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Otro modelo, otros tiempos

El alpinismo en su versión europea y occidental jamás ha sido considerado o percibido como un deporte de equipo. Más bien todo lo contrario. Para la mayoría de sus practicantes ha sido y sigue siendo una actividad rabiosamente individualista en la que la alianza y la colaboración son coyunturales o se restringen a una célula, a un grupo muy reducido de amigos, cómplices o asociados que jamás excede de tres. De hecho, siguen siendo legión los montañeros que piensan que el alpinismo más puro es el que se ejerce en solitario o que las grandes, las mayores hazañas de este deporte han sido las llevadas a cabo por individuos “abandonados” a su suerte o que actuaron al margen de sus compañeros. Para comprobar este extremo, basta pensar en la reputación de la que gozan o gozaron Messner, Jerzy Kukuczka, Walter Bonatti, Hermann Buhl, Denis Urubko, Alex Honnold o el difunto Marc-André Leclerc, y en la forma en la que la obtuvieron.

Esta interpretación, que ahora se ha extendido por la totalidad del planeta y resulta casi hegemónica, no debería hacernos olvidar la existencia de, al menos, un modelo alternativo o diferente, el practicados por los alpinistas soviéticos a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, entre 1950 y la disolución de la U.R.S.S. el 8 de diciembre de 1991. El alpinismo soviético fue ideado y construido con la voluntad expresa de distanciarse y oponerse al practicado en Occidente. Su concepción de este deporte obedecía a unos principios y prioridades completamente alejados del individualismo, la iniciativa y el emprendimiento capitalistas. Los ideólogos del régimen consideraban que la práctica montañera debía seguir unas directrices marxistas-leninistas renunciando a las lacras que la habían acompañado desde su nacimiento a finales del siglo XVIII. Frente al elitismo, el individualismo y la neutralidad política ellos proponían un deporte popular, abierto a toda la sociedad, accesible a trabajadores y estudiantes; de equipo o colaborativo, sin divos ni estrellas y, finalmente, politizado o patriótico, comprometido con su país y el Partido Comunista.

El resultado de este cóctel arroja luces y sombras, aspectos positivos y otros que no lo son tantos. Por un lado, los montañeros soviéticos siempre contaron con el apoyo, la ayuda económica y el reconocimiento de las instituciones públicas; por otro, las regulaciones, la supervisión, la planificación y el escrutinio sobre lo que hacían o dejaban de hacer podían llegar a ser asfixiantes porque nada escapaba al control burocrático del Estado. En este sentido, su situación o el trato que recibían no distaba mucho del dispensado a gimnastas, atletas o nadadores. Se trataba de un deporte intervenido y completamente amateur en el que la autonomía e iniciativa personales brillaban por su ausencia.

Una de las peculiaridades que más llaman la atención de este sistema es la de los llamados “campamentos alpinos”. No sabemos cuándo o quién comenzó a organizarlos, lo que sí sabemos es que acabaron convirtiéndose en una especie de centros estatales de tecnificación en los que los participantes se formaban y entrenaban a lo largo de periodos de 24 días bajo la supervisión de instructores no profesionales que contaban con una dilatada y probada experiencia en esta actividad. En sus mejores tiempos, hubo un total de 20 campamentos alpinos. Debido a su proximidad a los principales centros urbanos, muchos fueron emplazados a lo largo del Cáucaso Norte, especialmente en las inmediaciones del Elbrus y en el valle de Bezengi (Spartak). Otros, sin embargo, se establecieron en la vertiente georgiana de la misma cordillera (Zeskho, Ailama, Nakra, Shkhara-Svaneti) o en localizaciones mucho más remotas: Altai, Tien Shan (Zailysky Ala-Tau) o Pamir (Alaisky, Gissarsky). Actualmente, la mayoría ha desaparecido o se encuentra en una situación de semiabandono como sucede con el de Zeskho, fundado por el montañero georgiano Jokia Gugava en 1978 en el pueblo del mismo nombre. No obstante, existen algunos testimonios fotográficos como los publicados por Dmitry Pruss en https://www.summitpost.org/ que permiten hacerse una idea de cómo eran y quién los frecuentaba.

Otra de las pequeñas o grandes peculiaridades de este modelo era la existencia de competiciones montañeras denominadas “alpiniadas”. Los participantes se enfrentaban a distintas pruebas de creciente dificultad para poner a prueba sus habilidades. Los triunfadores no solamente obtenían medallas de oro, plata y bronce sino que, además, tenían la oportunidad de ascender en el escalafón pasando de ser montañeros de 3ª clase a montañeros de 2ª o 1ª. En este sistema, la máxima distinción, la de Maestro Laureado del Deporte de la U.R.S.S. se reservaba a los alpinistas fuera de lo común, a los que contaban con ascensiones de mucha dificultad y una experiencia de décadas. Esos fueron los casos, por ejemplo, de Vitaly Abalakov, Misha Khergiani o Evgeni Kolokolnikov.

Por cierto, las obras en las que nos hemos inspirado y extraído información para redactar esta entrada han sido dos. La primera es un artículo titulado “Mountaineering in the U.S.S.R.” que fue publicado en 1956 en el número 293 de The Alpine Journal a resultas de la conferencia que Evgeni Beletsky ofreció ese mismo año (5-VI) en la sede londinense del Alpine Club. La segunda es The red snows, un libro editado en 1960 y firmado por John Hunt y Cristopher Brasher que recoge los acontecimientos que tuvieron lugar durante la Expedición Británica al Cáucaso de 1958.

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