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Las 'mascotas' desde la óptica antiespecista

Muchas personas que se consideran amantes de los animales y sienten a perros  y gatos como parte de su familia jamás se han planteado eliminar de su plato a otros animales con idéntica capacidad de sufrir que sus amadas mascotas, ni mirar la etiqueta de un determinado producto para comprobar si ha sido elaborado a costa del sufrimiento atroz de un animal. Es la cultura del mascotismo

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Rudy y Ainhoa, rescatados de la explotación por el santuario El Valle Encantado.

Rudy y Ainhoa, rescatados de la explotación por el santuario El Valle Encantado.

Para una persona que se considere a sí misma antiespecista, compartir la vida -y el espacio vital- con uno o varios animales no está exento de ciertas paradojas. Al fin y al cabo, abogamos por que todo ser sintiente tiene derecho a vivir acorde a su propia naturaleza. Sin necesidad de estar sometido a los caprichos y designios de los seres humanos. Con la posibilidad de ser lo que son: libres, al fin y al cabo. Y sin embargo, las propias características y la historia de estos animales, íntimamente ligada a la del ser humano, los convierte en una singular excepción.

Los animales llamados 'de compañía', perros y gatos fundamentalmente, nos han acompañado durante siglos. Hemos moldeado a los primeros a nuestro antojo para que se adaptaran mejor a nuestras necesidades, seleccionando a los más grandes y a los más resistentes para emplearlos en labores de vigilancia o trabajo. Hemos cruzado a los más veloces para nuestra propia diversión, a los más voraces para que nos ayudasen a cazar, y a los más dóciles y pequeños para compartir con ellos nuestro hogar. Hoy, cuesta pensar que un gran danés y un yorkshire pertenezcan a la misma especie, esa que desciende directamente del lobo. Esa que, sin la protección del humano, se vería abocada en la gran mayoría de los casos a una muerte segura en cuestión de pocas horas o días.

Por su parte, los felinos forjaron con los seres humanos una relación de conveniencia mutua: ellos mantenían los hogares limpios de incómodos roedores a cambio de los restos de comida, al tiempo que nos permitían admirar de cerca los gráciles movimientos de sus hermanos mayores, los grandes felinos. Y siempre y cuando ellos quisieran, se mostraban cariñosos y cercanos, con ese incomparable y relajante ronrroneo.

Hoy en día, la gran mayoría de los animales de compañía que conviven con nosotros están fuertemente desnaturalizados. Salvo en el ámbito rural, poco queda de aquellas tareas que les fueron encomendadas. Y es así en beneficio de los propios animales, que ya no son concebidos como una mera herramienta de la que desprenderse cuando deja de sernos útil: hoy, muchos de esos animales reciben cariño, protección y cuidados veterinarios.

Sin embargo, existe un maltrato mucho más generalizado y sutil. A diario vemos cómo humanos irresponsables limitan sus paseos diarios a poco más que orinar en la puerta de casa. Perros que se adquieren para colmar un capricho y a los que se confina a vivir en una habitación, minúsculo jardín o terraza. Perros a los que, en definitiva, no se les deja ser perros. No: no es cierto que un perro no pueda vivir en un piso. Los perros son animales de guarida y encuentran acomodo en pocos metros. Pero eso no quita para que necesiten un ejercicio diario, independientemente de su tamaño. Un ejercicio y unos paseos que, a menudo, brillan por su ausencia por culpa de la irresponsabilidad.

Un negocio oscuro

Muchos de esos perros son adquiridos en tiendas o directamente a criadores. El comercio de estos animales es, de hecho, un lucrativo y suculento negocio que mueve 1.300 millones de euros al año en Europa. Aún seguimos escuchando a los niños pedir a sus padres y madres que les compren un perro, y rara vez éstos contestan que los animales no se compran ni se venden, sino que se adoptan. En un escenario como el actual, con más de 150.000 perros abandonados al año sólo en España -o lo que es lo mismo, uno cada tres minutos- y decenas de miles de gatos viviendo en colonias descontroladas, comprar uno de estos animales es un acto profundamente inmoral. Sólo un dato: España es el país de la UE con la mayor tasa de abandonos, lo que responde directamente a la falta de control institucional de este tipo de cría descontrolada y a una cultura profundamente irrespetuosa y cosificadora hacia los animales.

En el lado opuesto se encuentran países modélicos como Alemania, donde el ciudadano que quiere adoptar un perro ha de acreditar o recibir una formación específica, así como pagar un impuesto anual. Antes de recibir al animal en adopción, personal especializado visita tu hogar varias veces para comprobar de primera mano cuáles son las condiciones en las que vivirá. Por descontado, el perro puede acceder a prácticamente todas partes: tiendas, restaurantes, transporte público o grandes superficies.

Adoptar a un animal y compartir espacio con él es una decisión importante. De las que te cambia la vida, y siempre para bien. En muchos casos, nos hace darnos cuenta del aprecio que podemos llegar a sentir hacia los animales no humanos, a los que consideramos como parte de nuestra propia familia. Una circunstancia que encierra, también, una gran paradoja: son miles los hombres y mujeres que conviven con perros y gatos e, incluso, los que se consideran a sí mismos amantes de los animales por el hecho de hacerlo. Personas que, sin embargo, jamás se han planteado eliminar de su plato a otros animales que tienen idéntica capacidad de sufrir que sus amadas mascotas, o que no se plantean mirar la etiqueta de un determinado producto para comprobar si ha sido elaborado a costa de un sufrimiento atroz, inimaginable. Es la cultura del mascotismo, esa que considera que los llamados 'animales de compañía' están, dados los beneficios que nos aportan, en un escalón superior en cuanto al respeto y la protección que merecen recibir por nuestra parte. No deberían estarlo. Porque al fin y al cabo, los animales no son nuestros. Ni siquiera los perros y los gatos.

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