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La decapitación de la cúpula militar siria

Iñigo Sáenz de Ugarte

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Una de las reglas sagradas de una dictadura es conseguir formar un anillo de seguridad impenetrable en torno a la cúpula del régimen. En caso de guerra, esas precauciones son aún más importantes. Por eso, el ataque del miércoles contra los principales responsables del aparato de seguridad sirio (todos menos uno, Maher Asad, el hermano del presidente) es especialmente sorprendente.

Unido a la noticia confirmada de fuertes combates en Damasco, equivale a una especie de ofensiva del Tet contra Asad. Aunque no consiga ahora sus objetivos, habrá dejado claro que el Gobierno no es invulnerable. No importa su superioridad en armas sobre los rebeldes. Si no está en condiciones de asegurar la capital, su final puede ocurrir en cualquier momento. Los habitantes de Damasco ya saben que la guerra civil no se limita a las zonas en las que el Gobierno no contaba de entrada con muchos partidarios. Los que estaban dudando en desertar tienen un motivo más para pensar en ello.

La muerte del ministro de Defensa no es tan importante como la de su segundo, Asef Shawkat, cuñado de Asad y el hombre que de verdad controlaba el Ministerio. También ha caído el ministro de Interior y ha resultado herido grave el jefe de los servicios de inteligencia, Hisham Bekhtyar. Toda una decapitación de la cúpula militar y policial que se ha llevado por delante a los hombres que tenían la responsabilidad de ganar la guerra civil.

La televisión gubernamental ha sido muy rápida en admitir la noticia, aunque luego han surgido las dudas porque el edificio en el que supuestamente se ha producido la explosión no presentaba daños exteriores evidentes. El Gobierno ha dicho que se ha tratado de un atentado suicida. Un grupo de la oposición ha afirmado que la explosión se ha debido a una bomba, de 45 kilos nada menos, escondida en el edificio desde hace tiempo. Teorías de la conspiración aparte (y habrá muchas de ellas), hay que apuntar que al Gobierno puede no interesarle informar del lugar auténtico de la explosión. En todo caso, no hay información confirmada suficiente como para conocer con exactitud las circunstancias del ataque.

Hay también imágenes de manifestaciones posteriores al ataque en Aleppo contra el Gobierno, que confirmarían que en otras ciudades relevantes el régimen ha perdido el control de la situación, y la denuncia de la oposición de que un helicóptero ha atacado a un cortejo fúnebre y matado a 15 personas.

Son muchos los vídeos aparecidos hoy con imágenes de combates en Damasco y los pueblos cercanos (hay más vídeos en The Lede, del NYT). La propia televisión oficial ha emitido imágenes de soldados disparando en la capital. No sabemos con qué intención han dado esa información, pero al menos sirve para confirmar que los enfrentamientos son reales.

El embajador sirio en Bagdad y miembro de una poderosa tribu a la que se suponía en buenas relaciones con el Gobierno, apareció este fin de semana tras anunciar su deserción con una fantástica teoría sobre la complicidad del régimen con todos los atentados ocurridos en Damasco en los últimos meses. Según dijo al Sunday Telegraph, los grupos armados yihadistas que habían sido utilizados en la guerra de Irak estaban ahora cumpliendo órdenes de Asad para extender el terror.

Toda guerra tiene su estrategia de desinformación y esta noticia era perfecta para ahuyentar el miedo de Europa y EEUU a la influencia de grupos yihadistas cercanos a Al Qaeda en las filas de la oposición siria. Los enemigos más peligrosos estaban en el campo de Damasco y no había nada de qué preocuparse en la victoria de los rebeldes. Lo ocurrido hoy no ayuda a confirmar esa teoría.

El Gobierno alardeaba ayer de que la primera ofensiva de los rebeldes contra Damasco había fracasado antes de empezar. Está claro que hoy se han comido sus palabras.

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¿Es el ataque contra los hombres fuertes del régimen un caso de terrorismo que no ha aparecido como tal en la prensa occidental? ¿Es un atentado suicida, si fuera eso lo que ha ocurrido, un ejemplo que no casa mucho con la idea de Primavera Árabe? Glenn Greenwald parece opinar eso. Antes de entrar en un debate que casi siempre termina con una larga discusión sobre la definición de terrorismo, previa identificación sobre quiénes son los 'buenos' y quiénes son los 'malos', hay que recordar que el ataque directo contra un objetivo militar es una típica acción de guerra. No así los atentados indiscriminados ocurridos en Damasco, y por eso el ex embajador en Irak se apresuró a negar la responsabilidad en ellos de los rebeldes.

Claro que en ese caso también tenemos un problema si recordamos el atentado contra el cuartel general de los marines en Beirut en 1983 o todas las emboscadas contra tropas españolas y de otros países occidentales en Afganistán.

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