Impotencia ante la guerra de Siria
Es de esas imágenes que no necesitan mucho contexto. 175.000 personas viven en este campamento de refugiados sirios en Jordania y todos dependen de la comida que facilita el Programa Mundial de Alimentos de la ONU.
Decenas de miles de muertos después, la guerra de Siria ha alcanzado ya el nivel que se intuía casi desde el primer momento: todas las opciones son malas, pero algunas son especialmente terribles. Entre estas últimas, está la de no hacer nada.
Ningún bando se ha impuesto al otro, lo que al menos habría permitido el fin de la mayor parte de los combates. No se ha producido ni la estabilización del frente ni una partición de hecho del país. No hay ninguna posibilidad de un acuerdo negociado ni existe un consenso claro entre los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU. Todo eso se intuía hace unos meses. Ahora es aún más evidente.
La denuncia de que el Ejército sirio utilizó gas sarín contra sus enemigos tampoco ha supuesto un cambio drástico de la situación. En primer lugar, porque la información es escasa y hasta sospechosa. Washington dijo que tenía datos de inteligencia fiables pero incompletos sobre su uso “a menor escala”. No parecía una confirmación tan incontrovertible como para iniciar una operación militar. Los vídeos habían sido difundidos por los rebeldes, obviamente interesados en forzar la intervención occidental en su favor.
La iniciativa había partido de la inteligencia militar israelí en lo que parece, según el periodista Alon Ben David, un intento del Gobierno de Netanyahu por forzar a EEUU a asumir un protagonismo que no desea. A largo plazo, es algo que Netanyahu intentará utilizar en su favor para convencer a Obama del camino que debe seguir en relación a Irán.
Los análisis de expertos no indican una conclusión clara en ningún sentido. De hecho, los vídeos difundidos no responden a los síntomas habituales en víctimas de ataques con gas sarín.
En cualquier caso las declaraciones de los políticos marcan unos límites (las famosas 'líneas rojas') que son muy difíciles de demostrar en la práctica, a menos que se trate de un ataque a gran escala, que no se ha producido porque perjudicaría los intereses del Gobierno sirio.
Hay hasta cierto punto un debate absurdo detrás de la discusión sobre las armas químicas. Pongamos que se demuestra que se ha producido un ataque con ese armamento en el que ha muerto un número significativo de personas, entre 100 y 200. ¿Es eso más grave que los miles de muertos, los centenares de miles de refugiados o las ciudades destruidas por armas pesadas?
La realidad es que por cada vez que se insiste en la complicidad de Rusia con Damasco, hay que recordar varias veces que ningún Gobierno occidental muestra mucho apetito por intervenir en un momento en que la guerra no tiene ya vuelta atrás. Nadie quiere afrontar la única solución definitiva, que no pacífica, que consiste en invadir Siria, después del error estratégico de Irak. Opciones de menor rango, como la zona de exclusión aérea impuesta en Libia, llegan demasiado tarde y, como mucho, podrían detener los combates en algunas zonas del país. En este caso, casi dependen por completo de Turquía.
Invadir Siria equivale a elegir un vencedor en la guerra y resignarse a una posguerra tan impredecible como la iraquí. Todos los intentos de hacer posible un frente político unido de la oposición siria que reúna a sectores laicos e islamistas han fracasado. No hay ningún 'caballero blanco' por el que se pueda apostar y sobre el que construir una alternativa de futuro asequible a los intereses occidentales. Lo que parece es que la derrota de Asad sólo puede provocar un régimen suní islamista que a largo plazo será hostil a Occidente e Israel, y curiosamente también a Irán e Irak.
Benedict Brogan, del Telegraph, es un periodista que hubiera aceptado casi cualquier opción militar para derrocar a Asad. Reconoce que en estos momentos y por distintas razones que ningún Gobierno occidental está dispuesto a ir hasta el final. Son los pecados de la década anterior (Irak) y los de la actual (la austeridad) los que tienen atenazados a EEUU y el Reino Unido. Los británicos ya enterraron su prestigio militar en Basora y Helmand y no tienen muchas ganas de volver a engañarse.
La insistencia en hablar de las armas químicas es un ejemplo. Serviría para justificar una acción limitada en las bases donde se encuentran los arsenales y habría fondos suficientes para afrontarla. Más allá de eso, sólo queda la resignación. Paralizados por la falta de salidas viables, todo el mundo espera a que el Gobierno sirio se desmorone solo y, al no hacerlo, deja a todos sin respuestas.
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