Pobres pero deshonrados
Los pobres nos dan pena, miedo, rabia y asco. El orden que nos provocan estas emociones altera el producto de su solución. La compasión sirve de ayuda, el asco de rechazo, el temor de huida y la rabia de rebeldía. Es el resultado de un estigma social con el que convivimos desde que nacemos. Lo padecen los otros, pero nos miran a nosotros. Es un fenómeno que analizó el sociólogo canadiense Erving Goffman en su obra de 1963 'Estigma: la identidad deteriorada'. En resumidas cuentas, el estigma social es la asignación de etiquetas negativas a personas o grupos por rasgos como su apariencia, salud, orientación sexual, raza o creencias. Estas etiquetas generan discriminación y exclusión, y no solo dependen de actitudes individuales, sino también de normas sociales y estructuras de poder que perpetúan prejuicios. Sus efectos van más allá del plano emocional: pueden provocar ansiedad, depresión y baja autoestima, además de limitar el acceso a oportunidades educativas, laborales o sanitarias. También afecta a las relaciones sociales, favoreciendo el aislamiento y dificultando la integración. El estigma mantiene desigualdades y afecta de forma profunda la vida de quienes lo sufren, por lo que resulta clave identificarlo y combatirlo para avanzar hacia una sociedad más justa. La pobreza es un tipo de discriminación. Quizás la más universal y numerosa. También la más cercana y con más historia. Tan longeva como el hambre y con tanto futuro como la desigualdad. Los pobres enriquecen a los que más tienen. Y éstos necesitan distanciarse para ejercer de poderosos. Es la principal clase social. Se trata de un grupo en el que nunca nos vemos y, a la vez, un colectivo en el que nos meten sin que nos enteremos. Hasta que llega la exclusión que obliga a tomar conciencia de que ya no pertenecemos a la sociedad, por mucho que queramos. La reinserción se ve como una 'okupación' de la paz social al poner en riesgo la estabilidad diferencial.
Nos tranquilizamos al imaginarnos que todos los pobres son unos estafadores. Nos engañan, por pedir en la calle para lo que no necesitan. Convertimos en vividores a todos los mendigos porque las mafias utilizan, en algunos casos, a sus hijos como negocio. Porque hay pobres, de verdad. Y luego están los que, de verdad, son pobres. Es lo mismo, pero no es igual. La sinceridad es tan cara que mentimos como pobres. Nos empobrecemos con las falsedades para tapar nuestras necedades. Debatimos sobre la prioridad nacional que nos imponen las derechas, pero no tenemos problemas en aceptar la prioridad dineral como regla general. Berlanga sentaba a un pobre en su mesa (Plácido, 1961). Y la iglesia católica acoge con la pasión de cada año a desfavorecidos como los de Lavapiés, lavando sus pies.
Somos pobres, pero honrados, es el grito que nos han impuesto los ricos para que nos sintamos orgullosos de nuestro raquítico bolsillo. Los que más tienen son unos desgraciados deshonrosos que malviven como opulentos indecorosos. La pobreza es fácil de eliminar. Se trata de prorratear la deuda que tenemos con los necesitados, de forma proporcional, entre los que tenemos más que ellos. Y hacerlo a través de una inversión en servicios públicos de asistencia y acompañamiento social para la reinserción. Entonces caemos en la cuenta de que todos seríamos pobres si tuviéramos que pagar de nuestro bolsillo la sanidad o la educación pública. Preferimos pensar que eso ya viene de serie con el nacimiento, y evitamos recordar las batallas que dieron los que nos antecedieron por hacerlo posible. No queremos ni pensar en que podamos perder lo cotidiano, votando a los que nos quieren convertir en mendigos, porque no podemos ser pobres.
Mientras, la alcaldesa de Zaragoza quiere castigar a los pobres por serlo. Porque ella lo vale y ellos no. Natalia Chueca inaugura mañana la Zaragoza que florece y no puede permitir que haya personas mustias durmiendo en el seno de los parques. Desenfocarían sus selfis de bien quedar y mejor posar. Las derechas califican al sinhogarismo como un problema individual de falta de civismo, y no asumen que se trata de un fracaso colectivo. Primero los castigan, luego los multan y finalmente les condenan a trabajos forzados para la sociedad. El negocio es redondo. Cuando la pobreza no puede ocultarse se penaliza, y si no puede pagar, se explota en beneficio de los que sancionan. Aprovechan también para estigmatizar y culpabilizar la diversidad cultural, creando problemas donde no los hay, evitando que las mujeres accedan con el rostro oculto a las oficinas municipales. Eso sí, la hipocresía de la condescendencia se muestra a la hora de utilizar parroquias católicas como supuesto punto de protección contra la violencia machista. Menos mal que no ha suscrito el convenio con el arzobispado para que acudan allí los niños que puedan sufrir violencia parental o acoso.
El problema de los pobres, para los ricos, no es que carezcan de medios para vivir, sino que ponen en cuestión el sistema que les hace poderosos. Porque aceptan la desigualdad, pero no la dignidad de los que menos tienen. Los quieren pobres, pero deshonrados.
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