La nueva Europa de Le Pen
Aceptar que la eurozona debe ser gobernada por una tecnocracia para la que no hay alternativa y horrorizarse por el resultado del Frente Nacional en la primera vuelta de las elecciones francesas es un ejemplo de ceguera que ya empieza a no llamar la atención. Los mismos medios que afirman que no hay más salida que el discurso de la austeridad que emana de los centros de poder de Berlín y Bruselas nos llenarán mañana de reflexiones sobre el peligro que suponen los votos de Marine Le Pen, superiores a los conseguidos por su padre en anteriores comicios.
Nos harán ver que debemos hacer algo para impedir esta deriva autoritaria sin reconocer nunca que todo proviene del discurso oficial por el que los gobiernos han perdido toda autonomía para responder a la crisis y se limitan enviar a buena parte de sus votantes la idea, francamente poco atractiva, de que no se puede hacer más y el que no llegue a fin de mes que se busque la vida porque no hay más dinero.
Mañana, el Gobierno holandés anunciará probablemente que no tiene mayoría para gobernar y que está obligado a convocar elecciones anticipadas. El caso de Holanda es especialmente significativo. Lleva un tiempo alentando la presión contra los países periféricos de la UE, el típico ejemplo de sociedades holgazanas que vivían por encima de sus posibilidades, y ahora se encuentra con que tampoco va a estar a la altura de las exigencias luteranas de la Alemania de Merkel en materia de déficit. La convocatoria a las urnas puede ser una excelente oportunidad para que el ultraderechista Geert Wilders aumente su influencia. Y si lo hace, nos vendrán con el mensaje de que se necesita más Europa para hacer frente a esta amenaza.
Leí hace unos días un resumen de un mitin de Marine Le Pen y me sorprendió que la mayoría de sus reclamaciones, con la muy importante excepción de la inmigración, podía ser suscrita perfectamente por un líder de Izquierda Unida en España o de la izquierda francesa o italiana. Eso no quiere decir que la izquierda o la derecha radicales defiendan lo mismo (no, por favor). Creo que demuestra que el discurso vacío de conservadores y socialdemócratas está dejando sin oxígeno la democracia, sin la capacidad de distinguir entre las opciones políticas que han recibido en las últimas décadas la mayoría de los votos. Y ese inmenso vacío puede ser ocupado por cualquiera, en especial si sabe tocar las teclas adecuadas del descontento popular.
Las circunstancias locales influyen. Lo que ocurre en Francia no tiene por qué repetirse en Holanda y España. Un candidato como Marine Le Pen puede ser más convincente que otros políticos ultras en otros países, o que su propio padre. Si en tres meses el PP decide en España que una de las prioridades es quitar la asistencia sanitaria a los inmigrantes sin papeles, poco espacio deja a una formación política de extrema derecha que quiera pescar en el vivero de la xenofobia. Lo que en un país tiene un éxito inesperado puede resultar irrelevante en un Estado vecino.
Lo que sí permanece en todos los casos es una sensación de hartazgo popular con las soluciones de los políticos, o la falta de soluciones. ¿Más Europa? Lo que está ahogando a las sociedades europeas es el discurso único elaborado por una serie de contables que han impuesto una forma de hacer política que no permite ninguna disidencia. Eso deja a muchas personas cerca de posiciones de extrema izquierda o extrema derecha en las que ellos nunca se situarían en condiciones normales. Pero lo que está ocurriendo ahora mismo en Europa no es precisamente normal.
Foto del Flickr de Marine Le Pen.
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