Sobre este blog

La palabra muruza es montañesa. Significa “conjunto desordenado de cosas por lo general menudas” y en particular “ingredientes”. Es una palabra que carece de vitalidad. Y no por insuficiencia propia, sino debido a la situación de diglosia o depreciación de lo propio (por lo general inducida) que padece el montañés. Lo mismo sucede con el resto de modalidades lingüísticas cántabras. Así, que las esquilas pasen a ser quisquillas cuando se cocinan, los muergos navajas, los muriones caracolillos o que no haya carne de jatu a la venta en las carnicerías son situaciones anómalas provocadas por este problema, la diglosia, cuya solución pasa por el aprecio a lo propio. Y sabido es que no se puede apreciar nada que no se conozca.

El ser humano es en lo que le rodea. La cocina es una forma de ser.

Y de estar, de ahí la expresión cultura del territorio.

Ser y estar son nuestras dos coordenadas vitales básicas. Ningún lugar mejor que éste para empezar.

Las fotografías, todas originales y en blanco y negro, propiedad del autor, aluden al texto, no necesariamente de forma explícita. La relación no es unívoca. Lo mismo sucede con los textos, de redacción fragmentada, cuya ligazón requiere del esfuerzo liviano si bien sostenido del lector. Y como en la cocina, no es obligado seguir receta alguna.

La fuente

Procesión en Las Rozas de Valdearroyo, Cantabria. Sin fecha conocida. MARIO CORRAL

Mi abuelo murió de cáncer. Lo hizo rodeado de pinos, en Liencres. Mi abuelo, que al comprar casa en Santander lo hizo donde cantaba el miruellu, que es como aquí decimos al mirlo.

Ya no cantan los miruellos

en la mata de avellano.

Era su tonada favorita.

Él había nacido en Sopeña de Cabuérniga. Se casó en segundas nupcias con mi abuela, bastiana. La noche de bodas tuvieron que soportar la ineludible, dadas las circunstancias, cencerrada de los mozos, como dicta la tradición.

Su flor favorita era la siempreviva, de un amarillo que alcanza su máxima intensidad cuando bajan las temperaturas, como la del tojo, del mismo color. Ambas disfrutan en las culturas tradicionales de una consideración especial por la rareza de su floración. En cuanto tenía ocasión mi abuelo se ponía una ramita de siempreviva en el ojal de la chaqueta.

Murió rodeado de pinos en Liencres pidiendo que le dejaran subir a Rulín, que si le dejaban beber de la fuente sanaría, aseguraba.

La fuente Rulín está en uno de los montes que flanquean Cabuérniga, donde antes había una praeria, hoy invernal, que es el conjunto de cuadra y pajar donde el ganado pasa el invierno tras abandonar los puertos.

El invernal de la fuente es el de Chuchín y se ve desde el pueblo de Sopeña. Yo nunca había subido. Pero el último día de La Cruz, que es el día en que se celebra la fiesta del monte que preside ese tramo del valle, monte homónimo, y digo último porque siempre sobrevuela la amenaza de desaparecer víctima del desinterés, subí.

Rulín es un hidrónimo, es decir, un topónimo del agua, en el que se distinguen dos partes: /ru-/, contracción de ríu, “río”, y /-lin/, cuyo significado desconozco. Quizá provenga del nombre de algún vecino, lo más probable, o del latín LENIS, “suave”, por la ladera, que se desploma suavemente.

Hoy la fuente, de piedra bien trabajada, está seca. La han canalizado para acercarla al camino. La nueva está en un alto, es de ladrillo y tiene grifo.

Rulín no es una fuente sagrada, pero su agua sana. Hay otras muchas que sí lo son, en Peña Sagra hay una e incluso la hubo en Santander, en el antiguo barrio Molnedo, pero ésta cabuérniga no lo es.

¿Será que no hay agua santa que no haya sido antes sana, que la salubridad es un antecedente, por así decir, de la sacralidad? ¿Es ésta, de lo sano a lo sagrado, una transición natural o no? ¿Es la religión una imposición o responde a un resorte innato? ¿Acaso se trata de una supuesta dimensión trascendente del ser humano, la religión, trascendente e inevitable? Sea como fuere, Rulín es una fuente de agua sana que no ha necesitado sacralizarse. Y bien está así.

Llené una botella de agua y la llevé a casa. Todos bebimos.

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La palabra muruza es montañesa. Significa “conjunto desordenado de cosas por lo general menudas” y en particular “ingredientes”. Es una palabra que carece de vitalidad. Y no por insuficiencia propia, sino debido a la situación de diglosia o depreciación de lo propio (por lo general inducida) que padece el montañés. Lo mismo sucede con el resto de modalidades lingüísticas cántabras. Así, que las esquilas pasen a ser quisquillas cuando se cocinan, los muergos navajas, los muriones caracolillos o que no haya carne de jatu a la venta en las carnicerías son situaciones anómalas provocadas por este problema, la diglosia, cuya solución pasa por el aprecio a lo propio. Y sabido es que no se puede apreciar nada que no se conozca.

El ser humano es en lo que le rodea. La cocina es una forma de ser.

Y de estar, de ahí la expresión cultura del territorio.

Ser y estar son nuestras dos coordenadas vitales básicas. Ningún lugar mejor que éste para empezar.

Las fotografías, todas originales y en blanco y negro, propiedad del autor, aluden al texto, no necesariamente de forma explícita. La relación no es unívoca. Lo mismo sucede con los textos, de redacción fragmentada, cuya ligazón requiere del esfuerzo liviano si bien sostenido del lector. Y como en la cocina, no es obligado seguir receta alguna.

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