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OPINIÓN | 'Todo cuanto se recorta, mengua', por Rosa María Artal
Sobre este blog

La palabra muruza es montañesa. Significa “conjunto desordenado de cosas por lo general menudas” y en particular “ingredientes”. Es una palabra que carece de vitalidad. Y no por insuficiencia propia, sino debido a la situación de diglosia o depreciación de lo propio (por lo general inducida) que padece el montañés. Lo mismo sucede con el resto de modalidades lingüísticas cántabras. Así, que las esquilas pasen a ser quisquillas cuando se cocinan, los muergos navajas, los muriones caracolillos o que no haya carne de jatu a la venta en las carnicerías son situaciones anómalas provocadas por este problema, la diglosia, cuya solución pasa por el aprecio a lo propio. Y sabido es que no se puede apreciar nada que no se conozca.

El ser humano es en lo que le rodea. La cocina es una forma de ser.

Y de estar, de ahí la expresión cultura del territorio.

Ser y estar son nuestras dos coordenadas vitales básicas. Ningún lugar mejor que éste para empezar.

Las fotografías, todas originales y en blanco y negro, propiedad del autor, aluden al texto, no necesariamente de forma explícita. La relación no es unívoca. Lo mismo sucede con los textos, de redacción fragmentada, cuya ligazón requiere del esfuerzo liviano si bien sostenido del lector. Y como en la cocina, no es obligado seguir receta alguna.

Delfines y kéfir

Señora y pájaro en jaula. Sin localización conocida. | MARIO CORRAL

Fui uno de los últimos en nacer en Santa Clotilde, en El Alta de Santander. Mi padre lo hizo en una casa de la misma calle, casi enfrente. Era fácil reconocerla porque tenía cristal de caramelo en la galería pero lo han quitado y ya no. Dice mi padre que cuando nací entraron toínos a la bahía, que él los vio desde el hospital, que lo hicieron tras un banco de peces y que los vecinos del Pesquero salieron tras ellos. No han vuelto a entrar, aprendieron de aquella, asegura mi padre.

Los delfines pescan acorralando a los peces. La barahúnda que se forma es lo que se conoce como manjúa, manjuá en Castro Urdiales.

Así la describe el callealtero Esteban Polidura en un artículo publicado en El Cantábrico el año 1896:

“Estábamos comentando el hecho [la pesca por accidente de un pitorru, ave zambullidora, que había quedado presa en la red por encontrarse buceando] cuando vimos que, de repente y como movidos por un mismo resorte, los delfines […] se dirigen hacia un determinado punto y las aves todas, que han estado revoloteando cerca de nuestra lancha, vuelan en la misma dirección que llevan los delfines. […] Allí veríais una espesísima nube de gaviotas […] piando y arrojándose sobre las inocentes sardinas que a millares son lanzadas al aire por los hambrientos delfines […] Todo esto junto es lo que se llama la manjúa. […] Al poco tiempo apareció sobre la superficie del mar, y muy cerca de nuestra lancha, un cetáceo de grandes dimensiones que puso fin a toda aquella contienda”.

En 1917 aparece en la Revista 'La Montaña' de La Habana la siguiente descripción firmada por L. Alonso:

“La manjúa, el banco de sardinas que viene siempre acompañado del delfín. Refiéreme [el patrón de la lancha] lo entretenido que es ver los delfines perseguir al pescado, dar saltos enormes. Fuera del agua coletea furioso y rebulle alrededor de la red cuando ya está en ella la sardina. Hacía pocos días que habían hallado la manjúa; en la primera redada habían sacado 200.000 sardinas”.

Es de suponer que aquel día de principios de agosto desde el que mi padre oteaba, los delfines estaban sirviéndose de las angosturas de la bahía para pescar.

Raúl vio su primer delfín desde la galería que conduce del comedor a la celda. Cumplió un año de cárcel en El Dueso por insumiso.

Dice que dentro enseguida se distorsiona la percepción del color, que todo pasa a ser gris, y también  las formas, que en la cárcel llegas a eliminar del cerebro las redondeces, que todo está lleno de líneas rectas y ángulos.

Recuerda que nunca falta leche porque dentro hay una vaquería.

Que leche bebía de continuo, él, que es de un pueblo alimentado sobre todo de leche y maíz, huevos, alubias y carne cuando alguna res se despeñaba y los vecinos que podían compraban una parte del animal accidentado sobre todo para ayudar al dueño.

Pero lo que más le gustaba era el yogur de kéfir.

El kéfir es “como repollo que parece coral”, describe.

Se deja leche en un bote de Cola-Cao con kéfir dentro. Por la mañana se saca el kéfir y se echa en otro bote con leche para la mañana siguiente y se bebe el que ha estado al sereno. Se toma con miel. No está bien visto pedir comida fuera. La miel en la cárcel se compra en el economato.

Raúl vio a su primer delfín desde la galería, mar adentro. En aquella ocasión nadie salió a por él.

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La palabra muruza es montañesa. Significa “conjunto desordenado de cosas por lo general menudas” y en particular “ingredientes”. Es una palabra que carece de vitalidad. Y no por insuficiencia propia, sino debido a la situación de diglosia o depreciación de lo propio (por lo general inducida) que padece el montañés. Lo mismo sucede con el resto de modalidades lingüísticas cántabras. Así, que las esquilas pasen a ser quisquillas cuando se cocinan, los muergos navajas, los muriones caracolillos o que no haya carne de jatu a la venta en las carnicerías son situaciones anómalas provocadas por este problema, la diglosia, cuya solución pasa por el aprecio a lo propio. Y sabido es que no se puede apreciar nada que no se conozca.

El ser humano es en lo que le rodea. La cocina es una forma de ser.

Y de estar, de ahí la expresión cultura del territorio.

Ser y estar son nuestras dos coordenadas vitales básicas. Ningún lugar mejor que éste para empezar.

Las fotografías, todas originales y en blanco y negro, propiedad del autor, aluden al texto, no necesariamente de forma explícita. La relación no es unívoca. Lo mismo sucede con los textos, de redacción fragmentada, cuya ligazón requiere del esfuerzo liviano si bien sostenido del lector. Y como en la cocina, no es obligado seguir receta alguna.

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