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Sobre este blog

La palabra muruza es montañesa. Significa “conjunto desordenado de cosas por lo general menudas” y en particular “ingredientes”. Es una palabra que carece de vitalidad. Y no por insuficiencia propia, sino debido a la situación de diglosia o depreciación de lo propio (por lo general inducida) que padece el montañés. Lo mismo sucede con el resto de modalidades lingüísticas cántabras. Así, que las esquilas pasen a ser quisquillas cuando se cocinan, los muergos navajas, los muriones caracolillos o que no haya carne de jatu a la venta en las carnicerías son situaciones anómalas provocadas por este problema, la diglosia, cuya solución pasa por el aprecio a lo propio. Y sabido es que no se puede apreciar nada que no se conozca.

El ser humano es en lo que le rodea. La cocina es una forma de ser.

Y de estar, de ahí la expresión cultura del territorio.

Ser y estar son nuestras dos coordenadas vitales básicas. Ningún lugar mejor que éste para empezar.

Las fotografías, todas originales y en blanco y negro, propiedad del autor, aluden al texto, no necesariamente de forma explícita. La relación no es unívoca. Lo mismo sucede con los textos, de redacción fragmentada, cuya ligazón requiere del esfuerzo liviano si bien sostenido del lector. Y como en la cocina, no es obligado seguir receta alguna.

Dientes, culebras y leche

Mujer e hijos, y sombra. Sin localización conocida. | Mario Corral

Puede ocurrir en cualquier momento, sentir dentro de la boca un pedacito de algo duro, como cuando se come un melocotón sin cuidado y te llevas parte del corazón, que se descascarilla, pues igual, lo sacas y es blanco y pincha, y es entonces cuando te das cuenta que es un pedacito de diente.

Fui al médico y es que tengo bruxismo.

El bruxismo es cuando aprietas los dientes por estrés y se rompen.

Estando en Olea un vecino nos contó que cuando de niños se les caía un diente lo posaban en un saliente de la portada de la iglesia, que es románica. Les parecía éste el sitio apropiado para dejarlos, quizá por simpatía entre diente y taqueado jaqués, el ajedrezado asociado al Camino de Santiago que ribetea la iglesia.

En la casa montañesa es frecuente encontrar el mismo elemento decorativo en madera, en los balcones y aleros. No recibe nombre concreto, pero es un motivo que se toma por dientes, lo mismo que otros representan cuerdas, soles u ojos, no siempre de forma evidente.

El programa decorativo del Románico nos es ajeno, responde a una lógica perdida, indescifrable. Cuál sea el significado de los músicos tallados en los canecillos de los templos, de los animales o de las escenas de sexo, lo ignoramos. Pero en Cantabria se conservan tradiciones que pueden darnos pistas.

Es relativamente frecuente encontrar en canecillos o modillones mujeres no sé si amamantando culebras o que las culebras las han asaltado para chuparles la leche directamente de los pechos. Así en San Martín de Sobrepenilla (Valderredible), San Andrés de Rioseco (Santiurde de Reinosa) o en San Pedro de Cervatos (Campoo de Enmedio), iglesias todas de la comarca de Campoo - Los Valles. A veces estas mujeres son sirenas.

Estas escenas se han asociado tradicionalmente, dentro de la tradición académica, digo, a la lujuria.

Pero en Cantabria se cree que a las culebras les gusta la leche. Tanto es así que si una mujer se queda istil o sin leche se entra a considerar muy seriamente la posibilidad de que se haya quedado dormida en el campo y la culebra haya aprovechado para dejarla seca. Más que de lujuria, pues, estaríamos hablando de pereza.

Nuestra tradición campesina, de naturaleza oral, parece no haber cortado el cordón umbilical que la une con la lógica románica.

Cuentan en Tudanca de aquel hombre que daba de beber a una culebra, silbaba y venía, y que le daba directamente del jarmosu, la jarra pastoril de madera, hasta que marchó a cumplir con el servicio militar y al volver silbó, la culebra respondió a su llamada pero a diferencia de otras veces se le enroscó al cuello hasta ahogarlo, por amor.

El olor a leche de los bebés también representa un peligro. Las mujeres los llevaban a las tierras, dejándolos al cuidado de algún otro hijo o solos, en el escanillu, la cuna que es como un cajón con el sol a la cabecera y la luna a los pies, cerca de los jisos o hitos por ser éstos elementos que se procuraba estuvieran a la vista dado que servían para delimitar las parcelas cuando no había paredes de por medio. Mi madre tiene el recuerdo de quedarse en el jisu al cuidado de su hermana. También recuerda cuidar de ella en el balcón de casa. Los tornos de los balcones tienen que tener la distancia precisa para que no quepa la cabeza de un niño. También cumplía esa función, el balcón, espacio liminal por antonomasia, que venía a sumarse a la de secar la cosecha, tender la ropa, plancharla con piedras o asearse a la luz.

Las culebras, que dicen en Cabuérniga que para avanzar más deprisa se muerden la cola y echan a rodar por las cuestas. Qué otra cosa si no el uróboros griego, símbolo del esfuerzo eterno.

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La palabra muruza es montañesa. Significa “conjunto desordenado de cosas por lo general menudas” y en particular “ingredientes”. Es una palabra que carece de vitalidad. Y no por insuficiencia propia, sino debido a la situación de diglosia o depreciación de lo propio (por lo general inducida) que padece el montañés. Lo mismo sucede con el resto de modalidades lingüísticas cántabras. Así, que las esquilas pasen a ser quisquillas cuando se cocinan, los muergos navajas, los muriones caracolillos o que no haya carne de jatu a la venta en las carnicerías son situaciones anómalas provocadas por este problema, la diglosia, cuya solución pasa por el aprecio a lo propio. Y sabido es que no se puede apreciar nada que no se conozca.

El ser humano es en lo que le rodea. La cocina es una forma de ser.

Y de estar, de ahí la expresión cultura del territorio.

Ser y estar son nuestras dos coordenadas vitales básicas. Ningún lugar mejor que éste para empezar.

Las fotografías, todas originales y en blanco y negro, propiedad del autor, aluden al texto, no necesariamente de forma explícita. La relación no es unívoca. Lo mismo sucede con los textos, de redacción fragmentada, cuya ligazón requiere del esfuerzo liviano si bien sostenido del lector. Y como en la cocina, no es obligado seguir receta alguna.

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27 de julio de 2019 - 22:02 h

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