El olvidado Cabildo de Arriba
“En esta calle puedes herir a un hombre a navajazos”, nos dijo un paisano mal encarado, con gran sobresalto nuestro: ¿era un amenaza? ¡No habíamos hecho más que pedir dos vinos y todavía no habíamos empezado a tomarlos!
“Ya sé lo que estáis pensando” -siguió el tipo- “Que eso es posible en todas. Pero aquí además puedes pasar el resto de tu vida sin salir de ella: primero te llevan al hospital a atender tus heridas; más tarde al juez, y después a la cárcel a cumplir condena…, y todo, todito, en la calle Alta”.
El paisano tenía razón. Esa calle tenía todas esas cosas porque era el centro de la vida en la ciudad. Hoy ha cambiado mucho. La prisión provincial, por ejemplo, que en tiempos albergó a muchos amigos nuestros (ninguno de los cuales había acuchillado a nadie), desapareció completamente.
Muchas otras cosas habían desaparecido antes, desde su nacimiento en el siglo xvi, cuando se llamaba Fuera de la puerta', nos cuenta Simón Cabarga. Entonces la ciudad estaba construida en aquella loma y al norte, sur y este sólo había marismas y bahía, según refleja perfectamente el libro Santander según José Luis Casado Soto, en el que se ve gráficamente la evolución de la ciudad.
Pero otras permanecen. No ha desaparecido el hospital de san Rafael, fundado en 1791, uno de los edificios más antiguos de la ciudad. Aunque hoy no atenderían en él a nuestro presunto navajero: los médicos que trabajan allí lo hacen como diputados del parlamento de Cantabria, que eso es lo que es actualmente. También perdura el número 30 de la misma calle, que pasa por ser el edificio habitado más antiguo de Santander. Y muy próxima se encuentra la iglesia de la Consolación, el único edificio plenamente barroco de la ciudad, construida como tantas veces sobre los restos de otros edificios, en este caso sobre los de un antiguo hospital de san Pedro, el santo a quien se dedican las fiestas populares del barrio y da nombre a una de sus calles.
En los años 60 del pasado siglo se construyó en la calle Alta el que fue durante décadas palacio de justicia y sede de los colegios de abogados y procuradores. Tampoco allí juzgarían hoy al navajero: sigue siendo un edificio judicial, pero ahora lo ocupan los juzgados de lo social. El arquitecto Benlloch La Roda lo diseñó de forma que en la fachada principal fueran encastrados 18 bajorrelieves con la justicia como motivo central, una de las obras más singulares del escultor de Santillana, Jesús Otero, uno de los más importantes escultores de nuestra región.
José María Pereda, el escritor que dejó recogida la vida de santanderinos de su época en sus novelas costumbristas, situó la más conocida en aquel entorno y calle, reflejando la vida de marineros y pescadores. Tanto es así que la bajada de la calle Alta a lo que hoy es la plaza de las Estaciones y calle Cádiz se hace a través de una rampa antiguamente conocida como el paredón y hoy como Rampa Sotileza, en cuyas paredes hay un texto recortado en papel aluminio de la obra homónima de Pereda, de la artista santanderina Concha García. En el mismo lugar se encuentra la escultura denominada Hacia el futuro, del portugués Baltazar Torres, consistente en una columna de hierro y bronce, coronada por una mujer vestida de rojo que mira con un catalejo hacia la bocana del puerto.
Hay algo que no mencionó nuestro amigo acuchillador, que podía hacerse en la calle Alta…, y durante un tiempo únicamente allí: jugar a la quiniela. Un invento de uno de los hijos de Sota que llevaban el bar La Callealtera.
La calle Alta tuvo la importancia que todo esto indica porque allí vivían los mareantes, la gente de la mar, y por allí pasaban las carretas que aprovisionaban la ciudad. Dejando el camino de Becedo para pasear, nos cuenta Pepe Simón Cabarga. Y los mareantes eran parte tan esencial de la ciudad que constituían su propia organización, el cabildo, que legislaba y decidía sobre lo que les afectaba en particular, en lo que la legislación y las autoridades generales no entraban. Tenían su propia autoridad, el alcalde de mar. A pesar de que las calles que formaron el cabildo de Arriba están muy deterioradas, puede apreciarse en ellas restos de la vida de entonces, al contrario de lo que ocurrió en el otro cabildo, el de Abajo, que desapareció completamente en la reordenación urbana. A cien metros del ayuntamiento, con un auge del turismo tan inédito como descabellado, el cabildo de Arriba es hoy una golosina para promotores inmobiliarios: dentro de poco no quedarán ni las ruinas.
Por todo lo dicho, y más que nos hemos dejado, no sorprende que los callealteros sigan llevando con orgullo eso de ser callealteros, ni que a algunos santanderinos se les llene el cuerpo de emoción cuando se habla del cabildo, y se diría que están dispuestos a ponerse manos a la obra para proceder a su inmediata rehabilitación. Pero pongamos las cosas en su sitio: sabemos que eso no va a suceder, aunque la excusa de la lacra de la prostitución y de la droga ya no sirva, pues están prácticamente desaparecidas.
Lo que sí resulta sorprendente, en cambio, es que una población ilustre ignore y olvide su propia historia. Ese cerro conocido como Calzadas Altas, una calle que tiene en sus cimientos el pasado milenario de la ciudad, está olvidado en las rutas turísticas que organiza el Ayuntamiento, olvidado por los jardineros municipales, carente de mobiliario urbano, de embellecimiento, de empedrado adecuado, de iluminación atractiva.
A nuestro Cabildo de Arriba le debemos mucho más que eso.
Sobre este blog
Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
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