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Carta con respuesta es un blog del escritor Rafael Reig. Dejad vuestros comentarios en este blog sobre vuestras preocupaciones políticas, sociales, económicas, teológicas o de cualquier índole, y él os responderá cada martes.

Lo que hay que ver

No salgo de mi asombro. Al parecer el noble pueblo español esperaba que Cristina de Borbón, imputada, se declarara culpable, delatara a su marido y a todos sus cómplices, diera nombres (como ante la Comisión McCarthy) y aportara ella misma abundantes pruebas para ser conducida a prisión en el acto. En lugar de eso, que es lo que suelen hacer todos los acusados, y lo que al parecer harían quienes tanto se escandalizan, la tía va y sale con “evasivas”, dice que no ha hecho nada, se declara inocente y hasta es posible que mienta para salvarse, ¡lo nunca visto! Menuda imagen, ¿verdad?

Cuando don Quijote se encuentra con una cuerda de presos, todos le dicen que son inocentes, unos santitos, porque esa es la conducta habitual en los delincuentes. Don Quijote les cree y los libera. Pero don Quijote estaba chiflado, Cervantes le hace comportarse así para que los lectores suelten risotadas, porque hace falta estar como una regadera para creer en las declaraciones de inocencia de los condenados o acusados. Y los lectores se reían a mandíbula batiente, no se indignaban como monjitas timoratas, que es lo que hace ahora el noble pueblo español.

¿Ustedes no han visto ninguna película americana? ¿No han visto nunca al acusado acogerse a la Quinta Enmienda, que le garantiza el derecho a no incriminarse? En España también existe el derecho a no incriminarse, no faltaría más. Quien acusa soporta la carga de la prueba, tiene que aportar evidencias del delito. ¿O ustedes creen que es el acusado el que tiene que confesar y traer él mismo ante el tribunal, en su propia mochila, las pruebas de los delitos de los que le acusan? Y denunciar a sus cómplices de añadidura, imagino, ya puestos.

Ustedes deben de ser de otra pasta, porque yo, desde luego, si me acusaran de cualquier cosa, lo negaría todo, naturalmente. Y sí, sospecho que ocultaría pruebas, si me diera tiempo. Y encubriría a otros. Y si aun así consiguieran probar algo y acabara entre rejas, estoy seguro de que seguiría asegurando que se trata de una injusticia, un malentendido o un gravísimo error judicial. Y pediría un indulto sin titubear. Así somos algunos, qué se le va a hacer.

Como dije, me causa asombro, pero también es estimulante. Ya no estamos en la atrasadísima época de don Quijote, cuando la gente se tomaba estas cosas a risa. Cuánto hemos avanzado: ahora España es por fin un país de gigantes éticos y titanes de la moral. Quitando a la infanta, a mí y a algún otro echado a perder (no sé, quizá Ortega Cano, Bárcenas y pocos más), el resto de los españoles, si hubieran cometido un delito, correrían de inmediato a los tribunales con las correspondientes pruebas de su culpabilidad y se darían presos. Y luego exhibirían su sincero arrepentimiento, con una confesión pública propia de jesuitas o maoístas, pero que ahora al parecer también se exige al común de los mortales.

Lo que hay que ver, francamente.

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Publicado el
10 de febrero de 2014 - 20:30 h

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