificación de 1933 que luego se desarrolló especialmente en la década de 1960, con la construcción de grandes embalses como Yesa, El Grado, Mediano o La Sotonera, junto a sus canales asociados. Estas infraestructuras permitieron expandir el regadío y garantizar la producción de alimentos en un contexto marcado por la escasez.
Hitos en Aragón: agua y transformación del territorio
Entre los hitos más destacados de Aragón en estos 100 años se encuentra el denominado “abrazo de Tardienta” en 1982, que conectó los sistemas de riego procedentes de distintos embalses, mejorando la distribución del agua hacia zonas como Los Monegros.
En 1989, la llegada del agua potable a localidades como Bujaraloz o La Almolda supuso un cambio radical en un territorio de características semidesérticas, transformando las condiciones de vida de la población.
A estos hitos se suma la llegada del agua del Pirineo a Zaragoza, una infraestructura clave para garantizar el abastecimiento de la mayor parte de la población aragonesa.
Un punto de inflexión en la gestión del agua fue la Ley de Aguas de 1985, que estableció que las aguas subterráneas pasaban a ser dominio público hidráulico. A partir de ese momento, su gestión quedó integrada en las competencias de las confederaciones hidrográficas, lo que supuso un cambio fundamental en el control y planificación del recurso.
De la cantidad a la calidad: el papel del laboratorio
En la actualidad, la gestión del agua no se limita a su disponibilidad, sino que pone un fuerte énfasis en su calidad. El laboratorio de aguas de la CHE, con más de 50 años de trayectoria y 25 años de acreditación por ENAC, analiza entre 4.000 y 5.000 muestras anuales y más de 500 sustancias.
Entre los parámetros analizados se incluyen desde elementos básicos (calcio, sodio, nitratos) hasta metales, hidrocarburos, plaguicidas, medicamentos, hormonas y sustancias complejas. La función del laboratorio no es emitir alertas directas, sino informar a los gestores del abastecimiento para garantizar la calidad del agua suministrada.
Gestión de crecidas y papel de los embalses
La CHE también desempeña un papel esencial en la gestión de episodios extremos. A través del sistema SAIH, se monitorizan en tiempo real variables como la precipitación o el caudal, permitiendo anticipar crecidas y alertar a la población.
Ejemplos recientes, como el reciente episodio del río Aguas Vivas, han servido para mejorar los sistemas de control y respuesta. En este contexto, los embalses cumplen una función clave: laminar las avenidas y reducir los daños. Sin ellos, las crecidas serían mucho más intensas y destructivas.
La mayor riada del Ebro en Aragón de la que se tienen referencias precisas fue la de 1961, con un caudal estimado de unos 4.000 m³ por segundo. Aunque existen inundaciones anteriores —como una documentada en el siglo XIX—, no se dispone de mediciones exactas, ya que el cálculo preciso del caudal solo es posible desde hace unas dos décadas gracias a tecnologías como los sistemas Doppler.
En la actualidad, las crecidas más habituales en Zaragoza se sitúan entre 1.600 y 2.000 m³ por segundo. La denominada “avenida ordinaria”, que delimita el dominio público hidráulico, está fijada en 1.600 m³/s y tiene un periodo de retorno medio de unos tres años.
El papel de los embalses es clave en la gestión de estas crecidas. Infraestructuras como Yesa, Itoiz o el embalse del Ebro permiten laminar las avenidas, evitando que los caudales coincidan en un pico máximo y reduciendo así su impacto. Sin estas regulaciones, las crecidas podrían alcanzar caudales mucho mayores —en torno a 2.400 o 2.500 m³/s— y provocar daños significativamente más graves.
Pero el desarrollo hidráulico también ha tenido un coste social. La construcción de embalses implicó expropiaciones y el desplazamiento de poblaciones, una realidad que forma parte de la memoria de la cuenca.
En contraposición, destaca uno de los aspectos menos conocidos de la historia de la Confederación en materia de repoblación forestal. Hace un siglo, amplias zonas de la cuenca estaban prácticamente deforestadas, lo que favorecía la erosión y el arrastre de sedimentos hacia los embalses.
La reforestación de estas áreas permitió estabilizar los suelos, reducir la sedimentación y mejorar el funcionamiento del sistema hidráulico, constituyendo una actuación clave en la conservación del territorio.
Fenómenos extremos
La nueva política hidráulica apuesta por un límite sostenible en la asignación de recursos hídricos, evitando conceder derechos que no puedan mantenerse en escenarios de sequía. El objetivo es garantizar un equilibrio que permita afrontar futuros periodos secos —que inevitablemente se repetirán— sin generar crisis severas.
En este contexto, la modernización de los regadíos se presenta como una herramienta clave. Sistemas tradicionales, como algunos del Canal Imperial o amplias zonas aún pendientes en Bardenas, conviven con sistemas modernizados mucho más eficientes y resilientes frente a la escasez de agua. Aquellos que dependen de métodos más antiguos, como el riego por gravedad sin optimización, carecen de flexibilidad y, en años secos, pueden verse obligados a renunciar completamente a la producción.
Pero la modernización implica costes elevados y plazos largos, lo que genera reticencias entre algunos regantes. Sin embargo, programas recientes han impulsado inversiones importantes, y, aunque no se trata de una transformación inmediata, en un horizonte de 20 o 25 años sería posible modernizar la mayor parte de las grandes zonas regables.
A largo plazo, esta transformación permitirá afrontar los episodios de sequía con mayor seguridad y menor impacto para los usuarios, mejorando la sostenibilidad y la resiliencia del sistema hídrico.
Una institución en transformación: interdisciplinariedad y papel de la mujer
En las últimas décadas, la Confederación ha evolucionado desde un perfil dominado por ingenieros hacia un equipo interdisciplinar que incluye geólogos, químicos, biólogos, ambientólogos y otros especialistas.
En este proceso, la incorporación de la mujer ha sido especialmente significativa. Figuras como Maricruz Pintor, primera ingeniera de caminos en la institución; Marisa Moreno, jefa de área; María Teresa Santos, primera secretaria general; María Dolores Pascual, presidenta de la Confederación; Miriam Pardos, primera comisaria de aguas, o Esther Ruiz Durán, jefa del SAIH, han marcado hitos en esta transformación. Actualmente, cinco de las seis jefaturas de área están ocupadas por mujeres, reflejando un cambio profundo en la estructura y en la cultura organizativa, con una visión más orientada al cuidado y la sostenibilidad del territorio.
Un siglo después
Con motivo de su centenario, la Confederación Hidrográfica del Ebro ha organizado una amplia programación divulgativa, comisariada por el comisario adjunto de Aguas, Javier San Román, que incluye una exposición fija en Sástago, abierta entre octubre de 2028 y enero de 2027, centrada en la historia de la cuenca y su gestión actual. A ello se suma una exposición itinerante iniciada en diciembre en Reinosa y que recorre ciudades como Miranda de Ebro, Logroño, Vitoria, Pamplona, Huesca, Lleida y Tortosa.
El programa incluye también la publicación de un libro colectivo en el que han colaborado cerca de 40 autores, presentado en marzo y con un acto posterior el 16 de abril en Zaragoza, así como varios documentales —uno breve ya en circulación y otro de mayor duración previsto en las semanas siguientes— y contenidos para difusión digital.
Todo un patrimonio para conocer mejor el pasado y presente de un organismo que al principio se llamó Confederación Sindical Hidrográfica del Ebro, que cambió su nombre cuando llegó a la República por Mancomunidad Hidrográfica del Ebro, y desde 1934 pasó a ser definitivamente, la Confederación Hidrográfica del Ebro.
Aunque la documentación es extensa, se teme que falte documentación extraviada durante la Guerra Civil, ya que la cuenca del Ebro quedó dividida entre los dos bandos, lo que obligó a trasladar la sede de la Confederación republicana en varias ocasiones, desde Monzón hasta otras localidades como Mollerusa o Barcelona.
Las actividades del centenario —exposiciones, publicaciones y documentales— buscan acercar a la sociedad esta trayectoria. Tras cien años, el reto ya no es expandir el sistema, sino gestionarlo mejor: optimizar el uso del agua, adaptarse al cambio climático y garantizar el equilibrio entre desarrollo y conservación.
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