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Schröder no es el único amigo alemán de Putin

Iñigo Sáenz de Ugarte

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No mucho tiempo después de abandonar la política alemana, Gerhard Schröder se fue al Este a ganar dinero. Es presidente de Nord Stream AG, un consorcio formado para la construcción de un oleoducto submarino entre Rusia y Alemania para el suministro de gas, proyecto que tiene todo el apoyo de ambos gobiernos. El gigante ruso Gazprom cuenta con el 51% de las acciones de Nord Stream AG. El resto está en manos de empresas alemanas, francesas y holandesas. En su página web, el consorcio afirma que el proyecto es algo más que un oleoducto. “Es una parte esencial de la futura seguridad energética de Europa”. No creo que Merkel discrepe de esta idea.

Schröder ha celebrado esta semana su 70º cumpleaños en San Petersburgo, y qué mejor que invitar a su gran amigo, Vladímir Putin, como se puede apreciar en unas imágenes oscuras y granuladas, como si fuera un encuentro clandestino vigilado por la policía.

Los medios cuentan que en Alemania políticos y periodistas están avergonzados, que la política exterior alemana ha quedado en evidencia. Ya sabemos que lo del ex canciller alemán eleva la expresión puerta giratoria a una dimensión gigantesca, pero ¿es Schröder el único dirigente alemán que no tiene inconveniente en dejar patente su cercanía a Rusia o al Gobierno ruso?

No lo parece. Entre los que han mostrado apoyo o comprensión a Rusia, o los que opinan que las críticas a EEUU y la UE en la crisis ucraniana son mucho más necesarias que las que pueda recibir Rusia, podemos encontrar (y sólo en un artículo de Der Spiegel) al ex canciller Helmut Schmidt, al portavoz de exteriores de la CDU en el Parlamento, al líder de la CDU en Renania del Norte-Westfalia, a la vicepresidenta de Die Linke, o a uno de los vicepresidentes del euroescéptico AfD.

Con tanta diversidad ideológica, es fácil llegar a la conclusión de que no hay una sola razón para estas opiniones.

Y en cualquier caso, sabemos que la actitud de Alemania en cuanto a las sanciones a Moscú ha sido de una gran moderación. Merkel ha hablado más veces por teléfono con Putin que con Obama. Si su Gobierno decidió en su momento que abandonaría la energía nuclear, está claro que no puede hacer lo mismo de forma simultánea con el gas natural que llega de Rusia.

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