La 'herida' de Urda, una semana después de la tragedia: “Nos dan igual las dimisiones, esto ya no nos lo quita nadie”
Un cielo nublado y mucho silencio reinan en las calles de Urda a primera hora de la mañana cuando se cumple una semana del accidente ferroviario en el que murieron 69 personas. Poco a poco, este pueblo manchego de 2.500 habitantes se va despertando y los primeros vecinos y vecinas transitan por el centro.
Algunos esperan a que abran los comercios, otros pasean a sus perros y algunos más esperan el autobús. Hace más frío que el pasado 28 de octubre, cuando se despertaron con el sonido de las ambulancias, los helicópteros, los bomberos y las patrullas de la Guardia Civil y la Policía que se dirigían a las vías donde un AVE embistió a un Iryo en uno de los choques de trenes más trágicos de España.
La gente en esta localidad está, ante todo, “saturada”. Se muestran cansados de atender a los medios de comunicación, afirman que el peso emocional por lo que han vivido es muy reciente y ni siquiera valoran la reciente dimisión del ministro de Transportes, Óscar Puente. Y si lo hacen es para dejar claro que no les reconforta. “Nos da igual, esto ya no nos lo quita nadie, ni a las familias de los muertos, menos”, dice Manolo al cruzar la plaza de la Iglesia, donde se ubica la parroquia de San Juan Bautista.
En esa plaza está también uno de los primeros comercios que abre sus puertas: la Botica García Condado, en pie desde hace más de medio siglo. Allí, Ana y Carmen, que también viven en el pueblo, atienden a los primeros vecinos y confiesan estar también “muy cansadas” por la conmoción vivida durante los últimos siete días.
Ambas estaban tras el mostrador cuando ese día acudió un vecino desde el consultorio médico de la localidad y les comunicó que los médicos se habían desplazado con urgencia hacia las vías por un accidente y él necesitaba su medicación. Fueron los primeros profesionales sanitarios en llegar a la ‘zona cero’, los mismos que después se trasladaron a los pabellones habilitados por el Ayuntamiento para la atención a los primeros heridos.
En el momento en el que conoció la noticia, Carmen se quedó tras el mostrador y Ana se fue también a atender a los heridos. “Yo no soy médica, pero atendí a los más leves y les ayudé en la medida que pude, como todos los que estábamos allí. Nos iban dando indicaciones y allí estuve toda la mañana”.
Mientras, Carmen siguió atendiendo tras el mostrador, sin terminar de creerse lo que estaba pasando, mientras la gente comentaba, hablaba, compartía noticias y no alcanzaba a comprender todavía la magnitud de lo sucedido. “La mayoría de ellos se fue a las vías, a la zona cero, a ayudar en todo lo que pudieran”. La boticaria preparó todo tipo de material sanitario, sobre todo vendas, gasas y puntos de sutura, que se enviaba a los pabellones.
“Esto es una herida que se va a quedar aquí toda la vida”, subraya Ana. “La gente quiere tranquilidad. Se sigue hablando y comentando por todo el pueblo, pero la gente lo hace muy en silencio. Es difícil de explicar. Porque ya queremos descansar. Esto ha sido una barbaridad. Queremos descansar, pero no lo olvidaremos nunca”.
Fuera, en la cercana Glorieta de Juan Carlos I, Claudia pasea a su perro Coco, de tan solo siete meses. Lo coge en brazos para calmarle el frío y nos atiende. Es camarera en el bar ‘El Coto’ de la localidad. Hace una semana, tenía el día libre y justo cuando oyó el ruido de las primeras ambulancias, le llamó su jefe para contarle la noticia. No lo pensó y acudió a trabajar junto con otra compañera.
La gente sigue muy emocionada, muy triste y pensando todos en que podría ser alguien de tu familia. No lo olvidaremos nunca
Los tres dedicaron todo el día a preparar bocadillos y agua que después enviaron a los pabellones. Fue el avituallamiento que sirvió para impulsar el esfuerzo de todo el personal desplegado y también de los heridos y de algunas familias y vecinos que los ayudaban. Ahora, los ánimos están “muy bajos”. “La gente sigue muy emocionada, muy triste y pensando todos en que podría ser alguien de tu familia. No lo olvidaremos nunca”.
Muy cerca, el supermercado Covirán también hace balance de los siete días transcurridos. Soraya trabaja en este establecimiento, que desde el principio se volcó en enviar palets de agua y comida, enviados con urgencia desde el centro de esta misma marca en Toledo, hacia los pabellones “según iba haciendo falta”, no solo ese día, sino también los siguientes.
“Ahora todo el mundo está ya más tranquilo, pero esto no se va de la cabeza. Es duro, es muy duro pensar en lo que ha pasado y que haya pasado aquí. Y, sobre todo, estamos deseando acudir a llevar flores, a dejar un poquito de nosotros para todas esas familias”, afirma Soraya, en referencia al paraje cercano a la ‘zona cero’ habilitado por el Ayuntamiento para que la gente pueda acudir a depositar flores y homenajear a los fallecidos y a sus familias.
Conforme avanza la mañana, las nubes dejan paso al sol. Camino del Ayuntamiento, uno de los psicólogos que siguen desplegados en Urda para atender a los vecinos que lo soliciten, acude al puesto habilitado. Cuenta que todavía se quedarán algún tiempo y explica la importancia de que “todos puedan contar su experiencia y sacarlo para afuera”. “Aquí estamos para todo lo que necesiten”.
Empezamos a asumir lentamente lo que hemos vivido, lo que hemos sufrido
Manuel Galán, el alcalde, nos atiende ya dentro del Ayuntamiento. Intercala reuniones con sus concejales y concejalas, con la atención a los vecinos, a los trabajadores de los servicios municipales y a los medios de comunicación que poco a poco siguen llegando. “Empezamos a asumir lentamente lo que hemos vivido, lo que hemos sufrido”, confiesa.
Cuenta que algunas personas están en comunicación con viajeros que iban en los trenes, a los que atendieron en los pabellones, y también con algunos heridos, principalmente los leves. También hay gentes del pueblo que han estado en contacto con familiares de los fallecidos. “Eso refleja la calidad de las personas que estuvieron aquí, que a pesar de haber fallecido un familiar, han sido capaces de llamar a los que estuvieron con ellos en esos ratos de dolor para darles las gracias”.
Porque una vez identificadas todas las víctimas y conforme el dispositivo se va reduciendo poco a poco, ¿qué queda en Urda? “Dolor, dolor contenido, y mucha tristeza. En los bares, a la hora del café, normalmente era un bullicio, y ahora casi todo es silencio”.
Manuel Galán, que tampoco quiere entrar a valorar la dimisión de Óscar Puente, está convencido de que tendrá que pasar “mucho tiempo” para que el pueblo “asuma del todo” lo que ha pasado y “nos acostumbremos a esto que hemos tenido que vivir”. Pero pone especial énfasis, como los últimos días, en los servicios de psicología que se siguen prestando en el ayuntamiento para cualquiera que lo solicite.
Detalla que él mismo ha hablado con los psicólogos y que le han dicho que la gente está acudiendo porque “necesita hablar, soltar” lo que han vivido, “todas esas experiencias ayudando a los demás, con los viajeros, con los familiares, con lo que les contaron”. Incluso también hay quien “se siente mal por no haber podido ayudar, porque no estaban aquí”.
No voy a tener nunca tiempo para poder agradecer toda la ayuda recibida
“Urda es un pueblo muy tranquilo, sobre todo ahora en otoño y en invierno, y esto ha sido... una conmoción y yo, particularmente, no voy a tener nunca tiempo para poder agradecer toda la ayuda recibida de empresas, asociaciones. Intentaremos algún día hacer algo, un homenaje, un agradecimiento, algo para que la gente de Urda se sienta reconfortada, pero también para dar las gracias a mucha gente de alrededor”.
Se refiere el alcalde con ello, no solo a la colaboración de localidades cercanas como Los Yébenes o Consuegra, sino también a otras más lejanas como Torrijos o Valdepeñas (“unos al norte y otros al sur”), que montaron carpas de Protección Civil en el Puesto de Mando Avanzado (PMA).
Finalmente, relata cómo intenta tomar el pulso a sus vecinos, “ver su sentir, saber cómo están”. Pero, ¿cómo está él? “Lo voy sobrellevando. También me gusta preguntaros a vosotros, a los medios, cómo estáis, porque también habéis estado aquí, sufriendo, escuchando y viviendo lo mismo que yo y que todos nosotros (...) Dicen que el tiempo cura todas las heridas, pero yo creo que estas no se curarán nunca. Pero la vida tiene que seguir”, concluye.
Efectivamente, la vida sigue en este pueblo manchego. Conforme avanza el día, ya a pleno sol de otoño, los corrillos son pocos y muy silenciosos. Estar al lado de alguien también reconforta y ayuda con las heridas que quedan en un lugar de la Mancha que se volcó por ayudar a los demás.
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